2. Dios anuncia el juicio sobre Jerusalén

Por el Dr. Elio M Rivera

Durante siglos, Jerusalén fue el centro espiritual de Israel.

En sus calles se escuchaban las enseñanzas de los sacerdotes y los profetas. En su templo se ofrecían diariamente sacrificios conforme a la Ley de Moisés. Miles de peregrinos llegaban cada año para celebrar la Pascua, Pentecostés y la Fiesta de los Tabernáculos. Desde el exterior, todo parecía indicar que la nación seguía siendo fiel a Dios.

Pero la realidad era muy distinta.

Después de la muerte de Salomón, el reino se dividió en dos. Con el paso de los años, tanto Israel como Judá comenzaron a apartarse del Señor. La idolatría se extendió por toda la tierra, se levantaron altares a dioses paganos, se practicó la injusticia contra los más débiles y muchos gobernantes abandonaron el pacto que Dios había establecido con su pueblo.

Una y otra vez, Dios envió profetas para llamar al arrepentimiento.

Isaías advirtió que la nación sería castigada si persistía en su rebeldía. Sofonías anunció el día del juicio del Señor. Habacuc explicó que Dios utilizaría al Imperio Babilónico como instrumento de disciplina. Ezequiel, desde el exilio, confirmó que Jerusalén sería destruida.

El profeta Jeremías anunciando la caída de Jerusalén

Sin embargo, fue Jeremías quien anunció con mayor claridad lo que estaba por suceder.

Durante más de cuarenta años predicó en Jerusalén, exhortando al pueblo a abandonar su pecado y volver a Dios. Su mensaje fue rechazado. Fue ridiculizado, golpeado, encarcelado y considerado un traidor porque anunciaba que Babilonia conquistaría la ciudad.

Pero Jeremías no hablaba por iniciativa propia.

Transmitía el mensaje que Dios le había dado.

En Jeremías 25, el profeta declaró que Judá serviría al rey de Babilonia durante setenta años.

“Toda esta tierra será puesta en ruinas y en espanto; y servirán estas naciones al rey de Babilonia setenta años.”
(Jeremías 25:11).

Pocos años después volvió a repetir el mismo anuncio en una carta enviada a los judíos que ya habían sido deportados.

“Cuando en Babilonia se cumplan los setenta años, yo os visitaré y despertaré sobre vosotros mi buena palabra, para haceros volver a este lugar.”
(Jeremías 29:10).

Estas palabras contienen dos profecías inseparables.

La primera era el juicio.

Jerusalén sería destruida y el pueblo sería llevado cautivo a Babilonia.

La segunda era la esperanza.

El cautiverio no sería definitivo. Después de setenta años, Dios permitiría el regreso de su pueblo a su tierra.

Mientras Jeremías anunciaba estas cosas, muchos falsos profetas prometían exactamente lo contrario.

Aseguraban que Jerusalén nunca caería porque allí estaba el Templo del Señor. Pensaban que la presencia del santuario garantizaba la protección divina, independientemente de la conducta del pueblo.

Jeremías respondió con firmeza:

“No fiéis en palabras de mentira, diciendo: Templo de Jehová, templo de Jehová, templo de Jehová es este.”
(Jeremías 7:4).

El problema no era el Templo.

El problema era creer que los privilegios espirituales podían sustituir la obediencia a Dios.

Las advertencias no procedían únicamente de Jeremías.

El profeta Ezequiel, que ya había sido deportado a Babilonia, recibió visiones en las que contempló la salida de la gloria de Dios del Templo antes de su destrucción (Ezequiel 10–11). Para los judíos, aquella imagen era impactante: simbolizaba que el juicio estaba a punto de llegar.

El autor de 2 Crónicas resume esta etapa con palabras profundamente conmovedoras:

“Y Jehová, el Dios de sus padres, envió constantemente palabra a ellos por medio de sus mensajeros, porque él tenía misericordia de su pueblo y de su habitación. Mas ellos hacían escarnio de los mensajeros de Dios… hasta que subió la ira de Jehová contra su pueblo, y no hubo ya remedio.”
(2 Crónicas 36:15–16).

Estas palabras muestran que la destrucción de Jerusalén no fue un castigo impulsivo.

Fue el desenlace de siglos de paciencia divina.

Dios advirtió repetidamente.

Esperó.

Llamó al arrepentimiento.

Envió profetas.

Pero el pueblo endureció su corazón.

Entonces ocurrió algo que parecía imposible.

La ciudad donde Dios había puesto su nombre sería sitiada por el ejército más poderoso de su tiempo.

El magnífico Templo de Salomón sería reducido a cenizas.

Y los habitantes de Judá serían llevados cautivos a una tierra extranjera.

Todo ello había sido anunciado antes de que el primer soldado babilonio apareciera frente a las murallas de Jerusalén.

En el siguiente apartado veremos cómo la historia registró el cumplimiento de aquellas solemnes advertencias.

Referencias

Fuentes bíblicas

  • Jeremías 7:1–15.
  • Jeremías 25:8–12.
  • Jeremías 29:10–14.
  • Ezequiel 10–11.
  • Habacuc 1:5–11.
  • 2 Crónicas 36:15–21.

Fuentes históricas

Bibliografía moderna

  • John Bright, Jeremiah.
  • J. A. Thompson, The Book of Jeremiah.
  • Daniel I. Block, The Book of Ezekiel.
  • Kenneth A. Kitchen, On the Reliability of the Old Testament.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.