Por: Dr. Elio M Rivera
Vivimos en un mundo donde muchas personas sienten la necesidad constante de demostrar quiénes son. Demostrar valor, demostrar inteligencia, demostrar éxito, demostrar poder. La mayoría de las personas sufren profundamente cuando son malinterpretadas, ignoradas o rechazadas. Pero hay algo profundamente impactante acerca de Jesucristo: aunque fue constantemente malinterpretado, nunca vivió desesperado por probar Su identidad. Y eso revela una seguridad interior que resulta difícil de explicar.
En tiempos de Jesús, muchos esperaban otra clase de Mesías. Esperaban un líder político, un conquistador militar, alguien que destruyera a Roma y levantara nuevamente el poder de Israel. Pero Jesús apareció de una manera completamente distinta. Nació en humildad, creció en una región despreciada y caminó entre pescadores, enfermos, rechazados y pecadores. Debido a eso, muchos no podían aceptar quién era realmente. El Evangelio de Juan describe ese rechazo con palabras profundamente dolorosas: “En el mundo estaba, y el mundo por él fue hecho; pero el mundo no le conoció. A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron” (Juan 1:10-11).
Incluso personas cercanas a Él llegaron a no comprenderlo completamente. La Biblia dice: “Porque ni aun sus hermanos creían en él” (Juan 7:5). En otra ocasión, cuando regresó a Nazaret, las personas que crecieron viéndolo comenzaron a dudar de Él y dijeron: “¿No es éste el carpintero, hijo de María?” (Marcos 6:3). Les costaba aceptar que alguien aparentemente tan sencillo pudiera ser quien decía ser. Y aun así, Jesucristo nunca cayó en la desesperación de intentar convencer a todos. Eso es impresionante, porque la mayoría de nosotros sentimos la necesidad constante de defendernos, explicarnos o probar nuestro valor cuando otros nos malinterpretan.
Jesús parecía moverse desde otra clase de seguridad. Él no dependía de la aprobación humana para saber quién era. En una ocasión declaró: “Gloria de los hombres no recibo” (Juan 5:41). Y más adelante dijo: “Yo no busco mi gloria” (Juan 8:50). Eso revela algo profundamente sobrenatural de Su carácter. Él no estaba obsesionado con fama, reconocimiento o aceptación. Sabía perfectamente quién era, aunque otros estuvieran confundidos acerca de Él.
Uno de los momentos más impactantes ocurrió durante Su juicio. Fue acusado falsamente, humillado públicamente y atacado por líderes religiosos que buscaban condenarlo. Sin embargo, hubo momentos en que simplemente guardó silencio. La Escritura dice: “Mas Jesús callaba” (Mateo 26:63). Ese silencio no era debilidad. Era la seguridad de alguien que no necesitaba desesperadamente probar Su identidad delante de los hombres. Isaías ya había profetizado esto siglos antes cuando escribió: “Angustiado él, y afligido, no abrió su boca; como cordero fue llevado al matadero” (Isaías 53:7).
Eso también explica algo extraño en Su comportamiento. Después de muchos milagros, pedía a las personas que no lo divulgaran. En varias ocasiones evitó que lo hicieran rey. El Evangelio dice que, cuando quisieron tomarlo por la fuerza para proclamarlo rey, “volvió a retirarse al monte él solo” (Juan 6:15). ¿Por qué alguien rechazaría una exaltación tan grande? Porque Jesucristo no vino obsesionado con reconocimiento humano. Su identidad no dependía de aplausos.
Incluso en la cruz, mientras agonizaba, las personas continuaban malinterpretándolo. Algunos gritaban: “Si eres Hijo de Dios, desciende de la cruz” (Mateo 27:40). Querían que demostrara Su identidad usando poder visible. Pero Jesús no descendió. No porque no pudiera, sino porque no necesitaba impresionar personas para confirmar quién era. Tal vez esa es una de las diferencias más profundas entre Él y nosotros: muchas veces nosotros vivimos desesperados por ser entendidos, aceptados y aprobados; pero Jesús permanecía firme aun cuando era rechazado, burlado o malinterpretado.
La Biblia enseña también que Él “se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo” (Filipenses 2:7). Eso significa que, aunque poseía una gloria incomparable, escogió humildad voluntariamente. No caminó buscando exaltarse a Sí mismo. No necesitaba hacerlo. Su seguridad provenía de algo mucho más profundo que la opinión de las multitudes.
Tal vez una de las cosas más sorprendentes acerca de Jesucristo es que, aunque fue malinterpretado por multitudes, nunca perdió Su identidad. El rechazo no lo cambió. La burla no lo desvió. La incredulidad no lo hizo retroceder. Y eso deja una pregunta difícil de ignorar: ¿qué clase de persona posee una seguridad tan profunda que no necesita vivir intentando demostrar quién es?
