Por el Dr. Elio M Rivera
Cuando Jesucristo apareció en Israel, llegó a una nación profundamente cansada y herida. El pueblo judío vivía bajo el dominio del Imperio Romano. Soldados extranjeros recorrían sus calles, los impuestos eran pesados y muchos sentían que Israel había perdido su gloria. Había pobreza, corrupción política y tensión espiritual. En medio de todo eso, una esperanza ardía intensamente en el corazón del pueblo: la llegada del Mesías prometido.
Durante siglos, los profetas habían anunciado que Dios enviaría un libertador. Isaías habló de un rey glorioso y poderoso: “Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado… y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte” (Isaías 9:6, RVR1960). Jeremías habló de un descendiente de David que reinaría con justicia. Daniel anunció el tiempo señalado para la aparición del Mesías. Por eso, en los días de Jesús, Israel vivía mirando hacia el futuro, esperando que Dios interviniera finalmente en la historia.

Pero la mayoría del pueblo esperaba un tipo específico de Mesías. Muchos imaginaban un líder político y militar semejante al rey David. Esperaban alguien fuerte, dominante y conquistador, que levantara un ejército, destruyera a Roma y restaurara el poder de Israel sobre las naciones. Querían un libertador nacional, un rey guerrero que devolviera independencia, honor y grandeza al pueblo judío.
La opresión romana hacía crecer todavía más ese deseo. Cada soldado romano caminando por Jerusalén era un recordatorio humillante de que Israel estaba sometido. Por eso muchos interpretaban las profecías mesiánicas desde un punto de vista político. Creían que el Mesías aparecería para destruir a los enemigos de Israel y establecer inmediatamente un reino visible y poderoso sobre la tierra.
Además, existía una fuerte expectativa espiritual en el ambiente. Surgían rumores constantemente acerca de libertadores y falsos mesías. Algunos hombres aparecían prometiendo señales, libertad o intervención divina. El pueblo estaba emocionalmente preparado para seguir a alguien que pareciera enviado por Dios.
Entonces apareció Juan el Bautista predicando arrepentimiento en el desierto. Después de siglos sin un profeta reconocido, multitudes comenzaron a correr para escucharlo. La Biblia dice: “Como el pueblo estaba en expectativa, preguntándose todos en sus corazones si acaso Juan sería el Cristo” (Lucas 3:15, RVR1960). Israel entero parecía estar conteniendo el aliento, esperando que el momento finalmente hubiera llegado.
Y entonces apareció Jesús.
Pero aquí comenzó el choque más grande de todos.
Porque Jesús no se parecía al Mesías que muchos habían imaginado.
No apareció vestido como rey poderoso. No organizó ejércitos. No llamó a tomar armas contra Roma. No buscó alianzas políticas ni posiciones de poder. Nació en pobreza, creció en Nazaret —una aldea despreciada— y caminó entre pescadores, enfermos, pecadores y gente quebrantada.
Mientras muchos esperaban un conquistador político, Jesús hablaba acerca de amar enemigos, perdonar pecados y buscar primero el Reino de Dios.
Mientras la gente quería liberación nacional, Cristo hablaba de algo todavía más profundo: la esclavitud del pecado.
Mientras esperaban un rey que destruyera romanos, Jesús confrontaba primero la corrupción espiritual del propio Israel.
Eso confundió profundamente a muchos.
Sin embargo, las señales que hacía eran imposibles de ignorar. Los ciegos veían, los paralíticos caminaban, los demonios huían y los muertos resucitaban. Las multitudes comenzaron a preguntarse si finalmente Él era el Mesías prometido. Incluso Juan el Bautista, estando en prisión, envió a preguntar: “¿Eres tú aquel que había de venir, o esperaremos a otro?” (Mateo 11:3, RVR1960).
Jesús respondió señalando Sus obras: “Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados…” (Mateo 11:5, RVR1960). Cristo estaba mostrando que las profecías mesiánicas se estaban cumpliendo delante de ellos, aunque de una manera distinta a la que muchos esperaban.
La tensión llegó a uno de sus puntos más altos durante la entrada triunfal en Jerusalén. Cuando Jesús entró montado sobre un asno, las multitudes comenzaron a gritar: “¡Hosanna al Hijo de David!” (Mateo 21:9, RVR1960). “Hosanna” significa algo semejante a “¡Sálvanos ahora!”. El pueblo estaba emocionado. Muchos pensaban que el momento de liberación nacional finalmente había llegado.
Jerusalén debía sentirse electrizada. Miles de peregrinos llenaban la ciudad durante la Pascua. Los rumores acerca de Jesús corrían por todas partes. Algunos hablaban de Lázaro resucitado. Otros hablaban de milagros y señales extraordinarias. Y en medio de aquella tensión espiritual y política, Jesús entró como Rey.
Pero incluso en ese momento, Cristo mostró que Su reino era diferente. No entró montado sobre un caballo de guerra, sino sobre un asno, cumpliendo la profecía:
“He aquí tu Rey vendrá a ti, justo y salvador, humilde…” — Zacarías 9:9 (RVR1960)
Muchos querían un Mesías que destruyera enemigos físicos. Jesús vino primero a destruir el pecado, la muerte y la separación entre Dios y el hombre.
Muchos querían un reino político inmediato. Cristo vino a establecer primero un reino espiritual dentro del corazón humano.
Muchos esperaban alguien que exaltara el orgullo nacional de Israel. Jesús vino llamando al arrepentimiento, a la humildad y a la transformación interior.
Y ese choque produjo desilusión en muchas personas.
Cuando Jesús no comenzó una revolución contra Roma, muchos dejaron de seguirlo. Algunos de los mismos que gritaron “Hosanna” terminaron influenciados por líderes religiosos que pedían Su crucifixión días después.
Aun así, Jesucristo era exactamente el Mesías prometido. El problema no era que las profecías fueran falsas, sino que el pueblo había entendido solo una parte de ellas. Esperaban la gloria del Rey… pero primero debía venir el Siervo sufriente anunciado por Isaías.
“Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores…” — Isaías 53:3 (RVR1960)
Jesús no vino solamente a liberar a Israel de Roma por un tiempo. Vino a rescatar a la humanidad del pecado, de la muerte y de la condenación eterna.
Por eso causó tanta conmoción. Todo Israel estaba esperando al Mesías. Pero cuando el Mesías finalmente apareció, muchos no pudieron reconocerlo porque esperaban un libertador político… mientras Dios estaba enviando un Salvador mucho más grande.
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