28. Fue paciente con la torpeza de sus discípulos    

Por: Dr. Elio M Rivera

Una de las cosas más sorprendentes acerca de Jesucristo es la paciencia que mostró con Sus discípulos. Cuando leemos los Evangelios, resulta evidente que aquellos hombres muchas veces eran impulsivos, lentos para entender, llenos de miedo y hasta contradictorios. Aun después de ver milagros extraordinarios, seguían dudando, confundidos o reaccionando de maneras equivocadas. Y, sin embargo, Jesús no los abandonó.

    Eso revela algo profundamente hermoso acerca de Su carácter. Porque la mayoría de los seres humanos solemos perder rápidamente la paciencia cuando otros fallan repetidamente. Nos frustramos cuando alguien no entiende, se equivoca una y otra vez o no cambia tan rápido como esperábamos. Pero Jesús mostró una paciencia sorprendente con hombres que constantemente tropezaban.

    Uno de los ejemplos más claros era Pedro. Impulsivo, emocional y muchas veces precipitado. En una ocasión caminó sobre el agua hacia Jesús, pero al mirar la tormenta comenzó a hundirse por miedo. Entonces clamó: “¡Señor, sálvame!” (Mateo 14:30). Jesús inmediatamente extendió la mano y lo sostuvo.

    Después le dijo: “¡Hombre de poca fe! ¿Por qué dudaste?” (Mateo 14:31).

    Observe algo importante: Jesús corrigió su falta de fe, pero no lo dejó hundirse.

    Eso muestra perfectamente el equilibrio de Su carácter. No ignoraba las debilidades de Sus discípulos, pero tampoco los rechazaba por ellas.

    En muchas ocasiones los discípulos simplemente no entendían lo que Jesús estaba enseñando. Después de alimentar milagrosamente a miles de personas, todavía seguían preocupados por no haber llevado pan suficiente. Entonces Jesús les dijo: “¿Aún no entendéis, ni os acordáis?” (Mateo 16:9).

    Resulta impresionante ver cuántas veces ellos no comprendían cosas que parecían evidentes después de haber presenciado tantos milagros. A veces discutían acerca de quién era el mayor entre ellos. Otras veces reaccionaban con miedo exagerado. Incluso hubo momentos donde querían hacer descender fuego del cielo sobre personas que rechazaban a Jesús.

    Y aun así, Él continuó enseñándoles.

    Eso es profundamente revelador. Jesús sabía perfectamente las debilidades de aquellos hombres desde el principio. Sabía sus defectos, sus miedos y sus futuras caídas. Sabía incluso que Pedro lo negaría públicamente. Y aun así decidió caminar con ellos.

    La noche antes de la crucifixión, Jesús llevó a Pedro, Jacobo y Juan a Getsemaní y les pidió que velaran con Él mientras oraba en profunda angustia. Pero ellos se quedaron dormidos repetidamente. La Escritura dice que Jesús “vino a sus discípulos y los halló durmiendo” (Mateo 26:40).

    Humanamente, aquel era uno de los momentos donde más apoyo necesitaba. Y aun así ellos no pudieron mantenerse despiertos.

    Sin embargo, Jesús no reaccionó destruyéndolos emocionalmente. Los exhortó, sí, pero continuó caminando con ellos hasta el final.

    Quizá uno de los momentos más conmovedores ocurrió después de la resurrección. Pedro había negado a Jesús tres veces públicamente. Había fallado precisamente cuando más prometió ser fiel. Muchos líderes humanos habrían descartado a alguien así inmediatamente. Pero Jesús salió a buscarlo.

    Junto al mar de Galilea le preguntó tres veces: “¿Me amas?” (Juan 21:15-17). Aquella conversación no parecía diseñada para humillarlo, sino para restaurarlo. Jesús no ignoró su caída, pero tampoco permitió que su fracaso fuera el final de su historia.

    Eso revela algo profundamente poderoso acerca del corazón de Jesucristo: Él veía el potencial futuro de las personas aun cuando todavía estaban llenas de debilidades presentes.

    Muchas veces nosotros esperamos perfección inmediata de otros. Queremos cambios rápidos. Queremos madurez instantánea. Pero Jesús parecía entender profundamente el proceso humano. Corregía, enseñaba y confrontaba cuando era necesario, pero lo hacía con una paciencia extraordinaria.

    Eso no significa que aprobara la inmadurez o la falta de fe. Más bien significa que no abandonaba fácilmente a quienes todavía estaban creciendo.

    Quizá por eso Sus discípulos terminaron siendo transformados tan profundamente. No porque fueran perfectos desde el principio, sino porque caminaron con alguien que tuvo paciencia para formarlos aun en medio de sus errores.

    Y quizá eso sigue produciendo esperanza hasta hoy. Porque muchas personas sienten que Dios solo podría usar individuos perfectos, fuertes o espiritualmente impecables. Pero los Evangelios muestran algo diferente. Muestran a un Jesús que caminó con hombres torpes, temerosos e imperfectos… y aun así no dejó de amarlos ni de trabajar en ellos.

    Tal vez esa es una de las cosas más hermosas acerca de Su carácter. Él no veía solamente quiénes eran Sus discípulos en ese momento. Veía quiénes podían llegar a ser.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.