Por: Dr. Elio M Rivera
Una de las cosas más sorprendentes acerca de Jesucristo es la clase de personas que escogió para caminar con Él. Si alguien estuviera planeando cambiar el mundo, probablemente buscaría a los más preparados, los más influyentes, los más educados o los más reconocidos del sistema religioso y político de su tiempo. Pero Jesús hizo exactamente lo contrario.
Eso desconcertaba profundamente. Porque, humanamente hablando, Sus discípulos no parecían la clase de personas que uno escogería para una misión tan grande. Algunos eran pescadores comunes. Uno era cobrador de impuestos. Otros eran hombres sencillos de Galilea, una región que muchos despreciaban intelectualmente. Ninguno parecía encajar con la imagen de las grandes élites religiosas de Jerusalén.
Y aun así, fueron ellos a quienes Jesús llamó.
El Evangelio relata que mientras caminaba junto al mar de Galilea vio a Pedro y Andrés echando la red en el mar, “porque eran pescadores” (Mateo 4:18). Luego llamó también a Jacobo y a Juan, quienes estaban arreglando redes junto a su padre. No los encontró en escuelas prestigiosas ni ocupando posiciones religiosas importantes. Los encontró trabajando en lo cotidiano de la vida.
Eso revela algo profundamente interesante acerca del corazón de Jesús. Él parecía mirar algo diferente a lo que normalmente valoran los seres humanos. Mientras el mundo suele obsesionarse con títulos, apariencia, posición o reconocimiento, Jesús parecía buscar corazones dispuestos.
Esto no significa que el conocimiento o la preparación no tengan valor. Pero los Evangelios muestran que Cristo no dependía exclusivamente de las capacidades humanas para cumplir Su propósito. Él veía potencial donde otros no lo veían.
Quizá uno de los ejemplos más impactantes es Pedro. Impulsivo, emocional y a veces inestable. En ocasiones hablaba sin pensar. Incluso terminó negando públicamente a Jesús durante la noche del arresto. Humanamente hablando, muchos lo habrían descartado como líder espiritual. Y aun así, Jesús vio algo más profundo dentro de él.
También estaba Mateo, un cobrador de impuestos. En aquella época, muchos judíos los consideraban traidores y corruptos por colaborar con Roma. Sin embargo, Jesús pasó junto a él y simplemente dijo: “Sígueme” (Mateo 9:9). Y Mateo dejó todo para seguirlo.
Eso era escandaloso para muchos.
Porque Jesús no estaba escogiendo a los hombres más admirados del sistema religioso. Estaba llamando personas imperfectas, comunes y muchas veces rechazadas.
Años más tarde, cuando los líderes religiosos observaron a Pedro y Juan predicar con valentía, quedaron sorprendidos. El libro de Hechos dice: “Entonces viendo el denuedo de Pedro y de Juan, y sabiendo que eran hombres sin letras y del vulgo, se maravillaban” (Hechos 4:13).
Aquello era impactante.
Los hombres que estaban transformando ciudades no provenían de las élites religiosas más prestigiosas. Eran hombres sencillos que habían caminado con Jesús.
Tal vez ahí se encuentra una de las cosas más hermosas acerca del carácter de Jesucristo: Él no veía únicamente las limitaciones visibles de las personas. Veía lo que podían llegar a ser.
Mientras muchos observaban defectos, falta de educación formal o debilidades humanas, Jesús veía disponibilidad. Veía corazones que podían ser transformados.
Eso también explica por qué tantas personas comunes se sentían atraídas hacia Él. Jesús no proyectaba la idea de que solo los perfectos, poderosos o intelectualmente superiores podían acercarse a Dios. Más bien parecía abrir la puerta para personas quebrantadas, sencillas y conscientes de su necesidad.
El apóstol Pablo más adelante escribiría algo que refleja perfectamente este patrón: “No escogió Dios a muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles” (1 Corintios 1:26). Y añadió: “Lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte” (1 Corintios 1:27).
Eso no significa que Dios desprecie la inteligencia o la capacidad humana. Significa que el Reino de Dios no funciona bajo los mismos criterios de orgullo y apariencia que gobiernan normalmente al mundo.
Y quizá eso hace todavía más impactante la manera en que Jesús formó a Sus discípulos. Él tomó hombres imperfectos, inseguros y ordinarios… y los transformó en personas que terminaron impactando generaciones enteras.
Tal vez por eso la historia de Cristo sigue produciendo esperanza hasta hoy. Porque muestra que Jesús no buscaba solamente a los más brillantes del sistema. Buscaba personas dispuestas a seguirlo verdaderamente.
Y quizá esa es una de las preguntas más profundas que deja este tema: ¿qué veía Jesús en aquellas personas comunes que otros no podían ver? Porque mientras muchos solo observaban limitaciones humanas, Él parecía mirar posibilidades futuras, propósito y transformación.
