2. Mi visita a la Tumba del Huerto

Por el Dr. Elio M. Rivera

  Aquella mañana desperté con una emoción difícil de describir. Sabía que sería uno de los días más importantes de todo el viaje. Después de desayunar, nos reunimos para comenzar nuestra jornada. La agenda estaba llena de lugares que había soñado conocer durante años: la Tumba del Huerto, Getsemaní, el Muro de los Lamentos, el Estanque de Bethesda, el Monte de los Olivos y otros sitios profundamente ligados a la vida de Jesús.

  Subimos al autobús y comenzamos a recorrer las calles de Jerusalén. Mientras avanzábamos, mi mente parecía la de un niño en la víspera de una gran aventura. Mil pensamientos corrían por mi cabeza. Durante años había leído aquellos relatos una y otra vez. Había predicado sobre ellos. Había enseñado acerca de ellos. Pero ahora estaba allí, a pocos minutos de contemplar con mis propios ojos uno de los lugares más significativos de toda la fe cristiana.

  Finalmente llegamos.

  Al descender del autobús y atravesar la entrada, quedé impresionado por la belleza y tranquilidad del lugar. Todo parecía invitar a la reflexión. Sin embargo, mis ojos buscaban algo más. A unos cuantos pasos podía verse la famosa Tumba del Huerto.

  No pude evitarlo.

  Comencé a caminar apresuradamente para llegar antes que la multitud. Quería tomar fotografías mientras el lugar aún estaba relativamente vacío. Sabía que miles de visitantes llegan allí cada año desde todos los rincones del mundo. Deseaba contemplarla durante unos momentos en silencio.

  Cuando finalmente estuve frente a ella, me quedé inmóvil.

  Allí estaba.

  La tumba que muchos consideran el lugar más probable donde fue colocado el cuerpo de Jesús después de la crucifixión.

 La tumba del huerto en Jerusalén, el lugar donde Cristo resucito.

Tomé fotografías. Observé cada detalle. Entré en la tumba. Recorrí lentamente su interior. Y aunque los arqueólogos continúan debatiendo algunos aspectos históricos relacionados con el lugar, para mí la experiencia iba mucho más allá de una discusión académica. Estaba contemplando un escenario que me transportaba directamente a los acontecimientos más importantes de los Evangelios.

  Pero la experiencia aún no había terminado.

 El Gólgota. En el centro de la imagen se puede ver claramente los ojos y la nariz de una calavera

Poco después nos llevaron a observar el monte que tradicionalmente se identifica con el Gólgota.

  Cuando levanté la vista, mi corazón se aceleró.

  Allí estaba.

  La formación rocosa podía apreciarse claramente desde la propiedad de la Tumba del Huerto. Y lo que más me impresionó fue que la imagen de una calavera parecía surgir naturalmente de la montaña. Había visto fotografías antes, pero contemplarla personalmente fue completamente diferente.

  Me quedé observando sin decir una palabra.

  Sentí un profundo estremecimiento.

  Pensé: “Ese fue el lugar donde mi Salvador fue crucificado. Allí levantaron la cruz. Allí derramó su sangre. Allí cargó el peso de nuestros pecados. Allí sufrió por nosotros. Allí murió para que nosotros pudiéramos vivir.”

  Por un momento el ruido de las personas desapareció de mi mente. Todo parecía detenerse. Era como si el tiempo hubiera dejado de avanzar.

  Nos dieron tiempo para permanecer solos y reflexionar.

  Debo confesar que me sentía como hechizado por aquellos lugares. No podía apartar la vista ni de la tumba ni del Gólgota. Había esperado toda una vida para estar allí y ahora me encontraba contemplando con mis propios ojos los escenarios asociados con la muerte y la resurrección de Jesucristo.

  Mientras observaba aquellos lugares, innumerables pasajes bíblicos comenzaron a desfilar por mi memoria. Las palabras de los Evangelios cobraban una nueva dimensión. Ya no eran solamente textos escritos sobre una página. Eran acontecimientos que habían ocurrido en lugares reales, visibles, tangibles.

  Más tarde celebramos la Santa Cena.

  Aquel momento fue especialmente conmovedor.

  Cantamos himnos. Oramos. Reflexionamos sobre el sacrificio de Cristo. Y mientras participábamos del pan y de la copa, la cercanía de aquellos lugares hacía que todo pareciera aún más real.

  No era difícil imaginar a José de Arimatea llevando el cuerpo de Jesús. No era difícil imaginar la piedra siendo colocada frente a la entrada. No era difícil imaginar a las mujeres llegando aquella mañana gloriosa y encontrando la tumba vacía.

  En algún momento de aquella visita tomé una decisión silenciosa.

  Me prometí que volvería.

  Y gracias a Dios, con el paso de los años he tenido el privilegio de regresar varias veces.

  Sin embargo, ninguna visita ha borrado la emoción de aquella primera vez.

  Cuando finalmente abandonamos la Tumba del Huerto, mis sentimientos se desbordaban. Caminaba en silencio tratando de asimilar todo lo que había vivido.

  No podía creerlo.

  Después de tantos años leyendo los Evangelios, después de tantos años enseñando acerca de Jesús, había estado en el lugar donde fue crucificado y había contemplado la tumba que proclama al mundo entero la noticia más extraordinaria de la historia:

  La tumba está vacía.

  Cristo vive.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.