5. El antiguo camino entre Jericó y Jerusalén (Wadi quelt)

Por el Dr. Elio M. Rivera

  Durante mi tercer viaje a Israel tuve la oportunidad de contemplar uno de los paisajes que más profundamente han impactado mi vida: el desierto de Judea. Había escuchado hablar de él durante años. Había leído acerca de sus caminos, de sus barrancos y de sus senderos antiguos. Sin embargo, nada me preparó para el momento en que mis ojos vieron por primera vez aquella inmensidad de montañas áridas extendiéndose hasta el horizonte.

  El desierto de Judea, el lugar que Jesús tenía que atravesar para llegar de Jerico a Jerusalén

Era un paisaje extraño y fascinante al mismo tiempo. No había bosques ni ríos caudalosos. Solo colinas de piedra, arena y silencio. Un silencio tan profundo que parecía guardar los ecos de miles de años de historia. Mientras observaba aquellas montañas, mi imaginación comenzó a viajar. De pronto ya no estaba viendo únicamente el desierto. Estaba viendo los caminos que recorrió Jesucristo.

  Lo imaginé avanzando por aquellas veredas polvorientas junto a sus discípulos. Lo vi cargando sus pertenencias, llevando agua para el camino y caminando bajo el intenso sol del desierto. Pensé en el cansancio de las largas jornadas, en el polvo que cubría sus sandalias y en las interminables subidas que debía enfrentar una y otra vez. Por primera vez comprendí que los viajes de Jesús no fueron simples desplazamientos de un lugar a otro. Cada recorrido exigía esfuerzo, sacrificio y determinación.

  Mientras contemplaba aquellas montañas sentí algo difícil de describir. Cuanto más observaba aquel terreno, más admiraba la decisión de Cristo de venir a buscarnos. Él conocía el precio que tendría que pagar. Sabía que el camino terminaba en una cruz. Sin embargo, siguió adelante. Ninguna distancia era demasiado larga. Ninguna montaña demasiado alta. Ningún sacrificio demasiado grande.

  Oasis en el desierto de Judea

En medio de aquella inmensidad desértica apareció algo inesperado: un oasis escondido entre las montañas. Ver aquellos árboles rodeados de tanta aridez produjo una profunda emoción en mi corazón. Parecía una pequeña isla de vida en medio de un océano de piedra. Me quedé contemplándolo durante largo tiempo, maravillado por el contraste. Hasta el día de hoy esa imagen permanece grabada en mi memoria.

  Ruta original que Jesucristo utilizaba cuando ascendía de Jericó a Jerusalén.

Fue entonces cuando recordé que por esta región pasa el antiguo camino entre Jericó y Jerusalén, una ruta conocida actualmente como Wadi Qelt. Muchos estudiosos consideran que este fue el escenario que inspiró la parábola del Buen Samaritano. Al observar aquellos barrancos solitarios entendí inmediatamente por qué aquella historia resultaba tan real para quienes escucharon a Jesús. Aquel era un terreno hermoso, pero también peligroso. Bastaba una mirada para comprenderlo.

  A la distancia también pude contemplar el histórico Monasterio de San Jorge de Koziba, aferrado a las paredes del valle como si desafiara la gravedad. La escena parecía salida de otro tiempo. Todo en aquel lugar transmitía una sensación de antigüedad, misterio y permanencia.

  Mientras permanecía allí observando el desierto, una pregunta cruzó mi mente: ¿Cuántas veces habría recorrido Jesús aquellos caminos? ¿Cuántas conversaciones habría tenido con sus discípulos mientras avanzaban entre aquellas montañas? ¿Cuántas veces habría contemplado esos mismos amaneceres y atardeceres?

  Aquella visita cambió mi manera de leer los Evangelios. Desde entonces, cuando encuentro en las Escrituras frases tan sencillas como “Jesús subió a Jerusalén” o “partió hacia Jericó”, ya no veo únicamente palabras sobre una página. Veo estas montañas. Veo estos senderos. Veo este desierto inmenso. Y sobre todo, veo la extraordinaria determinación del Hijo de Dios avanzando paso a paso hacia la obra más grande de amor que la humanidad haya conocido jamás.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.