7. ¿Qué nos enseña esta profecía?

Por el Dr. Elio M Rivera

La historia de Edom es una de las advertencias más claras contra el orgullo humano que encontramos en las Escrituras.

A diferencia de otras naciones, Edom no era un pueblo extraño para Israel.

Descendía de Esaú, hermano de Jacob.

Compartían un mismo origen familiar, pero con el paso del tiempo permitieron que el resentimiento, la rivalidad y el odio reemplazaran los lazos que alguna vez los habían unido.

Cuando Jerusalén atravesó el momento más oscuro de su historia, Edom no mostró compasión.

En lugar de ayudar a su pueblo hermano, se alegró de su desgracia, aprovechó su debilidad y participó de su calamidad.

Los profetas señalaron que esa actitud revelaba un problema mucho más profundo: un corazón lleno de orgullo y confianza en sus propias fuerzas.

Los edomitas creían que nadie podría conquistarlos.

Vivían entre montañas escarpadas.

Sus fortalezas parecían inexpugnables.

Controlaban importantes rutas comerciales.

Todo indicaba que su reino permanecería seguro durante generaciones.

Sin embargo, Dios declaró que ninguna fortaleza humana podía garantizar la permanencia de una nación cuando esta caminaba en soberbia e injusticia.

La historia confirmó ese anuncio.

Edom perdió su territorio.

Fue desplazado por otros pueblos.

Desapareció como reino independiente.

Y con el paso de los siglos terminó perdiendo incluso su identidad nacional.

Esta profecía también nos recuerda una verdad que aparece repetidamente a lo largo de este libro.

Las naciones pueden parecer invencibles.

Las ciudades pueden levantar murallas imponentes.

Los ejércitos pueden inspirar temor.

La riqueza puede dar una sensación de seguridad.

Pero ninguna de esas cosas puede asegurar el futuro.

Solo Dios conoce el destino de los pueblos antes de que la historia lo revele.

El caso de Edom añade una nueva pieza al conjunto de evidencias que hemos venido estudiando.

Nínive cayó, tal como fue anunciado.

Babilonia perdió su grandeza.

Tiro dejó de dominar los mares.

Jerusalén fue destruida y después restaurada.

Edom desapareció como nación.

Cada una de estas historias ocurrió en circunstancias diferentes, pero todas conducen a la misma conclusión: el Dios de la Biblia gobierna la historia y conoce el futuro con una precisión que ningún ser humano posee.

Sin embargo, todas estas profecías tienen un propósito aún mayor.

No fueron dadas simplemente para anunciar el destino de ciudades o imperios.

Fueron preparando el escenario para la profecía más extraordinaria de todas.

Después de contemplar el ascenso y la caída de reyes, el juicio sobre naciones y la desaparición de pueblos enteros, llegamos al momento en que las Escrituras dejan de centrar su atención en los imperios para anunciar la llegada de una persona.

Las siguientes profecías ya no hablarán principalmente de Babilonia, Tiro, Jerusalén o Edom.

Hablarán del Mesías.

Y descubriremos que el mismo Dios que anunció el destino de las naciones también reveló, siglos antes, el lugar donde nacería Jesucristo, la familia de la que descendería, la forma en que viviría, moriría y el propósito eterno de su venida.

Allí encontraremos el punto culminante de toda la profecía bíblica.

Referencias

Fuentes bíblicas

  • Abdías 1–21.
  • Jeremías 49:7–22.
  • Ezequiel 25:12–14.
  • Ezequiel 35:1–15.
  • Malaquías 1:2–4.

Bibliografía

  • John Bartlett, Edom and the Edomites.
  • Kenneth A. Kitchen, On the Reliability of the Old Testament.
  • John Bright, A History of Israel.
  • Daniel I. Block, The Book of Ezekiel.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.