Por: Dr. Elio M Rivera
Una de las cosas más impresionantes acerca de Jesucristo es que, aunque tenía poder para destruir a Sus enemigos, constantemente escogió el camino de la misericordia. Eso resulta difícil de comprender, porque los seres humanos normalmente usamos el poder para defendernos, vengarnos o imponer nuestra voluntad. Pero Jesús mostró una clase de poder completamente distinta.
Los Evangelios revelan que Él poseía una autoridad que iba mucho más allá de lo humano. Los demonios le obedecían. Las enfermedades retrocedían delante de Él. El viento y el mar se calmaban cuando hablaba. Incluso la muerte cedía ante Su voz. Y, sin embargo, alguien con semejante autoridad nunca usó Su poder para destruir a quienes lo rechazaban.
Eso desconcertaba profundamente. Especialmente porque muchas personas esperaban un Mesías que aplastara enemigos, destruyera imperios y ejecutara juicio inmediato sobre quienes se oponían a Él. Pero Jesús apareció mostrando otra clase de reino.
Uno de los momentos más impactantes ocurrió cuando fue arrestado en Getsemaní. Pedro, intentando defenderlo, sacó una espada e hirió al siervo del sumo sacerdote. Pero Jesús le dijo: “Vuelve tu espada a su lugar; porque todos los que tomen espada, a espada perecerán” (Mateo 26:52). Luego añadió algo impresionante: “¿Acaso piensas que no puedo ahora orar a mi Padre, y que él no me daría más de doce legiones de ángeles?” (Mateo 26:53).
Esa declaración cambia completamente la escena.
Jesús no estaba siendo arrestado porque careciera de poder. No estaba indefenso. No era incapaz de detener lo que estaba ocurriendo. Según Sus propias palabras, tenía acceso a un poder celestial inmenso. Y aun así decidió no usarlo para destruir.
Eso revela algo profundamente sobrenatural acerca de Su corazón. Él no vino obsesionado con venganza. No vino buscando aplastar inmediatamente a quienes lo rechazaban. Vino con un propósito diferente: salvar.
El Evangelio de Juan resume esto de manera poderosa: “Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él” (Juan 3:17). Eso no significa que Jesús ignorara el pecado o la maldad humana. Más bien significa que Su primera respuesta hacia una humanidad caída fue extender misericordia antes que destrucción.
Incluso mientras era crucificado, la multitud se burlaba de Él. Los líderes religiosos lo provocaban. Los soldados romanos lo humillaban. Y aun así, en medio del dolor, Jesús pronunció palabras que siguen estremeciendo al mundo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:34).
Eso es difícil de comprender.
Cualquier ser humano lleno de resentimiento habría querido responder con ira. Pero Jesús respondió con intercesión. Mientras otros lo destruían, Él todavía estaba pensando en salvarlos.
También vemos esto cuando algunos samaritanos rechazaron recibirlo en una aldea. Jacobo y Juan reaccionaron con enojo y dijeron: “Señor, ¿quieres que mandemos que descienda fuego del cielo, como hizo Elías, y los consuma?” (Lucas 9:54). Pero Jesús los reprendió y respondió: “Porque el Hijo del Hombre no ha venido para perder las almas de los hombres, sino para salvarlas” (Lucas 9:56).
Esa frase revela muchísimo acerca de Su carácter.
Jesús tenía poder para destruir, pero no encontraba placer en hacerlo. Su corazón estaba inclinado hacia rescatar, restaurar y ofrecer oportunidad aun a quienes lo rechazaban.
Eso no significa que nunca habrá juicio. Los mismos Evangelios muestran que Jesús habló claramente acerca de justicia, juicio y rendición de cuentas delante de Dios. Pero resulta impresionante que, teniendo autoridad para ejecutar juicio inmediato, escogiera primero extender gracia y misericordia.
Quizá ahí se encuentra una de las diferencias más profundas entre el corazón humano y el corazón de Cristo. Nosotros muchas veces queremos castigar rápidamente a quienes nos hieren. Queremos que paguen. Queremos demostrar poder. Pero Jesús usó Su autoridad de una manera completamente distinta. Su poder estaba sometido al amor y a la redención.
El profeta Isaías había anunciado siglos antes algo profundamente revelador acerca de Él: “Angustiado él, y afligido, no abrió su boca; como cordero fue llevado al matadero” (Isaías 53:7). La imagen es impactante. El que tenía autoridad celestial permitió voluntariamente ser tratado como un cordero llevado al sacrificio.
Y quizá esa es una de las cosas más difíciles de ignorar acerca de Jesucristo: no solo tenía poder… tenía control absoluto sobre ese poder. Porque cualquiera puede destruir cuando posee autoridad. Pero se necesita una clase mucho más profunda de grandeza para tener poder suficiente para aplastar enemigos… y aun así escoger salvarlos.
Tal vez por eso Su carácter sigue siendo tan desconcertante hasta hoy. Porque el mundo admira el poder que destruye, domina e intimida. Pero Jesús mostró un poder diferente: el poder de contener la ira, extender misericordia y amar incluso a quienes estaban clavándolo en una cruz.
