9. El templo: lugar de los sacrificios

El altar del sacrificio

Por el Dr. Elio M Rivera

  En los días del templo, Jerusalén no era solamente una ciudad llena de peregrinos, sacerdotes y maestros religiosos. También era un lugar marcado constantemente por el sonido de los animales, el humo que ascendía desde los altares y el continuo derramamiento de sangre asociado al sistema de sacrificios. Para el pueblo de Israel, los sacrificios ocupaban un lugar central en su relación con Dios. Desde tiempos antiguos, el Señor había establecido estas ofrendas como una expresión de expiación, adoración, gratitud y reconciliación. Levítico capítulo diecisiete, versículo once, declara: «Porque la vida de la carne en la sangre está… y la misma sangre hará expiación de la persona». Cada sacrificio recordaba una verdad solemne: el pecado tiene consecuencias y produce muerte. Por esta razón, miles de personas acudían diariamente al templo buscando perdón, limpieza espiritual, reconciliación con Dios o simplemente presentar una ofrenda de gratitud delante de Él.

  Muchos peregrinos viajaban durante días e incluso semanas para llegar a Jerusalén. Familias enteras emprendían el camino hacia la ciudad santa llevando consigo los animales destinados para el sacrificio. Mucho antes de atravesar las puertas de la ciudad, podían observar columnas de humo elevándose desde el altar del templo. Aquella visión debía causar una profunda impresión en quienes se acercaban. El aroma del incienso se mezclaba constantemente con el humo de los sacrificios, la presencia de los animales y las multitudes reunidas en los patios del templo. Todo ello creaba una atmósfera única que recordaba a cada visitante la importancia de acercarse a Dios y la seriedad de la adoración establecida por la Ley.

  El templo estaba lejos de ser un lugar silencioso. Desde las primeras horas de la mañana hasta el final del día, la actividad era constante. Sacerdotes caminaban apresuradamente atendiendo sus responsabilidades, levitas entonaban salmos de adoración, las trompetas resonaban en distintos momentos de las ceremonias y largas filas de peregrinos esperaban para presentar sus ofrendas. Comerciantes ofrecían animales destinados al sacrificio y las oraciones del pueblo se elevaban continuamente hacia Dios. Éxodo capítulo veintinueve, versículo dieciocho, describe uno de estos sacrificios diciendo: «Y harás arder todo el carnero sobre el altar; es holocausto de olor grato para Jehová». El sistema sacrificial formaba parte de la vida cotidiana de Israel y era una realidad visible para todos los que visitaban el templo.

  Los sacrificios variaban según la situación espiritual y económica de cada persona. Algunos presentaban corderos, otros bueyes o machos cabríos, mientras que las personas de escasos recursos podían ofrecer tórtolas o palominos. Levítico capítulo uno, versículo tres, establece que quien ofreciera ganado vacuno debía presentar un macho sin defecto delante del Señor. Al mismo tiempo, Levítico capítulo cinco, versículo siete, permitía que quienes no podían costear un cordero llevaran dos tórtolas o dos palominos. De esta manera, Dios aseguraba que incluso los más humildes tuvieran acceso a la adoración y pudieran acercarse a Su presencia.

  Los sacerdotes trabajaban continuamente para atender todas estas ceremonias. Desde muy temprano por la mañana hasta avanzada la tarde ministraban delante del altar, sacrificando animales, recogiendo sangre, alimentando el fuego sagrado, quemando incienso, limpiando utensilios y supervisando cada detalle relacionado con la adoración. Deuteronomio capítulo dieciocho, versículo cinco, declara: «Los sacerdotes levitas… estarán para ministrar en el nombre de Jehová». Su labor era indispensable para el funcionamiento del templo y para el cumplimiento de las ordenanzas establecidas por Dios para la nación.

  Durante las grandes fiestas judías, toda esta actividad aumentaba de manera extraordinaria. Jerusalén se llenaba de visitantes provenientes de Judea, Galilea y de muchas regiones del Imperio Romano. La Pascua, Pentecostés y la Fiesta de los Tabernáculos atraían enormes multitudes que deseaban adorar al Señor en el lugar que Él había escogido. Las calles cercanas al templo se llenaban de viajeros, animales, comerciantes, cánticos, oraciones y celebraciones. Deuteronomio capítulo dieciséis, versículo dieciséis, ordenaba: «Tres veces cada año aparecerá todo varón tuyo delante de Jehová tu Dios». Estas festividades transformaban por completo la ciudad y convertían el templo en el centro absoluto de la vida nacional.

  Especialmente durante la Pascua, el número de sacrificios aumentaba de manera impresionante. Miles de corderos eran ofrecidos mientras las familias recordaban la liberación de Israel de la esclavitud en Egipto. Éxodo capítulo doce, versículo trece, registra las palabras de Dios durante aquella primera Pascua: «Y la sangre os será por señal… y veré la sangre y pasaré de vosotros». Los historiadores judíos antiguos, entre ellos Josefo, describieron celebraciones donde la cantidad de sacrificios era tan grande que el templo parecía desbordarse de actividad. Sacerdotes y levitas trabajaban sin descanso mientras las multitudes llenaban los patios y las calles de Jerusalén.

  Con el paso de los siglos surgieron expresiones populares que afirmaban que la sangre de los sacrificios «corría como un río» por Jerusalén. Algunos relatos incluso exageraban diciendo que llegaba hasta el mar Muerto. Aunque estas afirmaciones deben entenderse como figuras de lenguaje y no como descripciones literales, reflejan la enorme magnitud de los sacrificios realizados durante aquellas celebraciones. El templo contaba con sistemas especiales de drenaje diseñados para limpiar continuamente la sangre derramada alrededor del altar. Estas expresiones ayudan a imaginar el impacto visual de las ceremonias, el olor del humo y de los sacrificios, el sonido de los animales y el movimiento constante de sacerdotes y peregrinos durante las grandes fiestas religiosas.

  Sin embargo, detrás de toda aquella actividad existía una realidad mucho más profunda. Cada altar, cada sacrificio, cada gota de sangre derramada y cada ceremonia señalaban hacia algo mayor que aún estaba por venir. Los sacrificios del templo no podían quitar completamente el pecado. Hebreos capítulo diez, versículo cuatro, declara claramente: «Porque la sangre de los toros y de los machos cabríos no puede quitar los pecados». Todo el sistema sacrificial tenía un propósito profético. Señalaba hacia la llegada de Jesucristo, el verdadero Cordero de Dios.

  Cuando Juan el Bautista vio a Jesús, proclamó en Juan capítulo uno, versículo veintinueve: «He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo». Aquellas palabras revelaban el significado final de todos los sacrificios realizados durante siglos en el templo. Los corderos ofrecidos diariamente, las ceremonias de expiación y el ministerio sacerdotal apuntaban hacia el sacrificio perfecto que Dios mismo proveería. Y sería precisamente en Jerusalén, muy cerca de aquel templo lleno de altares y sacrificios, donde el Mesías entregaría Su propia vida para traer una redención eterna y completa para toda la humanidad.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.