Por el Dr. Elio M Rivera
Una de las declaraciones más profundas y misteriosas acerca de Jesucristo ocurrió al comienzo de su ministerio público.
Cuando Juan el Bautista vio a Jesús acercarse, no dijo simplemente: “Ahí viene un gran maestro” o “ahí viene un profeta”.
Dijo algo mucho más extraño.
“He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.”
— Juan 1:29
Para muchas personas modernas, esas palabras pueden sonar poéticas o religiosas. Pero para un judío del siglo primero eran profundamente impactantes.
Porque detrás de esa expresión existía una historia larga, dolorosa y llena de sangre.
Todo comenzó desde el principio.
Según el relato bíblico, el ser humano fue creado para vivir en comunión con Dios. El hombre caminaba en inocencia delante de su Creador dentro del huerto del Edén.
Pero entonces llegó el pecado.
La rebelión del hombre rompió aquella relación. La vergüenza apareció. El miedo apareció. La muerte apareció. Y desde ese momento, la humanidad comenzó a cargar una separación profunda entre Dios y el hombre.
El pecado no era visto simplemente como un error pequeño o una debilidad emocional. Era una ruptura espiritual real.
Y entonces ocurrió algo importante.
Después de la caída de Adán y Eva, la Biblia menciona que Dios hizo túnicas de pieles para cubrir su vergüenza.
“Y Jehová Dios hizo al hombre y a su mujer túnicas de pieles, y los vistió.”
— Génesis 3:21
Detrás de esas palabras parece esconderse la primera muerte registrada en la historia humana.
Un ser inocente murió para cubrir la vergüenza del hombre caído.
Y a partir de allí comenzó a desarrollarse una imagen que atravesaría todo el Antiguo Testamento: el sacrificio de un cordero inocente.

En Israel, los corderos eran sacrificados constantemente. Durante la Pascua, durante las ofrendas por el pecado y durante diversos rituales establecidos en la ley de Moisés.
El mensaje era profundamente serio.
El pecado produce muerte. Y alguien inocente debía morir simbólicamente en lugar del culpable.
Por eso los corderos debían ser sin defecto, sin mancha y sin enfermedad.
Y quizá una de las escenas más impactantes ocurría cuando el pecador colocaba sus manos sobre el animal antes del sacrificio. Era una imagen simbólica de transferencia de culpa.
El inocente moría… y el culpable quedaba libre.
Eso era estremecedor.
Y durante siglos, miles y miles de corderos fueron sacrificados en Israel. La sangre corría constantemente en el templo. El olor de la muerte formaba parte de la vida religiosa judía.
Pero detrás de todos esos sacrificios existía una pregunta silenciosa:
¿Realmente puede la sangre de animales quitar el pecado humano?
Y entonces aparece Jesús.
Y Juan el Bautista lo mira y dice:
“He aquí el Cordero de Dios…”
Eso cambiaba completamente el significado de todo.
Porque Juan estaba diciendo que todos aquellos corderos sacrificados durante siglos solamente apuntaban hacia uno mayor.
Jesús no venía simplemente a enseñar moralidad o filosofía espiritual. Venía a convertirse Él mismo en el sacrificio.
Eso resulta profundamente incómodo si lo pensamos seriamente.
Porque significa que el problema del pecado humano era tan grave que requería algo mucho más grande que rituales religiosos o buenas obras.
Y aquí aparece una de las partes más impactantes de la historia de Jesús.
Él sabía perfectamente lo que le esperaba.
Sabía que sería rechazado, golpeado, humillado y crucificado. Sabía que sería literalmente despedazado por la violencia humana.
Y aun así avanzó hacia Jerusalén.
Eso habla de una entrega impresionante.
Porque Jesús no murió accidentalmente. Según los evangelios, caminó voluntariamente hacia el sufrimiento entendiendo que estaba ocupando el lugar del pecador.
El inocente muriendo por los culpables.
Eso era exactamente lo que representaba el cordero del Antiguo Testamento.
Pero ahora el sacrificio no era un animal sin conciencia llevado al altar. Era un hombre consciente de cada golpe, cada clavo, cada rechazo y cada momento de dolor.
Y quizá una de las imágenes más fuertes ocurre en Getsemaní, cuando Jesús comienza a angustiarse profundamente ante lo que va a enfrentar.
Porque no solamente estaba viendo el sufrimiento físico. Según el lenguaje bíblico, estaba preparándose para cargar el pecado del mundo.
Eso era demasiado pesado.
El mismo hombre que habló del amor del Padre ahora avanzaba para convertirse en el Cordero sacrificado.
Y quizá por eso el profeta Isaías había escrito siglos antes:
“Como cordero fue llevado al matadero…”
— Isaías 53:7
La cruz entonces deja de ser solamente una ejecución romana.
Se convierte en algo mucho más profundo: el momento donde Jesús se ofrece voluntariamente como el sacrificio definitivo por el pecado humano.
Y aquí aparece la gran pregunta.
¿Por qué alguien estaría dispuesto a sufrir algo así por personas que muchas veces lo rechazarían, lo ignorarían o incluso se burlarían de Él?
Tal vez porque Jesús veía algo que nosotros muchas veces olvidamos: la gravedad real del pecado… y el valor inmenso del alma humana.
Y quizá allí se encuentra una de las imágenes más desconcertantes de toda la Biblia:
El Hijo de Dios permitiendo ser tratado como un cordero llevado al matadero… para que el hombre pudiera regresar a Dios.
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