Por el Dr. Elio M Rivera
Dentro del templo de Jerusalén trabajaban hombres conocidos como cambistas. Su labor consistía en intercambiar monedas extranjeras o romanas por monedas aceptadas para las ofrendas y pagos relacionados con el templo. Debido a que muchos peregrinos llegaban desde distintas regiones, no todos poseían la moneda adecuada para participar en ciertas actividades religiosas.
Miles de personas viajaban a Jerusalén durante las grandes fiestas judías, especialmente durante la Pascua. Algunos venían desde lugares muy lejanos del Imperio Romano y traían monedas con imágenes de emperadores o símbolos paganos. Muchas de esas monedas no eran aceptadas dentro del sistema del templo, por lo que los peregrinos debían cambiarlas antes de presentar sus ofrendas.
La Ley establecía ciertos pagos relacionados con el servicio del templo.
“Esto dará todo aquel que sea contado: medio siclo, conforme al siclo del santuario.”
Éxodo 30:13
Con el paso del tiempo, alrededor de estas necesidades religiosas comenzó a desarrollarse un enorme sistema económico. Los cambistas cobraban comisiones por el intercambio de monedas, y muchos vendedores ofrecían animales para los sacrificios dentro o cerca del área del templo.
Las personas que llegaban desde lejos frecuentemente no podían transportar animales durante todo el viaje. Por eso compraban palomas, ovejas o bueyes en Jerusalén para presentarlos como sacrificio.
“Y halló en el templo a los que vendían bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas allí sentados.”
Juan 2:14
El problema no era simplemente la existencia de comercio relacionado con los sacrificios. El verdadero problema era que aquel sistema se había llenado de abusos, corrupción y explotación económica. Muchos peregrinos pobres eran obligados a pagar precios elevados o comisiones injustas para poder participar en las actividades religiosas.
El lugar que debía reflejar adoración, reverencia y búsqueda de Dios se había convertido en un ambiente dominado por intereses económicos.
Por eso ocurrió una de las escenas más impactantes del ministerio de Jesucristo.
“Y haciendo un azote de cuerdas, echó fuera del templo a todos.”
Juan 2:15
Jesús volcó las mesas de los cambistas y expulsó a quienes estaban utilizando la casa de Dios como un centro de ganancias injustas.
“Y esparció las monedas de los cambistas, y volcó las mesas.”
Juan 2:15
Después declaró:
“No hagáis de la casa de mi Padre casa de mercado.”
Juan 2:16
El Evangelio de Mateo añade otra declaración aún más fuerte:
“Escrito está: Mi casa, casa de oración será llamada; mas vosotros la habéis hecho cueva de ladrones.”
Mateo 21:13
Jesucristo estaba citando palabras del Antiguo Testamento.
“Mi casa será llamada casa de oración para todos los pueblos.”
Isaías 56:7
Y también:
“¿Es cueva de ladrones delante de vuestros ojos esta casa sobre la cual es invocado mi nombre?”
Jeremías 7:11

Jesucristo limpiando el templo
Aquella escena mostró que Cristo no permanecía indiferente ante la corrupción religiosa ni ante quienes utilizaban la fe para obtener ganancias injustas. Él veía cómo personas humildes, muchas veces cargadas de necesidad espiritual, eran explotadas económicamente en el mismo lugar donde debían encontrar dirección y acercarse a Dios.
Los cambistas además reflejaban algo más profundo acerca de la condición espiritual de Israel en aquella época. El sistema religioso se había llenado de apariencias externas mientras el corazón de muchos líderes se alejaba de Dios.
Por eso Jesucristo también declaró:
“Este pueblo de labios me honra; mas su corazón está lejos de mí.”
Mateo 15:8
La indignación de Jesús en el templo revela algo importante sobre Su carácter. Cristo era lleno de amor, misericordia y compasión, pero también defendía la santidad de la casa de Dios y denunciaba la injusticia religiosa. Él no toleraba que la adoración fuera transformada en explotación ni que el sufrimiento espiritual de las personas fuera utilizado para producir ganancias.
Comprender el trabajo de los cambistas ayuda a visualizar mejor el ambiente que existía en Jerusalén durante las fiestas religiosas. El templo no solamente era un centro espiritual; también estaba rodeado por un enorme movimiento económico donde circulaban monedas, animales, ofrendas y miles de peregrinos. Fue precisamente en medio de ese ambiente donde Jesucristo levantó Su voz para recordar que la adoración verdadera no puede separarse de la justicia, la reverencia y la sinceridad delante de Dios.
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