Por el Dr. Elio M Rivera
Habían transcurrido muchas décadas desde que Daniel llegó cautivo a Babilonia siendo apenas un adolescente.
Había visto pasar reyes y reinos.
Sirvió en la corte de Nabucodonosor.
Sobrevivió al reinado de Belsasar.
Fue testigo de la caída del Imperio Babilónico y del surgimiento del Imperio Persa.
Ahora ya era un anciano.
Su cabello se había vuelto blanco y gran parte de su vida había transcurrido lejos de Jerusalén.
La ciudad donde había nacido seguía en ruinas.
El templo había sido destruido.
Muchos de los que salieron cautivos con él ya habían muerto en tierra extranjera.
Sin embargo, Daniel nunca olvidó las promesas de Dios.
En algún momento de aquellos primeros años del dominio persa, tomó entre sus manos un antiguo rollo. Era el libro del profeta Jeremías, escrito muchos años antes del cautiverio.
Mientras leía aquellas palabras, algo llamó poderosamente su atención.
Jeremías no solo había anunciado que Judá sería llevada al exilio.
También había dicho cuánto tiempo duraría.

El profeta Daniel
Daniel escribió más tarde:
“En el año primero de su reinado, yo Daniel miré atentamente en los libros el número de los años de que habló Jehová al profeta Jeremías, que habían de cumplirse las desolaciones de Jerusalén: setenta años.” (Daniel 9:2).
Podemos imaginar aquel momento.
Daniel comenzó a hacer cuentas.
Recordó cuándo había iniciado el cautiverio.
Calculó los años transcurridos.
Una y otra vez revisó las palabras del profeta.
Entonces comprendió algo extraordinario.
El tiempo señalado por Dios estaba llegando a su fin.
Aquella no era una simple esperanza.
No era un deseo nacido de la nostalgia.
Era una promesa escrita décadas antes.
Y ahora, delante de sus propios ojos, el calendario de Dios estaba cumpliéndose exactamente como había sido anunciado.
Pero Daniel no reaccionó con pasividad.
No pensó que, si Dios ya lo había prometido, no hacía falta hacer nada.
Todo lo contrario.
Al comprender que el tiempo del cautiverio estaba por terminar, hizo lo que siempre hacen los hombres de fe.
Se volvió a Dios en oración.
El resto del capítulo nueve de Daniel contiene una de las oraciones de arrepentimiento e intercesión más hermosas de toda la Biblia. Daniel confesó los pecados de su nación, reconoció la justicia de Dios en el juicio y suplicó que el Señor cumpliera la promesa hecha por medio de Jeremías.
Resulta conmovedor pensar que un anciano, después de vivir casi toda su vida en el exilio, pudo abrir un antiguo rollo y descubrir que estaba viviendo el cumplimiento de una profecía escrita muchos años antes.
La promesa de Dios no había sido olvidada.
El reloj seguía avanzando.
Y estaba a punto de marcar la hora del regreso.
Referencias
Bíblicas
- Daniel 9:1–19 — Daniel comprende la profecía de Jeremías y ora por el pueblo.
- Jeremías 25:11–12 — Anuncio de los setenta años de cautiverio.
- Jeremías 29:10 — Promesa del regreso después de los setenta años.
Históricas
- Cilindro de Ciro — Refleja la política persa de permitir el regreso de pueblos exiliados, proporcionando el contexto histórico del cumplimiento de la profecía.
- Flavio Josefo, Antigüedades de los judíos, Libro X — Relata el cautiverio, el ministerio de Daniel y el regreso de los judíos bajo el dominio persa.
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