Por el Dr. Elio M. Rivera
Al finalizar nuestro capítulo anterior quedó planteada una pregunta fundamental: si Capernaúm fue tan importante para el ministerio de Jesús, ¿cómo sabemos que las ruinas que hoy visitan miles de peregrinos corresponden realmente a la ciudad mencionada en los Evangelios?
La respuesta no proviene de una sola evidencia ni de un descubrimiento espectacular realizado en un día. Como ocurre con frecuencia en la arqueología, la identificación de Capernaúm fue el resultado de décadas de investigación, excavaciones y la convergencia de múltiples evidencias históricas.

Ruinas de la sinagoga de Cafarnaúm
Curiosamente, la historia comienza mucho antes de que aparecieran los arqueólogos modernos.
Ya en los siglos cuarto y quinto, peregrinos cristianos que visitaban Tierra Santa describieron una localidad junto al Mar de Galilea identificada como Capernaúm. Entre ellos se encontraba la peregrina Egeria, quien recorrió la región hacia finales del siglo cuarto y dejó registros acerca de los lugares asociados con la vida de Jesús.
Aquellos testimonios fueron importantes porque demostraban que la memoria de la ubicación de Capernaúm no se había perdido completamente entre los cristianos más antiguos.
Sin embargo, con el paso de los siglos, la ciudad desapareció. Las guerras, los terremotos y el abandono terminaron reduciendo el lugar a un conjunto de ruinas cubiertas por la vegetación y el polvo.
No fue sino hasta el siglo diecinueve cuando exploradores occidentales comenzaron a recorrer sistemáticamente la Tierra Santa con la intención de identificar los lugares mencionados en la Biblia.
Uno de los pioneros fue el famoso investigador estadounidense Edward Robinson, considerado por muchos como el padre de la geografía bíblica moderna. Durante sus viajes por Palestina en 1838 examinó numerosas ruinas y recopiló información valiosa sobre la región de Galilea.
Aunque Robinson no pudo identificar definitivamente a Capernaúm, abrió el camino para futuras investigaciones.
En las décadas siguientes otros exploradores estudiaron las ruinas de un lugar conocido por los habitantes locales como Tell Hum. Algunos investigadores comenzaron a sospechar que aquel sitio podía corresponder a la antigua Capernaúm.
La teoría parecía razonable por varias razones.
Primero, la ubicación coincidía con las descripciones geográficas de los Evangelios. La ciudad se encontraba junto al Mar de Galilea, en una región que permitía un fácil acceso a las poblaciones mencionadas frecuentemente en el ministerio de Jesús.
Segundo, las ruinas mostraban señales de haber pertenecido a una población importante durante el período romano.
Tercero, el nombre árabe “Tell Hum” conservaba ciertas semejanzas fonéticas con el antiguo nombre hebreo Kfar Nahum, que significa “aldea de Nahum” o “pueblo de Nahum”.
Aunque ninguno de estos elementos era concluyente por sí solo, juntos comenzaron a llamar la atención de los investigadores.
Un paso decisivo ocurrió en 1894, cuando la Custodia Franciscana de Tierra Santa adquirió una gran parte del terreno donde se encontraban las ruinas. Gracias a esta adquisición fue posible proteger el sitio y preparar futuras excavaciones científicas.
Poco después comenzaron los primeros trabajos arqueológicos sistemáticos.
Entre 1905 y 1921, los arqueólogos alemanes Heinrich Kohl y Carl Watzinger realizaron importantes investigaciones en el lugar. Sus estudios revelaron la presencia de una impresionante sinagoga construida con piedra caliza blanca.
El hallazgo despertó enorme interés porque los Evangelios mencionan repetidamente la sinagoga de Capernaúm.
”Entraron en Capernaúm; y los días de reposo, entrando en la sinagoga, enseñaba” (Marcos 1:21).
Aunque los estudios posteriores demostraron que la estructura visible actualmente fue construida varios siglos después de Cristo, los arqueólogos descubrieron algo todavía más interesante.
Debajo de aquella sinagoga existían restos de una estructura más antigua.
Con el paso de los años, nuevas excavaciones dirigidas por los franciscanos Virgilio Corbo y Stanislao Loffreda revelaron evidencias de una sinagoga que pertenecía precisamente al período del ministerio de Jesús.
Por primera vez aparecía evidencia física que encajaba perfectamente con los relatos evangélicos.
Sin embargo, el descubrimiento más sorprendente estaba aún por llegar.

Ruinas de la casa de Pedro en Cafarnaúm
A pocos metros de la sinagoga los arqueólogos excavaron un conjunto de viviendas del siglo primero construidas con piedra de basalto negro. Entre todas ellas, una llamó inmediatamente la atención.
A diferencia de las demás casas, esta había sido modificada muy temprano para convertirse en un lugar de reunión.
Las paredes estaban cubiertas de grafitos cristianos escritos en griego, siríaco, arameo y latín. Además, los objetos encontrados indicaban que el lugar había sido tratado con un respeto especial por generaciones de creyentes.
Los investigadores descubrieron que ya en el siglo cuarto se había construido una iglesia octogonal alrededor de aquella vivienda para protegerla.
¿Por qué una casa común habría recibido semejante tratamiento?
La explicación más probable era que los cristianos de los primeros siglos la identificaban con la casa de Pedro.
Y los Evangelios precisamente sitúan muchas de las actividades de Jesús en la casa de Pedro en Capernaúm.
”Entró Jesús en casa de Pedro” (Mateo 8:14).
”Y levantándose de la sinagoga, entró en casa de Simón” (Lucas 4:38).
Los arqueólogos fueron cautelosos en sus conclusiones. Ninguna inscripción afirma explícitamente: “Esta es la casa de Pedro”. Sin embargo, la combinación de evidencias arqueológicas, históricas y tradicionales llevó a numerosos especialistas a considerar la identificación altamente probable.
Con el paso de las décadas, las pruebas continuaron acumulándose. La ubicación geográfica, la continuidad de la tradición cristiana, la sinagoga del siglo primero, la presencia de una vivienda venerada desde tiempos antiguos y los hallazgos arqueológicos del período romano comenzaron a formar un cuadro extraordinariamente coherente.
Hoy la mayoría de los arqueólogos y especialistas en Nuevo Testamento aceptan que las ruinas excavadas en Tell Hum corresponden efectivamente a la antigua Capernaúm.
Lo que comenzó como un conjunto de piedras abandonadas a la orilla del lago terminó convirtiéndose en uno de los descubrimientos arqueológicos más importantes relacionados con la vida de Jesús.
Y quizás esa sea la lección más fascinante de esta historia. Durante siglos, la ciudad donde Jesús enseñó, sanó enfermos y llamó discípulos permaneció oculta bajo el polvo de Galilea. Pero cuando los arqueólogos comenzaron a excavar, las piedras comenzaron a contar nuevamente la historia que los Evangelios habían preservado durante casi dos mil años.
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