2. Impuestos, tributos y el peso de Roma

Por el Dr. Elio M Rivera

  En los tiempos de Jesús, el pueblo judío vivía bajo el dominio del Imperio Romano. Aunque Israel conservaba parte de su identidad religiosa y cultural, Roma controlaba el poder político, militar y económico de la región. Y una de las maneras más visibles en que el pueblo sentía diariamente ese dominio era a través de los impuestos y tributos.

  

Monedas de tiberio

Cada moneda pagada recordaba que Judea no era una nación verdaderamente libre.

   Los impuestos romanos pesaban fuertemente sobre la población común. Campesinos, pescadores, artesanos y pequeños comerciantes debían entregar parte importante de sus ingresos al sistema imperial. Para muchas familias pobres, sobrevivir ya era difícil, y los tributos aumentaban todavía más la carga económica.

  Existían diferentes tipos de impuestos. Algunos eran tributos personales que cada individuo debía pagar simplemente por vivir bajo el dominio de Roma. Otros estaban relacionados con tierras, cosechas, comercio, pesca, transporte de mercancías y uso de caminos o puertos. Para un pescador del mar de Galilea, por ejemplo, no bastaba solamente con trabajar duro. Parte de lo que obtenía terminaba en manos del sistema romano. Lo mismo sucedía con agricultores que debían entregar porcentajes de sus cosechas o comerciantes que pagaban tarifas al mover mercancías entre regiones.

  Muchos vivían prácticamente atrapados en un ciclo constante de trabajo, impuestos y pobreza. Y si una persona no pagaba los tributos, las consecuencias podían ser graves. Roma era un imperio extremadamente poderoso y no veía los impuestos como algo opcional. El tributo representaba sometimiento al César y sostenía el ejército, las obras públicas y el control imperial sobre las provincias conquistadas.

  Por eso, negarse a pagar impuestos podía interpretarse como rebeldía contra Roma. Las autoridades podían confiscar propiedades, quitar tierras, embargar cosechas, imponer multas, encarcelar o incluso usar violencia militar dependiendo de la gravedad de la resistencia. En algunos casos, las deudas podían destruir completamente a una familia.

  En el mundo romano existía la esclavitud por deudas, y una persona podía caer en servidumbre o venderse a sí misma para pagar lo que debía. También hay evidencia de que familias pobres podían vender a sus hijos como esclavos en situaciones extremas de deuda o miseria. No siempre significa que Roma llegara directamente y vendiera a los hijos por cualquier impuesto atrasado, pero sí significa que el sistema de deudas, impuestos y pobreza podía empujar a una familia hasta ese nivel de desesperación.

  Por eso los impuestos no eran simplemente una molestia económica. Para muchos campesinos y trabajadores, podían significar perder la tierra, perder la cosecha, caer en deuda, quedar bajo la presión de cobradores corruptos o terminar dependiendo de otros para sobrevivir. Cada tributo recordaba que Roma no solo gobernaba con soldados, sino también con monedas, registros, cobradores y deudas.

  Ahora bien, además de los impuestos romanos, muchos judíos también pagaban tributos locales y contribuciones religiosas relacionadas con el templo.

  Esto provocaba enorme tensión dentro de la sociedad.

  Muchos judíos consideraban humillante tener que pagar dinero al César, especialmente porque el emperador romano era visto por algunos como un gobernante pagano que se atribuía honores casi divinos.

  Por eso, el tema de los impuestos no era solamente económico.
  También era político y espiritual.

  Los grupos más radicales, como los zelotes, odiaban profundamente el tributo romano. Algunos consideraban que pagar impuestos al César equivalía casi a someterse espiritualmente al poder pagano.

  Precisamente por eso intentaron atrapar a Jesús con una pregunta extremadamente peligrosa.

   “¿Es lícito dar tributo a César, o no?”
  — Mateo 22:17 (RVR1960)

  Aquella pregunta era una trampa perfecta.

  Si Jesús decía que no debían pagar impuestos, podía ser acusado de rebelión contra Roma. Pero si defendía completamente el tributo romano, muchos judíos lo verían como alguien que apoyaba la opresión extranjera.

  Entonces Jesús pidió una moneda.

  “Mostradme la moneda del tributo.”
  — Mateo 22:19 (RVR1960)

  Y después de preguntar de quién era la imagen grabada en ella, respondió con una de las declaraciones más famosas de los Evangelios:

  “Dad, pues, a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios.”
  — Mateo 22:21 (RVR1960)

  Aquellas palabras dejaron maravillados incluso a Sus enemigos.

  Jesús reconocía la realidad política del mundo donde vivían, pero al mismo tiempo recordaba que por encima de todo poder humano existía una lealtad mucho mayor hacia Dios.

  Los impuestos eran cobrados frecuentemente por publicanos o cobradores de impuestos. Estos hombres trabajaban para Roma o para autoridades asociadas al sistema romano.

  Y aquí surge algo importante:
  los publicanos eran profundamente despreciados por gran parte del pueblo judío.

  ¿Por qué?

  Porque muchos cobradores abusaban de su posición y se enriquecían explotando a su propia gente.

  Roma normalmente exigía cierta cantidad de dinero, pero algunos publicanos cobraban mucho más para quedarse con la diferencia.

  Por eso eran vistos como corruptos, traidores y colaboradores del imperio opresor.

  “No exijáis más de lo que os está ordenado.”
  — Lucas 3:13 (RVR1960)

  Aquella advertencia de Juan el Bautista revela claramente que los abusos eran comunes.

  Muchos publicanos acumulaban riquezas mientras gran parte del pueblo vivía en pobreza.

  Por eso la gente evitaba relacionarse con ellos y los agrupaba junto a pecadores notorios.

  “¿Por qué come vuestro Maestro con los publicanos y pecadores?”
  — Mateo 9:11 (RVR1960)

  Y precisamente allí aparece uno de los detalles más sorprendentes del Evangelio:
  Mateo, uno de los doce discípulos, había sido publicano.

  “Y saliendo Jesús de allí, vio a un hombre llamado Mateo, que estaba sentado al banco de los tributos públicos.”
  — Mateo 9:9 (RVR1960)

  Imagine el impacto de aquello.

  Un cobrador de impuestos,
  alguien probablemente odiado por muchos,
  terminó convirtiéndose en discípulo del Mesías.

  Eso muestra nuevamente el corazón de Cristo. Mientras otros solo veían traición y corrupción, Jesús veía personas que podían ser transformadas.

  Además de los impuestos romanos, existía el impuesto del templo.

  Todo judío adulto debía contribuir económicamente para el mantenimiento del templo y sus actividades religiosas.

   “¿Vuestro Maestro no paga las dos dracmas?”
  — Mateo 17:24 (RVR1960)

  Este dinero ayudaba a sostener sacrificios, sacerdotes, mantenimiento y funcionamiento del templo.

  Por eso también existían cambistas alrededor de Jerusalén, especialmente durante las fiestas, ya que algunas monedas extranjeras debían cambiarse por monedas aceptadas para los pagos sagrados.

  El problema era que, con el tiempo, el sistema religioso y económico alrededor del templo comenzó a corromperse.

  Muchos aprovechaban las necesidades espirituales del pueblo para obtener ganancias económicas.

  Por eso Jesús expulsó a los cambistas y comerciantes del templo.

  “Mi casa, casa de oración será llamada; mas vosotros la habéis hecho cueva de ladrones.”
  — Mateo 21:13 (RVR1960)

  Resulta impresionante pensar en la presión económica que vivía el pueblo común en aquellos días.

  Roma cobraba.
  Herodes cobraba.
  Los publicanos cobraban.
  El templo cobraba.

  Mientras tanto, muchas familias apenas sobrevivían día tras día.

  Por eso las enseñanzas de Jesús sobre el dinero golpeaban tan profundamente los corazones.

  Cuando hablaba de deudas, tributos, monedas o pobreza, no estaba hablando de teorías abstractas. Estaba hablando de la realidad diaria de miles de personas cansadas, oprimidas y agobiadas económicamente.

  Y precisamente en medio de un sistema lleno de explotación, desigualdad y cargas pesadas, Jesucristo apareció anunciando un Reino diferente.

  Un Reino donde el valor de una persona no dependía de sus riquezas,
  donde los pobres eran vistos,
  donde los pecadores podían ser restaurados,
  y donde aun un despreciado cobrador de impuestos podía convertirse en discípulo del Hijo de Dios.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.