4. La medicina en tiempos de Jesucristo

Por el Dr. Elio M Rivera

  Cuando pensamos en la medicina moderna, imaginamos hospitales, laboratorios, antibióticos, cirugías avanzadas y tecnología capaz de detectar enfermedades dentro del cuerpo humano. Pero en los tiempos de Jesucristo, la medicina era muy diferente. Aunque existían médicos, tratamientos y cierto conocimiento acumulado por las culturas antiguas, las limitaciones eran enormes y muchas enfermedades seguían siendo prácticamente imposibles de curar.

  La mayoría de las personas pobres no tenía acceso constante a atención médica especializada. Muchas familias dependían de remedios caseros, hierbas, aceites y conocimientos transmitidos de generación en generación. Las enfermedades graves podían consumir rápidamente los recursos económicos de una familia entera, y aun así, muchas veces no había mejoría.

  En el mundo judío del siglo primero coexistían distintos tipos de prácticas médicas. Parte del conocimiento provenía de las tradiciones hebreas; otra parte había sido influenciada por la medicina griega y romana. Desde siglos antes, médicos griegos como Hipócrates habían desarrollado observaciones sobre enfermedades, alimentación, heridas y síntomas. Los romanos, por su parte, habían avanzado en aspectos relacionados con higiene pública, acueductos y algunos procedimientos quirúrgicos básicos.

  Sin embargo, la medicina todavía estaba lejos de comprender cómo funcionaban realmente las infecciones, las bacterias o el cuerpo humano. No existía anestesia moderna, antibióticos ni tratamientos eficaces para la mayoría de las epidemias. Muchas prácticas médicas se basaban en teorías equivocadas o conocimientos limitados.

  Uno de los tratamientos comunes eran las hierbas medicinales. Algunas plantas se utilizaban para aliviar dolores, reducir inflamaciones, limpiar heridas o ayudar con problemas digestivos. También se usaban ungüentos y aceites. El aceite de oliva tenía un papel importante tanto en la alimentación como en ciertos cuidados médicos. La Biblia menciona el uso de aceite y vino para tratar heridas en la parábola del buen samaritano:

“Y acercándose, vendó sus heridas, echándoles aceite y vino.” — Lucas 10:34 (RVR1960)

  El vino podía actuar como una especie de desinfectante rudimentario, mientras que el aceite ayudaba a suavizar y proteger la piel. Aun así, estos tratamientos eran limitados frente a enfermedades graves o infecciones profundas.

  También existían médicos profesionales. Lucas, quien escribió el Evangelio de Lucas y el libro de Hechos, es identificado en la Escritura como médico:

“Os saluda Lucas el médico amado…” — Colosenses 4:14 (RVR1960)

  Esto demuestra que en aquella época ya existían personas dedicadas formalmente al estudio y tratamiento de enfermedades. Sin embargo, incluso los mejores médicos enfrentaban enormes limitaciones. Muchas veces podían aliviar síntomas, pero no curar la enfermedad.

  Algunos tratamientos resultaban dolorosos o peligrosos. Entre ciertas prácticas antiguas estaban las sangrías, que consistían en extraer sangre del cuerpo creyendo que así se equilibraban los males internos. Aunque hoy sabemos que esto podía empeorar al paciente, durante siglos fue considerado un tratamiento válido en distintas culturas.

  Además, muchas personas mezclaban medicina con supersticiones, amuletos o creencias espirituales. Algunos pensaban que ciertas enfermedades eran causadas por fuerzas sobrenaturales o castigos divinos. Otros buscaban curaciones en objetos, rituales o prácticas populares que no tenían verdadera efectividad médica.

  En medio de todo esto, enfermar podía convertirse en una ruina económica. Una enfermedad larga significaba dejar de trabajar, gastar dinero en remedios y depender de familiares o de la caridad para sobrevivir. Algunas personas literalmente vendían todo lo que tenían buscando recuperar la salud.

  Uno de los ejemplos más conmovedores aparece en la historia de la mujer del flujo de sangre. Marcos describe su sufrimiento diciendo:

“Y había sufrido mucho de muchos médicos, y gastado todo lo que tenía, y nada había aprovechado, antes le iba peor.” — Marcos 5:26 (RVR1960)

  Esa frase revela el dolor de muchísimas personas del mundo antiguo. Aquella mujer no solo padecía físicamente desde hacía doce años; también había quedado económicamente destruida tratando de encontrar una solución. Había buscado ayuda una y otra vez. Había puesto su esperanza en médicos y tratamientos. Había gastado todo… y seguía enferma.

  Probablemente esa historia se repetía constantemente en muchas familias del siglo primero.

  Por eso las multitudes seguían a Jesucristo con tanta desesperación. Cuando alguien escuchaba que un ciego veía, que un paralítico caminaba o que un leproso era limpiado, la noticia corría rápidamente entre aldeas y ciudades. Para muchos, Jesús representaba la última esperanza cuando la medicina humana ya no podía hacer más.

“Y le seguía gran multitud, porque veían las señales que hacía en los enfermos.” — Juan 6:2 (RVR1960)

  Los Evangelios muestran escenas impresionantes de personas llevando enfermos sobre camillas, abriendo techos para acercarlos a Cristo o caminando largas distancias buscando un milagro. En una época donde tantas enfermedades no tenían cura, escuchar que alguien tenía poder para sanar transformaba completamente la esperanza de la gente.

  Sin embargo, los milagros de Jesucristo no solo demostraban poder sobrenatural. También revelaban Su compasión. Él veía el sufrimiento físico, el agotamiento emocional y la pobreza que muchas enfermedades producían.

  Cuando Jesús sanaba, no solamente quitaba síntomas. Muchas veces estaba rescatando familias enteras de la desesperación.

  Comprender cómo era la medicina en tiempos de Jesucristo nos ayuda a entender mejor por qué Sus milagros impactaron tanto al mundo antiguo. En un tiempo donde los tratamientos eran limitados y la enfermedad podía consumir toda una vida, encontrarse con Cristo significaba encontrarse con una esperanza que parecía imposible.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.