Por: Dr. Elio M Rivera
Muchas personas conocen a Jesucristo por Sus milagros. La multiplicación de los panes, las sanidades, las tormentas calmadas, los demonios expulsados y los muertos resucitados son algunos de los relatos más conocidos de los Evangelios. Pero hay algo que a veces pasa desapercibido: Jesús no hacía milagros únicamente para impresionar multitudes. Cada milagro revelaba algo profundo acerca de quién era Él.
Eso es importante entenderlo, porque los milagros de Jesús no parecían simples demostraciones de poder. Más bien funcionaban como ventanas que permitían ver Su carácter, Su autoridad y Su identidad. Cada señal apuntaba hacia algo mucho más grande que el milagro mismo.
Por ejemplo, cuando calmó la tormenta en el mar de Galilea, no solo estaba resolviendo un problema momentáneo. Los discípulos estaban aterrados mientras el viento golpeaba la barca y las olas amenazaban con hundirlos. Entonces Jesús se levantó y “reprendió al viento, y dijo al mar: Calla, enmudece. Y cesó el viento, y se hizo grande bonanza” (Marcos 4:39).
La reacción de los discípulos fue reveladora: “¿Quién es éste, que aun el viento y el mar le obedecen?” (Marcos 4:41).
Ese milagro no solo mostró poder sobre la naturaleza. Reveló que delante de ellos había alguien cuya autoridad trascendía lo humano. En la mentalidad hebrea, el dominio sobre el mar pertenecía únicamente a Dios. El milagro estaba revelando algo acerca de la identidad de Jesús.
Lo mismo ocurrió cuando perdonó pecados delante de todos. En una ocasión llevaron a un paralítico hasta Él. Y antes de sanarlo físicamente, Jesús declaró: “Hijo, tus pecados te son perdonados” (Marcos 2:5). Aquello escandalizó a los líderes religiosos, quienes comenzaron a pensar: “¿Quién puede perdonar pecados, sino sólo Dios?” (Marcos 2:7).
Entonces Jesús sanó al paralítico delante de todos, pero el milagro físico estaba señalando algo todavía más profundo: Él tenía autoridad espiritual para perdonar pecados. El milagro revelaba quién era Él.
También ocurrió cuando multiplicó los panes y los peces. Miles de personas fueron alimentadas sobrenaturalmente en el desierto. Pero más adelante Jesús explicó el significado profundo detrás de aquella señal cuando dijo: “Yo soy el pan de vida; el que a mí viene, nunca tendrá hambre” (Juan 6:35).
El milagro no era solamente comida multiplicada. El milagro apuntaba hacia Él mismo. Jesús estaba diciendo que así como el pan sostiene la vida física, Él era quien podía sostener el alma humana.
Lo mismo sucedió con la resurrección de Lázaro. Cuando Jesús llegó a Betania, Lázaro ya llevaba cuatro días muerto. Todo parecía terminado. Marta, llena de dolor, salió a recibirlo. Entonces Jesús le dijo una de las declaraciones más impactantes de los Evangelios: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá” (Juan 11:25).
Minutos después, llamó a Lázaro fuera de la tumba.
El milagro no solo demostraba poder sobre la muerte. Revelaba que Jesús afirmaba poseer autoridad sobre la vida misma. Cada milagro estaba conectado con Su identidad.
Incluso las sanidades revelaban algo acerca de Su corazón. Cuando tocaba leprosos, devolvía la vista a ciegos o restauraba paralíticos, no parecía actuar como alguien que disfrutaba exhibir poder. Más bien revelaba compasión. Los Evangelios repiten constantemente frases como: “Y tuvo compasión de ellos” (Mateo 14:14).
Eso significa que Sus milagros no solamente revelaban autoridad; también revelaban misericordia. Mostraban que el poder de Jesús estaba profundamente unido al amor por las personas.
En otra ocasión, Jesús caminó sobre el agua mientras los discípulos luchaban aterrados en medio de la tormenta. Y cuando ellos pensaron que veían un fantasma, Él les dijo: “¡Tened ánimo; yo soy, no temáis!” (Mateo 14:27). Esa expresión, “Yo soy”, tenía un peso enorme dentro de la tradición judía, porque recordaba el nombre con el que Dios se reveló a Moisés en el Antiguo Testamento.
Una y otra vez, los milagros parecían apuntar hacia una misma realidad: Jesús no era simplemente un maestro extraordinario. Las señales estaban revelando algo mucho más profundo acerca de quién afirmaba ser.
El Evangelio de Juan incluso declara claramente el propósito detrás de estas señales: “Hizo además Jesús muchas otras señales en presencia de sus discípulos… pero éstas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios” (Juan 20:30-31).
Eso cambia completamente la manera de mirar Sus milagros. No eran simples actos sobrenaturales diseñados para impresionar multitudes. Eran revelaciones. Cada milagro era como una ventana que permitía observar una parte de Su identidad.
Y quizá eso es lo que sigue haciendo tan impactante la figura de Jesucristo hasta hoy. Porque Sus milagros no solo hacían que las personas se preguntaran cómo hacía esas cosas. Hacían una pregunta mucho más profunda y mucho más inquietante:
¿Quién era realmente este hombre?
