5. La noche en que cayó Babilonia

Por el Dr. Elio M Rivera

Si hubiera que escoger una sola noche que demostrara de manera extraordinaria el cumplimiento de las profecías sobre Babilonia, sería esta.

Todo ocurrió en una misma noche.

Mientras los profetas habían anunciado durante décadas que Dios juzgaría a Babilonia, la ciudad continuaba convencida de que era invencible. Sus murallas seguían en pie. Sus soldados vigilaban las puertas. Sus almacenes estaban llenos de alimentos. El río Éufrates seguía atravesando la ciudad, garantizando agua suficiente para soportar cualquier sitio.

Desde el punto de vista humano, no existía razón alguna para preocuparse.

Sin embargo, fuera de las murallas, el ejército de Ciro el Grande, rey de Persia, llevaba tiempo preparando una estrategia que cambiaría para siempre la historia del mundo.

Lo más sorprendente es que, mientras el ejército enemigo rodeaba Babilonia, dentro de la ciudad la vida continuaba como si nada estuviera ocurriendo.

El rey Belsasar

El rey Belsasar, corregente de Babilonia durante los últimos años del reinado de Nabónido, organizó un enorme banquete para mil de sus principales nobles (Daniel 5:1). La ciudad estaba protegida por fortificaciones consideradas inexpugnables. Sus habitantes confiaban plenamente en la capacidad de resistir cualquier ataque.

Probablemente pensaban que el ejército persa terminaría retirándose, como tantos otros enemigos que jamás se habían atrevido a desafiar aquellas murallas.

Pero aquella confianza estaba a punto de convertirse en arrogancia.

En medio de la celebración, Belsasar tomó una decisión que marcaría el destino de aquella noche.

Mandó traer los vasos de oro y de plata que Nabucodonosor había llevado desde el templo de Jerusalén décadas antes. Eran utensilios consagrados para el servicio del Dios de Israel, preservados desde la destrucción del templo (2 Reyes 25:13–17; Daniel 1:2).

En lugar de respetarlos, el rey decidió utilizarlos como copas para el banquete.

Mientras bebían vino, él, sus nobles, sus esposas y sus concubinas alababan a los dioses de oro, plata, bronce, hierro, madera y piedra (Daniel 5:2–4).

No era simplemente una celebración.

Era un acto de abierta blasfemia.

Belsasar estaba proclamando, delante de toda la corte, que los dioses de Babilonia habían triunfado sobre el Dios de Israel.

Entonces ocurrió algo que ningún testigo olvidaría jamás.

El día que el rey Belsasar es juzgado

De pronto, aparecieron los dedos de una mano humana escribiendo sobre el enlucido de la pared del palacio, frente al candelero, donde todos podían verla (Daniel 5:5).

La música se detuvo.

Las conversaciones cesaron.

Las copas quedaron inmóviles.

El mismo rey contempló aquella escena.

La Biblia describe su reacción con una sencillez impresionante:

“Entonces el rey palideció, y sus pensamientos lo turbaron, y se debilitaron sus lomos, y sus rodillas daban la una contra la otra.” (Daniel 5:6).

El hombre que unos momentos antes se burlaba del Dios de Israel ahora temblaba de miedo.

Ninguno de los sabios, adivinos o astrólogos de Babilonia pudo interpretar aquellas misteriosas palabras.

Fue entonces cuando la reina recordó a un anciano que había servido durante el reinado de Nabucodonosor.

Su nombre era Daniel.

Después de más de sesenta años en Babilonia, el profeta fue llevado nuevamente ante el rey.

Belsasar le ofreció riquezas, honores y el tercer lugar en el reino si lograba interpretar el mensaje.

Daniel rechazó las recompensas.

Antes de explicar la escritura, recordó al rey la historia de Nabucodonosor. Le recordó cómo Dios había humillado al gran monarca cuando su corazón se llenó de orgullo y cómo finalmente reconoció que “el Altísimo tiene dominio en el reino de los hombres” (Daniel 4:34–37).

Después pronunció unas palabras que debieron caer como un golpe sobre toda la sala.

“Y tú, su hijo Belsasar, no has humillado tu corazón, sabiendo todo esto” (Daniel 5:22).

Entonces leyó la inscripción.

MENE, MENE, TEKEL, UPARSIN.

Cada palabra encerraba un juicio.

“MENE”: Dios ha contado los días de tu reino y les ha puesto fin.

“TEKEL”: Has sido pesado en balanza y has sido hallado falto.

“PERES”: Tu reino ha sido dividido y entregado a los medos y a los persas (Daniel 5:26–28).

No era una advertencia para el futuro.

Era una sentencia inmediata.

Aquella misma noche terminaría el Imperio Babilónico.

Mientras Daniel pronunciaba estas palabras dentro del palacio, al otro lado de las murallas el ejército de Ciro ejecutaba el plan que había preparado cuidadosamente.

Según relatan Heródoto (Historias, I.191) y Jenofonte (Ciropedia, VII.5), los persas desviaron parte del caudal del río Éufrates hacia un canal previamente acondicionado. El nivel del agua descendió lo suficiente para permitir que los soldados avanzaran por el cauce que normalmente atravesaba el corazón de la ciudad.

La estrategia era tan audaz que nadie la esperaba.

Babilonia confiaba precisamente en el río como parte de su sistema defensivo.

Sin embargo, aquello que representaba una fortaleza terminó convirtiéndose en la puerta de entrada para el enemigo.

Jeremías había escrito décadas antes:

“Sequaré su mar y haré que su corriente quede seca.” (Jeremías 51:36).

Isaías también había anunciado que Dios abriría delante de Ciro las puertas que nadie podría cerrar.

“Abriré delante de él puertas, y las puertas no se cerrarán.” (Isaías 45:1).

Aquella noche, las puertas que comunicaban el río con la ciudad no fueron cerradas a tiempo, o fueron encontradas abiertas, permitiendo que los soldados persas penetraran en Babilonia casi sin resistencia. La Crónica de Nabónido, un documento babilónico contemporáneo de los acontecimientos, afirma que la ciudad fue tomada sin una gran batalla y que gran parte de la población ni siquiera ofreció resistencia.

Mientras el banquete continuaba en el palacio, los soldados enemigos ya avanzaban por las calles.

El juicio de Dios estaba ocurriendo exactamente como había sido anunciado.

La Biblia resume el desenlace con una frase breve, pero cargada de significado:

“La misma noche fue muerto Belsasar rey de los caldeos. Y Darío de Media tomó el reino…” (Daniel 5:30–31).

En unas cuantas horas terminó un imperio que había gobernado el mundo.

Las murallas seguían en pie.

Los palacios permanecían intactos.

Los templos continuaban levantándose sobre la ciudad.

Pero el poder había cambiado de manos.

El cilindro del rey Ciro

La cabeza de oro del sueño de Nabucodonosor había llegado a su fin.

Lo más impresionante de toda esta historia no es únicamente la caída de Babilonia.

Es que muchos de sus detalles habían sido anunciados décadas e incluso siglos antes.

Isaías habló de Ciro.

Isaías habló de las puertas abiertas.

Jeremías habló del secamiento de las aguas.

Jeremías anunció la caída repentina.

Daniel anunció que el reino sería entregado a los medos y a los persas.

Y aquella noche, mientras los habitantes de Babilonia seguían convencidos de que vivían en la ciudad más segura del mundo, cada una de esas antiguas profecías comenzó a cumplirse ante sus propios ojos.

Referencias bíblicas

  • Daniel 5:1–31
  • Daniel 2:37–39
  • Daniel 4:34–37
  • Isaías 44:28
  • Isaías 45:1–3
  • Jeremías 50:38
  • Jeremías 51:8, 30–32, 36
  • 2 Reyes 25:13–17

Referencias históricas

  • Heródoto, Historias, Libro I, §§189–191.
  • Jenofonte, Ciropedia, Libro VII.
  • Crónica de Nabónido (British Museum, BM 35382), principal fuente babilónica contemporánea sobre la conquista de Babilonia en 539 a.C.
  • Cilindro de Ciro (British Museum), inscripción real persa que describe la toma de Babilonia y la política adoptada por Ciro tras la conquista.

Amélie Kuhrt, The Persian Empire: A Corpus of Sources from the Achaemenid Period.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.