Por el Dr. Elio M Rviera
El sumo sacerdote ocupaba la posición religiosa más alta dentro de la nación judía. Desde los días de Aarón, Dios había establecido este oficio para que una persona representara al pueblo delante de Él y ministrara en los asuntos más sagrados del culto. El sumo sacerdote tenía la responsabilidad de supervisar el servicio del templo, dirigir importantes ceremonias religiosas y velar por la correcta observancia de la Ley de Moisés. Su función era tan importante que era considerado el principal mediador espiritual entre Dios e Israel. La Escritura describe este ministerio cuando habla de Aarón y de sus descendientes: «Y tomarás a Aarón y a sus hijos con él, y los vestirás de las vestiduras. Y ungirás a Aarón, y lo consagrarás y santificarás, para que sea mi sacerdote» (Éxodo 40:12-13, RVR1960).

Uno de los deberes más solemnes del sumo sacerdote era entrar una vez al año en el Lugar Santísimo durante el Día de la Expiación. Ningún otro hombre podía realizar esta función. Allí presentaba sangre por sus propios pecados y por los pecados del pueblo, simbolizando la necesidad de reconciliación entre Dios y la nación. Este acto recordaba constantemente la santidad de Dios y la condición pecaminosa del ser humano. La Biblia declara: «Y esto tendréis por estatuto perpetuo: En el mes séptimo, a los diez días del mes, afligiréis vuestras almas… porque en este día se hará expiación por vosotros, y seréis limpios de todos vuestros pecados delante de Jehová» (Levítico 16:29-30, RVR1960).
Durante el período del Segundo Templo, especialmente en los días de Jesucristo, el cargo de sumo sacerdote había adquirido una enorme influencia política además de su autoridad religiosa. Aunque Judea estaba bajo el dominio del Imperio Romano, los gobernadores romanos comprendían que el liderazgo espiritual tenía un profundo impacto sobre el pueblo. Por esa razón, Roma frecuentemente intervenía en el nombramiento y destitución de los sumos sacerdotes. Mantener una buena relación con ellos ayudaba a conservar el orden en una región conocida por sus constantes tensiones políticas y religiosas. De esta manera, el sumo sacerdote se convirtió no solamente en una figura espiritual, sino también en una pieza clave dentro de la administración de Judea.
En los tiempos de Jesús destacaron especialmente Anás y Caifás. Aunque Caifás ocupaba oficialmente el cargo, Anás conservaba una enorme influencia debido a su experiencia y prestigio dentro de la aristocracia sacerdotal. Ambos aparecen repetidamente en los Evangelios relacionados con el juicio de Jesucristo. De hecho, después de ser arrestado, Jesús fue llevado primero ante Anás antes de comparecer ante Caifás. La Escritura registra: «Y le llevaron primeramente a Anás; porque era suegro de Caifás, que era sumo sacerdote aquel año» (Juan 18:13, RVR1960).
Caifás desempeñó un papel decisivo en los acontecimientos que condujeron a la crucifixión de Jesucristo. Temiendo las repercusiones políticas que el creciente número de seguidores de Jesús pudiera provocar, propuso que la muerte de un solo hombre sería preferible a una posible intervención romana contra toda la nación. Sin darse cuenta, sus palabras terminaron teniendo un significado profético mucho más profundo que el que él imaginaba. El apóstol Juan escribe: «Y era Caifás el que había dado el consejo a los judíos, de que convenía que un solo hombre muriese por el pueblo» (Juan 18:14, RVR1960). Más adelante añade que estas palabras anunciaban involuntariamente la muerte redentora de Cristo por toda la nación y aun por los hijos de Dios dispersos por el mundo (Juan 11:49-52).
El sumo sacerdote también presidía el Sanedrín, el tribunal supremo judío compuesto por sacerdotes, ancianos y escribas. Este consejo tenía autoridad para resolver asuntos religiosos, interpretar la Ley y juzgar diversas controversias dentro del pueblo. Cuando Jesús fue llevado a juicio, fue precisamente ante este cuerpo donde se levantaron acusaciones contra Él. La Biblia relata: «Y los principales sacerdotes y los ancianos y todo el concilio, buscaban falso testimonio contra Jesús, para entregarle a la muerte» (Mateo 26:59, RVR1960).
A pesar de la grandeza y autoridad que rodeaban al cargo de sumo sacerdote, el Nuevo Testamento enseña que todos aquellos sacerdocios terrenales apuntaban hacia una realidad mucho mayor: Jesucristo, el verdadero y eterno Sumo Sacerdote. A diferencia de los sacerdotes humanos, que debían ofrecer sacrificios repetidamente y eventualmente morían, Cristo ofreció un sacrificio perfecto y permanente por los pecados. Por ello, la carta a los Hebreos declara: «Por tanto, teniendo un gran sumo sacerdote que traspasó los cielos, Jesús el Hijo de Dios, retengamos nuestra profesión» (Hebreos 4:14, RVR1960). Mientras los sumos sacerdotes del templo representaban temporalmente al pueblo delante de Dios, Jesucristo continúa siendo hoy nuestro eterno representante delante del Padre, intercediendo por todos los que creen en Él.
Comprender la función y la influencia del sumo sacerdote permite apreciar mejor muchos de los acontecimientos narrados en los Evangelios. También ayuda a entender por qué el juicio, la muerte y la resurrección de Jesucristo marcaron un cambio trascendental en la historia de la redención. El sistema sacerdotal del templo señalaba hacia Él, y cuando el verdadero Sumo Sacerdote apareció, cumplió perfectamente todo aquello que durante siglos había sido anunciado mediante los sacrificios, las ceremonias y el ministerio sacerdotal de Israel. «Por lo cual puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos» (Hebreos 7:25, RVR1960).
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