Por el Dr. Elio M. Rivera
Después de aterrizar en Israel y comenzar nuestro recorrido por la tierra de la Biblia, llegó el momento de dirigirnos hacia Galilea. Nuestro destino era la ciudad de Tiberias, ubicada junto al famoso Mar de Galilea, donde se encontraba el hotel que nos hospedaría durante los siguientes días.
El guía nos explicó que el trayecto tomaría aproximadamente dos o tres horas. Para la mayoría de los pasajeros aquello era simplemente información práctica. Para mí, en cambio, aquellas horas parecían una eternidad.
La ansiedad me consumía.
Había esperado este momento durante años.
Después de pasar incontables horas estudiando los Evangelios, después de leer una y otra vez los relatos del ministerio de Jesús, después de dedicar tanto tiempo a reconstruir cronológicamente su vida, finalmente me encontraba camino al lugar donde gran parte de aquellos acontecimientos habían ocurrido.
Mientras el autobús avanzaba, trataba de observar cada detalle del paisaje. No quería perderme nada. Todo me parecía importante. Todo despertaba mi curiosidad. Sin embargo, conforme nos acercábamos a Galilea, algo comenzó a cambiar.
El paisaje empezó a transformarse.
Las regiones áridas dieron paso a terrenos fértiles. Aparecieron campos cultivados. Vi sembradíos extendiéndose a la distancia. Las colinas comenzaron a cubrirse de vegetación. Todo parecía más verde. Más vivo. Más abundante.
Comprendí por qué aquella región había sido tan importante desde tiempos antiguos.
Galilea era hermosa.
Y mientras el autobús avanzaba por aquellos caminos, yo apenas podía permanecer sentado.
Entonces ocurrió.
Por primera vez apareció ante mis ojos una pequeña porción de agua entre las colinas.
Solo fue un instante.
Un breve destello azul a la distancia.
Pero supe inmediatamente lo que era.
Era el Mar de Galilea.
Mi corazón comenzó a acelerarse.
Minutos después apareció nuevamente.
Y luego otra vez.
Con cada curva del camino podía contemplar fragmentos cada vez más amplios del lago.
Mi emoción crecía con cada kilómetro recorrido.
No podía creerlo.
Después de tantos años leyendo acerca de aquel lugar, finalmente estaba allí.
Aquel era el lago donde Pedro había lanzado sus redes.
Aquel era el lago donde Jesús había calmado la tormenta.
Aquel era el lago donde había caminado sobre las aguas.
Aquel era el lago desde cuya orilla había enseñado a las multitudes.
Aquel era el lago que tantas veces había imaginado mientras leía los Evangelios.
Y ahora estaba delante de mis ojos.
Cuando finalmente pudimos contemplarlo en toda su extensión, quedé sin palabras.
Era mucho más hermoso de lo que había imaginado.
Sus aguas brillaban bajo la luz del sol. A su alrededor se levantaban suaves colinas y pequeños montes que parecían abrazarlo desde todos los lados. Había algo extraordinariamente sereno en aquel paisaje.
Por un momento comprendí por qué Jesús pasó tanto tiempo allí.
Había una belleza especial en Galilea.
Una belleza difícil de describir.
Finalmente llegamos a Tiberias.
La ciudad posee una larga historia. Fue fundada durante el primer siglo por Herodes Antipas, el mismo gobernante mencionado en los Evangelios. Con el paso de los siglos se convirtió en uno de los centros más importantes del judaísmo y continúa siendo una de las ciudades más conocidas de la región.
Sin embargo, debo admitir que aquella tarde mi atención no estaba puesta en la ciudad.
Toda mi atención estaba puesta en el lago.
Cuando llegamos al hotel descubrí que nuestra habitación tenía vista hacia el Mar de Galilea.
Aquello fue un regalo inesperado.
Recuerdo permanecer largo tiempo contemplando el paisaje desde la ventana. El lago parecía cambiar de color conforme avanzaba la tarde. Las sombras comenzaban a extenderse sobre las colinas. Poco a poco la luz fue desapareciendo hasta que finalmente llegó la noche.
Pero aun así me resistía a apartarme de la ventana.
Quería contemplarlo un poco más.
Quería grabar aquella imagen en mi memoria.
Después de tantos años de estudio, finalmente estaba viendo con mis propios ojos uno de los escenarios principales de los Evangelios.
Aquella noche me acosté con una mezcla de gratitud, emoción y expectativa.
Sabía que al día siguiente comenzaríamos a visitar algunos de los lugares que durante años habían habitado mi imaginación.
Finalmente el cansancio venció la emoción y me quedé dormido.

Amanecer el lago o mar de Galilea (Fotografía tomada en el año 2009 desde el hotel donde nos hospedamos)
A la mañana siguiente ocurrió algo que jamás olvidaré.
Me desperté antes del amanecer.
Todavía estaba oscuro cuando me acerqué nuevamente a la ventana.
Permanecí allí observando en silencio.
Poco a poco comenzó a aparecer una tenue luz sobre las colinas.
El cielo empezó a cambiar de color.
Los primeros rayos del sol tocaron las aguas del lago.
Y entonces contemplé uno de los amaneceres más hermosos de toda mi vida.
El Mar de Galilea parecía despertar lentamente bajo la luz de la mañana.
Las aguas reflejaban tonos dorados y plateados. El paisaje entero parecía cobrar vida frente a mis ojos.
Me quedé completamente maravillado.
Aquel momento me quitó el aliento.
Recuerdo haber tomado numerosas fotografías. No porque una fotografía pudiera capturar realmente lo que estaba viendo, sino porque deseaba conservar aquel recuerdo para siempre.
Quería atesorarlo.
Quería guardarlo en mi corazón.
Después descendimos para desayunar junto con el resto del grupo. La conversación giraba alrededor de los lugares que visitaríamos durante el día.
Entonces escuché las palabras que había esperado durante años.
Nuestro guía anunció el primer destino de la jornada.
—Esta mañana visitaremos Capernaúm.
Mi corazón volvió a acelerarse.
La ciudad donde Jesús estableció gran parte de su ministerio.
La ciudad de Pedro.
La ciudad donde ocurrieron algunos de los milagros más extraordinarios de los Evangelios.
Sin saberlo, estaba a punto de vivir una de las experiencias más profundas y conmovedoras de todo mi primer viaje a Tierra Santa
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