Por el Dr. Elio M. Rivera
A pesar de las enormes diferencias entre los pueblos del mundo, existe una realidad sorprendente: todos los seres humanos compartimos un mismo diseño interior.
Vivimos en continentes distintos. Hablamos miles de idiomas. Tenemos culturas, tradiciones, comidas y formas de vestir muy diferentes. Sin embargo, cuando observamos cuidadosamente a la humanidad, descubrimos algo extraordinario: todos anhelamos prácticamente las mismas cosas.
Este hecho ha llamado la atención de filósofos, antropólogos, psicólogos e historiadores durante siglos. ¿Por qué personas que nunca se han conocido, separadas por océanos y miles de años de historia, terminan construyendo sociedades con elementos sorprendentemente semejantes?
“Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó.”
— Génesis 1:27

Un solo diseño
Un mismo deseo de formar una familia
En prácticamente todas las civilizaciones encontramos el matrimonio, la familia y el cuidado de los hijos.
Las ceremonias pueden variar. Las costumbres pueden ser distintas. Sin embargo, la institución familiar aparece una y otra vez en toda la historia humana.
Los padres aman a sus hijos.
Los hijos necesitan protección.
Los abuelos transmiten experiencia.
La familia constituye el núcleo básico de todas las grandes civilizaciones.
¿Por qué ocurre esto?
La Biblia responde que la familia no nació como una invención cultural, sino como parte del diseño original de Dios.
Todos buscamos la paz
Aunque las guerras han acompañado a la humanidad desde tiempos antiguos, ningún pueblo considera la guerra como su estado ideal.
Después de cada conflicto, las personas desean volver a la tranquilidad, reconstruir sus hogares y vivir en seguridad.
Las canciones hablan de paz.
Los gobernantes prometen paz.
Las familias oran por la paz.
Existe algo profundamente humano que anhela un mundo sin violencia.
Todos deseamos justicia
Cuando alguien es víctima de un crimen, inmediatamente sentimos que algo está mal.
No necesitamos estudiar leyes para comprender que el asesinato, la tortura, el abuso o la traición son injustos.
En todas las culturas existen jueces, leyes y sistemas para castigar aquello que consideran malo.
Los detalles cambian, pero el principio permanece.
Todos esperamos que el bien sea recompensado y que el mal tenga consecuencias.
“Porque cuando los gentiles que no tienen ley, hacen por naturaleza lo que es de la ley… muestran la obra de la ley escrita en sus corazones.”
— Romanos 2:14–15
Construimos ciudades muy parecidas
Resulta sorprendente observar que civilizaciones separadas por miles de kilómetros desarrollaron elementos semejantes.
Calles.
Plazas.
Mercados.
Casas.
Lugares de reunión.
Sistemas de gobierno.
Espacios para la educación.
Hospitales.
Cementerios.
Aunque la arquitectura cambia, la idea fundamental permanece.
Todos organizamos nuestra vida de maneras muy similares.
Nos atrae la belleza
En todos los pueblos aparecen jardines.
Las personas cultivan flores.
Plantan árboles.
Construyen parques.
Disfrutan contemplar montañas, ríos, lagos y atardeceres.
Escuchan música.
Pintan.
Escriben poesía.
Decoran sus hogares.
La belleza parece responder a una necesidad profundamente humana.
Todos soñamos con explorar
Desde los primeros navegantes hasta los modernos astronautas, el ser humano siempre ha sentido curiosidad por descubrir nuevos lugares.
Viajamos por necesidad, pero también por el simple deseo de conocer.
Exploramos océanos.
Escalamos montañas.
Cruzamos desiertos.
Visitamos otras culturas.
La curiosidad parece estar escrita en nuestra naturaleza.
Todos buscamos pertenecer
Nadie disfruta vivir completamente solo.
Formamos amistades.
Creamos comunidades.
Nos reunimos para celebrar.
Compartimos comidas.
Trabajamos en equipo.
Buscamos ser aceptados y amados.
El aislamiento prolongado suele producir profundo sufrimiento emocional.
Todos hacemos preguntas trascendentes
En todas las civilizaciones aparecen preguntas semejantes.
¿Quiénes somos?
¿De dónde venimos?
¿Por qué existe el mal?
¿Qué ocurre después de la muerte?
Estas preguntas aparecen incluso en culturas que jamás tuvieron contacto entre sí.
Un diseño común
Cuando reunimos todas estas observaciones, aparece un patrón extraordinario.
Todos buscamos amor.
Todos buscamos justicia.
Todos apreciamos la belleza.
Todos queremos seguridad.
Todos formamos familias.
Todos desarrollamos lenguaje.
Todos construimos ciudades.
Todos creamos música.
Todos educamos a nuestros hijos.
Todos buscamos propósito.
Las diferencias culturales son reales, pero descansan sobre una naturaleza humana profundamente compartida.
La explicación que ofrece la Biblia
La Biblia enseña que toda la humanidad procede de una misma pareja creada por Dios.
“De una sangre ha hecho todo el linaje de los hombres…”
— Hechos 17:26
Según las Escrituras, el ser humano fue creado para vivir en comunión con Dios, en un mundo donde existían la paz, la belleza, la justicia y la armonía.
El pecado rompió esa relación y trajo consigo la muerte, el sufrimiento y la corrupción del mundo.
Sin embargo, las huellas de aquel diseño original permanecen grabadas en nuestra naturaleza.
Por eso seguimos anhelando aquello que ya no experimentamos plenamente.
Tenemos hambre de justicia porque fuimos creados para un mundo justo.
Anhelamos paz porque fuimos creados para vivir en paz.
Buscamos amor porque fuimos creados por un Dios que es amor.
Amamos la belleza porque fuimos colocados originalmente en un jardín preparado por el Creador.
La creación anuncia la gloria de Dios
La extraordinaria unidad de la naturaleza humana difícilmente puede explicarse como una simple coincidencia cultural.
Detrás de nuestra diversidad aparece un mismo diseño, una misma estructura moral, emocional, racional y social que une a toda la humanidad.
La Biblia identifica el origen de ese diseño en el Dios que creó al hombre y a la mujer a su imagen y semejanza.
Cada familia, cada ciudad, cada acto de justicia, cada jardín, cada canción y cada anhelo de paz constituyen pequeños reflejos de ese diseño original que aún permanece en el corazón humano.
“Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti.”
— Pensamiento clásico de Agustín de Hipona, en armonía con la enseñanza bíblica.
“Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos.”
— Salmo 19:1
Referencias
- La Santa Biblia, Reina-Valera 1960. Génesis 1–3; Génesis 2:8–25; Romanos 2:14–15; Hechos 17:26; Eclesiastés 3:11; Salmo 19; Isaías 32:17.
- United Nations Educational, Scientific and Cultural Organization. Estudios sobre patrimonio cultural, desarrollo de civilizaciones y elementos comunes entre las sociedades humanas.
- American Anthropological Association. Publicaciones sobre cultura, parentesco y universalidad de instituciones humanas.
- Smithsonian Institution. Recursos sobre el desarrollo de las primeras ciudades, sociedades humanas y evolución cultural.
- The Bible Project. Recursos sobre Génesis, la imagen de Dios y el propósito original de la humanidad.
Disfruta música con propósito:
- 1. ¿Podemos confiar en la Biblia?
- 2. Evidencia histórica de Jesucristo
- 3. Profecías acerca de Jesucristo
- 4. Jesucristo: Cosas que no sabías
- 5. ¿Quién es Jesucristo?
- 7. Vida, usos y costumbres de las tierras Bíblicas
- Artículo
- Reflexión
- Salvación
- Usos y costumbres del tiempo de Cristo
- Vida de Jesús
Descubra el museo la vida y obra de Jesucristo:
