5. El llamado de los discípulos, la multiplicación de los panes y la restauración de Pedro

Por el Dr. Elio M. Rivera

  Nuestro recorrido por Galilea continuó hacia algunos de los lugares que más había deseado conocer desde que comencé a estudiar seriamente la vida de Jesús. Hasta ese momento ya había visitado Capernaúm, el Monte de las Bienaventuranzas, la Bahía de las Parábolas y varios otros escenarios relacionados con el ministerio del Señor. Sin embargo, todavía quedaban algunos lugares que ocupaban un sitio muy especial en mi corazón.

 Lugar donde Jesucristo realizo el milagro de la pesca milagrosa y llamo a Pedro a seguirle

Recuerdo que para llegar a uno de ellos tuvimos que atravesar una zona cercada con alambre. El camino no era particularmente cómodo ni parecía preparado para grandes grupos de turistas. De hecho, la impresión inicial era que nos dirigíamos a un lugar poco visitado. Pero muy pronto comprendí que todo el esfuerzo valdría la pena.

  Llegamos a una región donde brotan varios manantiales que alimentan el Mar de Galilea. Según nos explicaron, algunos de estos manantiales poseen temperaturas más cálidas que las aguas circundantes. No puedo verificar personalmente todos los detalles científicos, pero de acuerdo con lo que leí y me explicaron en aquel momento, la diferencia de temperatura atrae grandes cantidades de peces, especialmente la conocida carpa de Galilea. Aquellas aguas han sido una zona privilegiada para la pesca desde tiempos antiguos.

  Mientras contemplaba el lugar, mi mente viajó inmediatamente a las páginas de los Evangelios.

  Allí estaba Pedro.

  Allí estaba Andrés.

  Allí estaban Jacobo y Juan.

  Pescadores comunes realizando su trabajo cotidiano sin sospechar que estaban a punto de encontrarse con el hombre que cambiaría sus vidas para siempre.

  Recordé las palabras de Lucas:

  ”Entrando en una de aquellas barcas, la cual era de Simón, le rogó que la apartase de tierra un poco; y sentándose, enseñaba desde la barca a la multitud” (Lucas 5:3).

  Mientras observaba las aguas podía imaginar la escena con una claridad sorprendente. Jesús utilizando la embarcación de Pedro como plataforma para enseñar. La multitud escuchando desde la orilla. Los pescadores cansados después de una noche sin resultados.

  Y luego vino a mi mente uno de los momentos más extraordinarios de los Evangelios.

  ”Bogad mar adentro, y echad vuestras redes para pescar” (Lucas 5:4).

  Conozco la historia desde que era niño, pero estar allí produjo algo completamente distinto. Aquellas ya no eran palabras flotando en mi imaginación. Estaba contemplando el escenario donde ocurrieron.

  Pensé en Pedro observando una red llena de peces después de una noche infructuosa.

  Pensé en su asombro.

  Pensé en sus palabras:

  ”Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador” (Lucas 5:8).

  Y finalmente pensé en la invitación que cambiaría su destino para siempre:

  ”No temas; desde ahora serás pescador de hombres” (Lucas 5:10).

  Confieso que permanecí largo tiempo contemplando aquellas aguas. Era imposible no emocionarse. En algún lugar de aquel paisaje había comenzado una de las historias más extraordinarias de toda la Biblia.

Ese es e lugar donde tradicionalmente se cree que Jesucristo realizo el milagro de la multiplicación de los peces y los panes. 

Después continuamos nuestro recorrido hacia otro sitio profundamente ligado al ministerio de Jesús: el lugar tradicional donde ocurrió la multiplicación de los panes y los peces.

  Al llegar observé las suaves colinas que rodean la región. De inmediato imaginé las multitudes cubriendo aquellos espacios abiertos. Familias enteras siguiendo a Jesús durante días. Hombres, mujeres y niños reuniéndose para escuchar sus enseñanzas.

  Entonces recordé las palabras de los Evangelios:

  ”Y comieron todos, y se saciaron” (Mateo 14:20).

  Aquella frase siempre me ha parecido extraordinaria.

  No dice que algunos comieron.

  No dice que probaron un poco.

  Dice que todos comieron y quedaron satisfechos.

  Mientras contemplaba el paisaje trataba de imaginar aquella escena imposible. Miles de personas sentadas sobre la hierba. Los discípulos repartiendo el alimento. La sorpresa creciendo de grupo en grupo. La abundancia donde momentos antes solo había escasez.

  Y una vez más comprendí que la geografía ayuda a entender los relatos bíblicos. Las colinas, las distancias, los espacios abiertos y la cercanía del lago daban vida al texto de una manera completamente nueva.

  En esta foto se puede observar el lugar donde Jesucristo restauro al apóstol Pedro después de su resurrección.

Finalmente llegamos al último lugar de aquella jornada.

  Para mí fue uno de los más emotivos de todo Galilea.

  El lugar tradicional donde Jesús restauró a Pedro después de la resurrección.

  Todavía recuerdo la sensación que experimenté al acercarme a la orilla del lago.

  Allí el paisaje era tranquilo.

  Sereno.

  Casi íntimo.

  Y quizá precisamente por eso resulta tan fácil imaginar lo ocurrido aquella mañana.

  Los discípulos regresando de una noche de pesca.

  Las primeras luces del amanecer reflejándose sobre el agua.

  Y en la orilla, una figura esperando.

  Recordé inmediatamente las palabras del Evangelio de Juan:

  ”Cuando descendieron a tierra, vieron brasas puestas, y un pez encima de ellas, y pan” (Juan 21:9).

  Aquella imagen siempre me ha conmovido.

  El Señor resucitado preparando alimento para sus amigos.

  El Maestro esperando a aquellos hombres que lo habían seguido durante años.

  Y entre ellos, Pedro.

  El mismo Pedro que había prometido morir con Él.

  El mismo Pedro que lo había negado tres veces.

  Mientras observaba la orilla del lago imaginé la escena.

  El fuego encendido.

  El olor del pescado cocinándose.

  El silencio de la madrugada.

  Y luego aquella conversación que ha consolado a millones de creyentes a través de los siglos.

  ”Simón, hijo de Jonás, ¿me amas?” (Juan 21:15).

  Tres veces la pregunta.

  Tres veces la respuesta.

  Tres veces la restauración.

  Mientras permanecía allí sentí algo difícil de describir. No veía solamente un lugar histórico. Veía una demostración del amor y la gracia de Cristo. Veía a un Maestro restaurando a un discípulo quebrantado. Veía esperanza para todos aquellos que alguna vez han fallado.

  Cuando finalmente llegó el momento de abandonar aquel lugar, sentí una mezcla extraña de gratitud y nostalgia. Durante aquellos días había recorrido muchos de los escenarios más importantes del ministerio de Jesús en Galilea. Había contemplado lugares que durante años solo habían existido en mi imaginación. Había visto el lago donde navegaron los discípulos, las colinas donde enseñó el Maestro y los caminos por donde caminaron aquellos hombres que cambiaron el mundo.

  Por supuesto, visitamos muchos otros lugares que no he incluido en estas páginas. Algunos de ellos aparecerán más adelante en el libro que estoy preparando sobre mis viajes a Tierra Santa. Sin embargo, al despedirme de Galilea comprendí que una parte de mi corazón permanecería para siempre junto a aquellas aguas.

  Aun así, la nostalgia pronto comenzó a mezclarse con una nueva emoción.

  Lo que habíamos visto era apenas el comienzo.

  Todavía nos esperaba Judea.

  Todavía nos esperaba Jerusalén.

  Todavía nos esperaba el desierto de Judea.

  Todavía nos esperaba el Mar Muerto.

  Y yo no tenía idea de las profundas emociones que aquellos lugares despertarían en mi alma.

  Pero esa ya es otra historia.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.