¿Y si Dios ha estado hablándole, pero el ruido, las heridas o las preocupaciones no le han permitido reconocer su voz? Escuchar a Dios no es un privilegio reservado para unos cuantos seres especiales; es una experiencia que todo creyente puede aprender a reconocer. En esta primera parte descubrirá cómo abrir el corazón, identificar su dirección y comprender por qué su voz puede traer claridad, consuelo, corrección y propósito a cada área de la vida.
