Por el Dr. Elio M Rivera
Entre los distintos grupos que aparecen alrededor de Jesucristo en los Evangelios, los herodianos son uno de los más interesantes y menos conocidos. A diferencia de los fariseos, escribas o saduceos, los herodianos no eran principalmente una secta religiosa enfocada en interpretar la Ley. Eran más bien un grupo político ligado a la dinastía de Herodes y favorable al dominio romano sobre Israel.
Su nombre proviene precisamente de Herodes, la familia gobernante que Roma utilizó para controlar distintas regiones de Palestina. Herodes el Grande, quien gobernó cuando Jesús nació, había recibido autoridad de Roma y era conocido por su habilidad política, sus enormes construcciones y también por su crueldad extrema. Fue él quien ordenó la matanza de los niños de Belén intentando eliminar al Mesías recién nacido.
“Entonces Herodes… mandó matar a todos los niños menores de dos años que había en Belén.” — Mateo 2:16 (RVR1960)
Después de la muerte de Herodes el Grande, partes de su reino quedaron bajo el control de sus hijos, como Herodes Antipas, quien gobernó Galilea durante gran parte del ministerio de Jesús.

Los herodianos apoyaban este sistema político y veían con buenos ojos la cooperación con Roma. Creían que mantener estabilidad política y conservar la estructura de poder era más importante que provocar rebeliones nacionales o movimientos mesiánicos peligrosos.
Por eso, aunque los fariseos y los herodianos tenían diferencias importantes entre sí, ambos terminaron uniéndose contra Jesús.
Eso resulta impactante, porque normalmente los fariseos despreciaban la influencia romana y defendían una identidad judía más estricta, mientras que los herodianos estaban ligados al sistema político apoyado por Roma. Sin embargo, cuando apareció Cristo, ambos grupos encontraron un enemigo común.
“Y salidos los fariseos, tomaron consejo con los herodianos contra él para destruirle.” — Marcos 3:6 (RVR1960)
Aquella alianza revela cuán amenazante resultaba Jesús para distintos sectores de poder.
Los herodianos entendían que cualquier hombre capaz de mover multitudes podía convertirse en un problema político serio. Roma era extremadamente dura con cualquier amenaza de rebelión. Y cuando la gente comenzaba a hablar de un “Mesías”, “Rey de los judíos” o libertador prometido, eso podía interpretarse como sedición contra el imperio.
Por eso observaron a Jesús con preocupación.
Sin embargo, Cristo no encajaba en las expectativas políticas de muchos judíos. Él no vino liderando ejércitos ni organizando una revolución armada contra Roma. Su Reino era mucho más profundo y espiritual. Pero aun así, Su influencia sobre el pueblo era tan grande que los líderes políticos y religiosos se sintieron amenazados.
Uno de los momentos más conocidos donde aparecen los herodianos ocurre cuando intentaron atrapar a Jesús con una pregunta política relacionada con los impuestos romanos.
“Entonces se fueron los fariseos y consultaron cómo sorprenderle en alguna palabra. Y le enviaron los discípulos de ellos con los herodianos…” — Mateo 22:15-16 (RVR1960)
La pregunta era peligrosa:
“¿Es lícito dar tributo a César, o no?” — Mateo 22:17 (RVR1960)
Si Jesús decía que no debían pagar impuestos, podía ser acusado delante de Roma como agitador político. Pero si apoyaba abiertamente el impuesto romano, podía perder apoyo entre el pueblo judío, que odiaba la opresión romana.
Sin embargo, Cristo respondió con una sabiduría que dejó a todos sorprendidos:
“Dad, pues, a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios.” — Mateo 22:21 (RVR1960)
Con una sola frase evitó la trampa y mostró que el Reino de Dios era mucho más grande que las luchas políticas humanas.
Los herodianos representan algo profundamente importante dentro del contexto de los Evangelios: el peligro de mezclar religión con intereses de poder político.
Muchos de ellos no estaban buscando sinceramente la verdad acerca de Jesús. Estaban preocupados por estabilidad, control y conveniencia política. Cristo no podía ser controlado, comprado ni utilizado como herramienta del sistema. Por eso resultaba incómodo para ellos.
Mientras Jesús hablaba de arrepentimiento, humildad y Reino de Dios, muchos líderes políticos pensaban en preservar posiciones, alianzas y autoridad.
Además, la familia de Herodes estaba asociada con varios de los momentos más oscuros del Nuevo Testamento. Herodes el Grande intentó matar al niño Jesús. Herodes Antipas ordenó la decapitación de Juan el Bautista después de que este confrontó públicamente su pecado.
“Porque Juan decía a Herodes: No te es lícito tener la mujer de tu hermano.” — Marcos 6:18 (RVR1960)
Más adelante, durante el juicio de Cristo, Jesús fue enviado ante Herodes Antipas, quien deseaba verlo hacer algún milagro por simple curiosidad.
“Herodes… hacía tiempo que deseaba verle; porque había oído muchas cosas acerca de él, y esperaba verle hacer alguna señal.” — Lucas 23:8 (RVR1960)
Pero Jesús no respondió a sus burlas ni a su superficialidad.
Los herodianos reflejan un tipo de liderazgo que prioriza el poder por encima de la verdad. Representan a quienes están dispuestos a comprometer principios espirituales para conservar estabilidad política o influencia social.
Y aun así, Jesucristo caminó delante de ellos sin temor.
No buscó aprobación política.
No acomodó Su mensaje para agradar al sistema.
No permitió que el poder humano definiera Su misión.
Por eso terminó siendo rechazado tanto por líderes religiosos como por sectores políticos. Porque el Reino de Dios que Cristo anunciaba era demasiado puro, demasiado verdadero y demasiado poderoso para someterse a los intereses humanos.
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