1. Camino a Judea: Dejando Galilea atrás

Por el Dr. Elio M. Rivera

  Cuando llegó el momento de abandonar Galilea, experimenté sentimientos encontrados. Por un lado, mi corazón rebosaba de gratitud. Durante varios días había caminado por lugares que durante años solamente habían existido en las páginas de mi Biblia. Había contemplado el Mar de Galilea, recorrido Capernaúm, visitado los pueblos donde Jesús enseñó, sanó enfermos y llamó a sus discípulos. Sin embargo, mientras el autobús se alejaba de aquellas tierras, sentía que una parte de mi alma permanecía allí.

  Debo confesar que me fui con cierta frustración. Quería quedarme más tiempo. Deseaba sentarme a la orilla del lago para meditar en silencio. Quería caminar una vez más por las calles de Capernaúm. Quería contemplar el amanecer sobre las aguas donde Pedro lanzó sus redes y dedicar más horas a reflexionar sobre todo lo que había visto. Mientras observaba por la ventana cómo Galilea quedaba atrás, hice una promesa silenciosa: algún día volvería.

  Nuestro siguiente destino era Judea. Abandonamos la región norte y comenzamos a descender por el camino que conduce hacia Jericó. Poco a poco el paisaje comenzó a transformarse delante de nuestros ojos. Los campos verdes de Galilea fueron desapareciendo. Las colinas cubiertas de vegetación comenzaron a escasear. Primero apareció una especie de semidesierto. Después la tierra se volvió más árida. Los tonos verdes cedieron lugar a los colores ocres y amarillentos. Finalmente, para cuando nos acercábamos a Jericó, el desierto se había adueñado completamente del paisaje.

  El desierto de Judea me mostró un rostro distinto de la Tierra Santa. Después de la frescura de Galilea, este paisaje árido y silencioso me recordó los caminos que recorrieron profetas, peregrinos y el mismo Jesús.

Mientras observaba aquellas extensiones áridas, no podía evitar pensar en los innumerables personajes bíblicos que recorrieron aquellos mismos caminos. Patriarcas, profetas, sacerdotes, peregrinos, reyes y ejércitos enteros habían pasado por aquellas tierras mucho antes que nosotros. La Biblia parecía desplegarse delante de mis ojos.

 La ciudad de Jerico moderna y y en el fondo el monte de la tentación

Al llegar a Jericó tomamos el camino que asciende hacia Jerusalén. Fue entonces cuando ocurrió algo que me hizo comprender mejor varios relatos bíblicos. El camino realmente sube. Conforme avanzábamos, el terreno se elevaba constantemente entre montañas desérticas y profundas quebradas. De pronto recordé la parábola del Buen Samaritano.

  Aquella historia dejó de ser una simple lectura para convertirse en una realidad visible. Ahora podía imaginar al hombre que descendía de Jerusalén a Jericó y caía en manos de ladrones. Podía imaginar al sacerdote y al levita recorriendo aquellas mismas rutas. Podía visualizar la soledad del camino, las montañas áridas que lo rodeaban y los numerosos lugares donde un viajero podía ser emboscado. Por primera vez comprendí la geografía detrás de la parábola.

  Mientras más nos acercábamos a Jerusalén, más evidente se hacía la sensación de estar entrando en una región diferente. El paisaje, la historia y el significado espiritual de aquellas tierras parecían envolvernos poco a poco. Judea no era solamente otra etapa del viaje. Era la región donde se habían desarrollado algunos de los acontecimientos más trascendentales de toda la historia bíblica.

Vista de Jerusalén desde el Monte de los Olivos.

Y entonces, finalmente, apareció Jerusalén.

  La ciudad ancestral. La ciudad de David. La ciudad de los profetas. La ciudad donde se levantó el Templo. La ciudad que fue testigo de la muerte y resurrección de Jesucristo.

  Mi corazón se llenó de emoción al pensar en los días que nos esperaban. Nuestra agenda incluía algunos de los lugares más importantes para cualquier persona que ama las Escrituras. Visitaríamos Getsemaní. Caminaríamos por el Monte de los Olivos. Descenderíamos al valle donde tantas veces caminó el Maestro. Conoceríamos la casa de Caifás. Contemplaríamos los lugares relacionados con las últimas horas de Jesús. Y, por supuesto, visitaríamos la tumba vacía, el lugar que proclama silenciosamente que la muerte fue vencida.

  Aquella noche llegamos al hotel, cenamos y nos preparamos para descansar. Sin embargo, debo admitir que no fue fácil dormir. Mi mente repasaba una y otra vez todo lo que nos esperaba al día siguiente. Sentía la misma emoción que un peregrino experimenta cuando finalmente llega a la ciudad que ha anhelado conocer durante toda su vida.

  Galilea había conquistado mi corazón.

  Pero Judea estaba a punto de dejar una huella imborrable en mi alma.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.