Por el Dr. Elio M Rivera
En los tiempos de Jesús, el templo de Jerusalén no era solamente el centro espiritual de Israel. También era uno de los lugares más activos económica y comercialmente de toda la región. Miles de peregrinos llegaban desde Galilea, Judea y diferentes partes del Imperio Romano para ofrecer sacrificios, cumplir votos, participar en las fiestas y adorar a Dios.
Durante celebraciones como la Pascua, Jerusalén se transformaba completamente. Las calles cercanas al templo se llenaban de viajeros, animales, comerciantes, sacerdotes y grupos de peregrinos hablando distintos idiomas. El ambiente estaba cargado de sonidos, movimiento y actividad constante.
Muchos peregrinos llegaban desde lugares lejanos y no podían transportar fácilmente animales para los sacrificios durante largos viajes. Por eso, alrededor del templo existía un enorme mercado religioso donde podían comprarse ovejas, bueyes, cabras y palomas destinadas a las ofrendas. La Ley requería que los animales ofrecidos fueran apropiados y sin defecto: “Mas si hubiere en él defecto… no lo sacrificarás a Jehová tu Dios” (Deuteronomio 15:21, RVR1960).

Esto provocó que surgiera todo un sistema económico alrededor de la venta de animales aprobados para el sacrificio. Los peregrinos llegaban con dinero y compraban allí mismo lo necesario para cumplir con las exigencias religiosas. Especialmente los pobres compraban palomas o tórtolas, ya que eran las ofrendas más accesibles económicamente. Juan relata que Jesús “halló en el templo a los que vendían bueyes, ovejas y palomas” (Juan 2:14, RVR1960).
Pero no solamente se vendían animales. También existían cambistas de monedas. En Jerusalén circulaban monedas romanas, griegas y de distintas regiones del imperio. Muchas de ellas llevaban imágenes del César o símbolos paganos, y ciertas monedas no eran aceptadas para el impuesto del templo o para algunas transacciones religiosas. Por eso los cambistas intercambiaban monedas extranjeras por monedas consideradas apropiadas para el uso del templo.
Imagine la escena: mesas llenas de monedas de plata y cobre, hombres contando dinero rápidamente, animales balando, palomas encerradas en jaulas, peregrinos discutiendo precios, sacerdotes moviéndose entre multitudes y el olor mezclado de incienso, animales y sudor humano llenando el ambiente. Todo aquello formaba parte del movimiento religioso y económico que rodeaba al templo.
El problema no era simplemente la existencia del comercio. Muchos peregrinos realmente necesitaban comprar animales o cambiar monedas. El verdadero problema era que algunos comenzaron a aprovecharse espiritualmente del pueblo. El lugar que debía reflejar oración, reverencia y adoración terminó convirtiéndose parcialmente en un centro de negocios religiosos.
Con el tiempo, el sistema comercial alrededor del templo pudo convertirse en una carga para quienes venían sinceramente a adorar a Dios. Había precios elevados, ganancias excesivas y un ambiente donde la necesidad espiritual del pueblo podía ser usada como oportunidad económica. Lo santo comenzaba a mezclarse peligrosamente con la ambición.
Y precisamente allí ocurrió una de las escenas más impactantes del ministerio de Jesús. Cuando Cristo entró al templo y vio lo que estaba sucediendo, reaccionó con una fuerza que debió estremecer Jerusalén. Juan dice que “hizo un azote de cuerdas, y echó fuera del templo a todos” (Juan 2:15, RVR1960).

Jesús volcó mesas de cambistas, derramó monedas y expulsó a vendedores y comerciantes. Monedas rodaron por el suelo de piedra, animales se movieron entre la multitud, hombres intentaron recoger su dinero y el ruido del comercio fue interrumpido por la autoridad del Hijo de Dios.
Entonces Jesús declaró: “Mi casa, casa de oración será llamada; mas vosotros la habéis hecho cueva de ladrones” (Mateo 21:13, RVR1960). Aquellas palabras eran muchísimo más que una protesta contra comerciantes. Jesús estaba confrontando un sistema religioso que había comenzado a usar la adoración como medio de explotación económica.
El templo debía ser un lugar donde las personas buscaran a Dios. Un lugar de misericordia, oración, arrepentimiento y esperanza. Pero muchos habían transformado la espiritualidad en negocio, y Cristo no permaneció indiferente ante eso.
Resulta profundamente impactante que una de las confrontaciones más fuertes de Jesús no ocurrió contra criminales comunes, sino dentro del mismo sistema religioso. Porque el peligro más grande no era solamente vender animales o cambiar monedas. Era convertir lo santo en mercancía.
En medio de aquel ambiente lleno de dinero, sacrificios y comercio religioso, Jesucristo se levantó como el verdadero dueño del templo, recordando que la presencia de Dios jamás debía reducirse a ganancias económicas.
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