Por el Dr. Elio M Rivera
En los tiempos de Jesucristo, la lectura pública de las Escrituras ocupaba un lugar central en la vida espiritual del pueblo judío. En una época donde la mayoría de las personas no poseía copias personales de los textos sagrados, escuchar la Palabra de Dios leída en voz alta era una de las maneras más importantes de aprender, recordar y transmitir las enseñanzas divinas.
Cada sábado, las familias judías acudían a la sinagoga para escuchar la lectura de la Ley y de los profetas. Aquellos momentos eran profundamente solemnes. Los rollos sagrados eran tratados con enorme respeto y reverencia, porque el pueblo entendía que estaba escuchando las palabras dadas por Dios.
📖 “Y Moisés desde tiempos antiguos tiene en cada ciudad quien lo predique en las sinagogas, donde es leído cada día de reposo.”
— Hechos 15:21 (RVR1960)
La lectura pública de las Escrituras tenía raíces muy antiguas dentro de Israel. Desde tiempos del Antiguo Testamento, Dios había ordenado que Su Ley fuera leída delante del pueblo.
📖 “Leerás esta ley delante de todo Israel a oídos de ellos.”
— Deuteronomio 31:11 (RVR1960)
No todos sabían leer correctamente, y muchos menos podían tener acceso personal a un rollo completo de las Escrituras debido a su enorme costo. En los tiempos de Jesús, producir un manuscrito bíblico era un proceso extremadamente lento, costoso y especializado.
No existían imprentas.
No existían fotocopias.
No existían libros producidos en masa.
Cada copia de las Escrituras debía escribirse completamente a mano, letra por letra, línea por línea, durante semanas, meses o incluso años de trabajo cuidadoso.

Los rollos de la escritura en los tiempos de Cristo
Los rollos normalmente eran elaborados usando pergamino, hecho a partir de pieles de animales, especialmente ovejas, cabras o becerros. Las pieles tenían que ser limpiadas, raspadas, tratadas y secadas cuidadosamente hasta producir una superficie adecuada para escribir.
Crear un solo rollo grande podía requerir decenas de animales.
Algunos estudiosos estiman que una copia completa de la Torá —los cinco libros de Moisés— podía necesitar las pieles de decenas de ovejas o cabras dependiendo del tamaño y calidad del manuscrito. Un conjunto completo de las Escrituras hebreas representaba una inversión gigantesca de recursos, tiempo y trabajo humano.
Por eso poseer manuscritos bíblicos completos era algo reservado principalmente para sinagogas, comunidades importantes o personas extremadamente adineradas.
Además del costo del material, estaba el trabajo minucioso de los escribas.
Los escribas eran especialistas entrenados para copiar las Escrituras con enorme precisión. Su labor no consistía simplemente en escribir rápido. Tenían la responsabilidad sagrada de preservar exactamente las palabras del texto bíblico.
Muchos dedicaban prácticamente toda su vida a estudiar y copiar la Ley.
📖 “Esdras había preparado su corazón para inquirir la ley de Jehová y para cumplirla, y para enseñar.”
— Esdras 7:10 (RVR1960)
Con el tiempo, los escribas llegaron a convertirse también en expertos intérpretes de la Ley y figuras influyentes dentro de la sociedad judía.
Copiar un manuscrito requería una concentración extraordinaria. Los escribas utilizaban tinta especial y escribían cuidadosamente sobre columnas perfectamente alineadas. En muchos casos contaban las letras y palabras para asegurarse de no cometer errores.
El nombre de Dios era tratado con reverencia especial. Algunos escribas incluso se detenían, se lavaban ceremonialmente o cambiaban de pluma antes de escribir el nombre sagrado.
Un error grave podía arruinar toda una sección del manuscrito.
Imagine el nivel de responsabilidad que esto implicaba. Aquellos hombres sabían que estaban copiando lo que consideraban las palabras dadas por Dios mismo.
Por eso los rollos eran tratados con enorme respeto dentro de las sinagogas. Se guardaban cuidadosamente y eran protegidos del desgaste, la humedad y el daño.
Cuando llegaba el momento de la lectura pública, el rollo era desenrollado lentamente delante de la congregación.
📖 “Y se le dio el libro del profeta Isaías; y habiendo abierto el libro, halló el lugar donde estaba escrito.”
— Lucas 4:17 (RVR1960)
La palabra “libro” allí realmente se refiere a un rollo. No era un libro moderno con páginas encuadernadas, sino largas tiras de pergamino enrolladas alrededor de soportes de madera.
Leer públicamente las Escrituras requería habilidad. El lector debía encontrar cuidadosamente la sección correcta dentro del rollo mientras toda la congregación escuchaba atentamente.
Debido a todo esto, la lectura pública se volvió esencial para la vida espiritual del pueblo. Muchísimas personas conocían las Escrituras no porque poseyeran una copia propia, sino porque las escuchaban constantemente en la sinagoga.
La fe de generaciones enteras fue formada oyendo la Palabra de Dios proclamada públicamente semana tras semana.
Los niños crecían escuchando la Ley. Los ancianos memorizaban pasajes completos. Las historias de Abraham, Moisés, David y los profetas vivían en la memoria colectiva del pueblo gracias a aquellas lecturas públicas.
Y resulta profundamente impactante pensar que, después de siglos de escribas copiando cuidadosamente las promesas mesiánicas, finalmente el cumplimiento de aquellas palabras apareció físicamente en medio de Israel.
Los mismos rollos que anunciaban:
el nacimiento del Mesías,
Su sufrimiento,
Su reino,
y la salvación prometida…
eran leídos públicamente mientras Jesucristo caminaba entre el pueblo.
En las sinagogas existía un orden establecido para las lecturas. Generalmente se leía primero una porción de la Torá —los libros de Moisés— y después una sección de los profetas.
Los rollos eran guardados cuidadosamente y sacados durante la reunión sabática. Cuando llegaba el momento de leer, todos prestaban atención.
📖 “Y cuando se sentó, los ojos de todos en la sinagoga estaban fijos en él.”
— Lucas 4:20 (RVR1960)
Aquella escena ocurrió después de que Jesús leyera públicamente el libro del profeta Isaías en la sinagoga de Nazaret.
📖 “Y se le dio el libro del profeta Isaías; y habiendo abierto el libro, halló el lugar donde estaba escrito.”
— Lucas 4:17 (RVR1960)
Entonces Jesús leyó una de las profecías mesiánicas más impactantes del Antiguo Testamento:
📖 “El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres.”
— Lucas 4:18 (RVR1960)
Después de terminar la lectura, Jesús hizo algo que debió estremecer a quienes lo escuchaban.
📖 “Hoy se ha cumplido esta Escritura delante de vosotros.”
— Lucas 4:21 (RVR1960)
La lectura pública no consistía solamente en pronunciar palabras antiguas. Para los judíos, escuchar las Escrituras era escuchar la voz misma de Dios hablando a Su pueblo.
Muchas veces, después de la lectura, alguien explicaba el texto o enseñaba acerca de su significado. Así surgían discusiones, preguntas y enseñanzas dentro de la comunidad.
Jesús utilizó constantemente esos espacios para enseñar.
📖 “Y se admiraban de su doctrina, porque les enseñaba como quien tiene autoridad.”
— Marcos 1:22 (RVR1960)
La lectura pública también ayudaba a preservar la identidad del pueblo judío en medio de un mundo pagano dominado por Roma. Mientras otras culturas adoraban múltiples dioses y filosofías humanas, Israel seguía reuniéndose semanalmente para escuchar las Escrituras dadas por el Dios verdadero.
Los niños crecían escuchando las historias de Moisés, Abraham, David y los profetas. Aprendían acerca de la creación, el pacto, el éxodo y las promesas mesiánicas.
Muchas personas memorizaban enormes porciones de las Escrituras simplemente por escucharlas repetidamente en las reuniones semanales.
La Palabra formaba parte de la vida cotidiana.
Pero existe algo profundamente impactante en todo esto.
Durante siglos, el pueblo había escuchado públicamente las promesas acerca del Mesías:
el descendiente de Abraham,
el hijo de David,
el Siervo sufriente,
la luz para las naciones.
Y finalmente, un día, mientras las Escrituras eran leídas en las sinagogas de Israel… el cumplimiento viviente de aquellas profecías estaba de pie en medio de ellos.
Jesucristo no solamente escuchaba las Escrituras. Él era el cumplimiento de las Escrituras.
Cada lectura de la Ley,
cada anuncio profético,
cada promesa mesiánica,
y cada esperanza proclamada públicamente…
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