Por el Dr. Elio M Rivera
Después de anunciar el juicio contra Tiro, la profecía identifica al primer instrumento que Dios utilizaría para comenzar su cumplimiento.
El Señor declara por medio de Ezequiel:
“Porque así ha dicho Jehová el Señor: He aquí que yo traigo contra Tiro desde el norte a Nabucodonosor rey de Babilonia, rey de reyes, con caballos, carros, jinetes y tropas de mucho pueblo.”
(Ezequiel 26:7).
Esta afirmación era perfectamente comprensible para quienes escuchaban la profecía.

Nabucodonosor inicia la conquista de Tiro
Nabucodonosor era el monarca más poderoso de su tiempo. Había derrotado al Imperio Asirio, vencido a Egipto en la batalla de Carquemis y convertido a Babilonia en la mayor potencia militar del antiguo Cercano Oriente. Jerusalén ya había experimentado el poder de su ejército, y ahora Tiro se encontraba frente al mismo enemigo.
Poco después de la caída de Jerusalén, el rey babilonio dirigió su atención hacia la poderosa ciudad fenicia.
Sin embargo, conquistar Tiro no sería una tarea sencilla.
Como vimos anteriormente, la ciudad estaba dividida en dos partes. Existía una ciudad sobre la costa continental y otra, mucho más importante, construida sobre una isla protegida por enormes murallas y por el mar.
Nabucodonosor pudo ocupar la parte continental, pero la verdadera fortaleza permanecía en la isla.
Comenzó entonces uno de los asedios más largos de toda la Antigüedad.
Las fuentes antiguas, especialmente Josefo, citando al historiador fenicio Menandro de Éfeso, indican que el sitio duró trece años, aproximadamente entre 586 y 573 a.C.
Durante todo ese tiempo, el ejército babilonio mantuvo rodeada la ciudad, intentando obligarla a rendirse.
El propio Ezequiel hace referencia al enorme esfuerzo realizado por las tropas babilónicas. Años después del asedio, Dios dijo al profeta:
“Hijo de hombre, Nabucodonosor rey de Babilonia hizo servir a su ejército en gran servicio contra Tiro. Toda cabeza quedó rapada y todo hombro quedó pelado; y ni para él ni para su ejército hubo paga de Tiro por el servicio que prestó contra ella.”
(Ezequiel 29:18).
Esta declaración resulta muy significativa.
Las expresiones “toda cabeza quedó rapada” y “todo hombro quedó pelado” describen el desgaste físico sufrido por los soldados durante años de trabajo, cargando materiales, construyendo obras de asedio y utilizando pesados equipos militares.
Sin embargo, el texto añade un detalle sorprendente.
Nabucodonosor no obtuvo el botín que esperaba.
La explicación más aceptada es que, antes de la caída de la ciudad continental, gran parte de sus riquezas había sido trasladada a la ciudad insular, protegida por el mar. De esa manera, aunque Babilonia logró imponer su dominio sobre la región y someter a Tiro, no consiguió capturar toda la riqueza acumulada durante siglos.
Este punto es de gran importancia para comprender la profecía.
Algunos críticos han afirmado que Ezequiel se equivocó porque Nabucodonosor no destruyó completamente la ciudad insular.
Sin embargo, una lectura cuidadosa muestra algo diferente.
La profecía nunca dice que Nabucodonosor, por sí solo, realizaría cada uno de los actos descritos en el capítulo.
Después de mencionar expresamente al rey de Babilonia, el texto cambia del singular al plural y habla de “muchas naciones” que continuarían viniendo contra Tiro “como el mar hace subir sus olas” (Ezequiel 26:3).
Este cambio de lenguaje no parece accidental.
Sugiere que Nabucodonosor iniciaría el juicio, pero que otras naciones participarían posteriormente en su cumplimiento.
La historia confirma precisamente esa secuencia.
El largo sitio babilónico debilitó gravemente a Tiro y puso fin a una etapa de su poder, pero la ciudad insular sobrevivió.
Durante más de dos siglos continuó existiendo, aunque bajo el dominio sucesivo de Babilonia, Persia y otros imperios.
Parecía que la parte más sorprendente de la profecía —la de arrojar las piedras y la madera al mar— nunca llegaría a cumplirse.
Sin embargo, en el año 332 a.C., apareció un nuevo conquistador.
Su nombre era Alejandro Magno.
Y las decisiones que tomó durante el sitio de Tiro hicieron que la profecía de Ezequiel adquiriera un significado que nadie había podido imaginar cuando fue pronunciada casi doscientos cincuenta años antes.
Referencias
Fuentes bíblicas
- Ezequiel 26:3–14.
- Ezequiel 29:17–20.
Fuentes históricas
- Josefo, Contra Apión, Libro I.
- Josefo, Antigüedades de los judíos, Libro X.
- Menandro de Éfeso (citado por Josefo).
Bibliografía moderna
- Daniel I. Block, The Book of Ezekiel, Chapters 25–48.
- Iain M. Duguid, Ezekiel (NIV Application Commentary).
- John B. Taylor, Ezekiel.
- K. A. Kitchen, On the Reliability of the Old Testament.
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