Dr. Elio M Rivera
«Entonces Herodes, llamando en secreto a los magos, indagó de ellos diligentemente el tiempo de la aparición de la estrella.» — Mateo 2:7, RVR1960
Herodes ya sabía dónde debía nacer el Cristo.
Ahora quería saber cuándo había aparecido la estrella.
Por eso llamó a los magos en secreto.
Ese detalle es importante. La noticia que había turbado a Jerusalén ahora comenzó a manejarse mediante una conversación privada. Herodes interrogó cuidadosamente a los viajeros acerca del momento en que habían visto la señal y después los envió a Belén.

El rey Herodes convoca a los sabios de oriente y les da instrucciones.
Pero entonces pronunció unas palabras que, conociendo lo que sucedería después, resultan estremecedoras:
«Id allá y averiguad con diligencia acerca del niño; y cuando le halléis, hacédmelo saber, para que yo también vaya y le adore.» — Mateo 2:8.
Sonaba piadoso.
Sonaba respetuoso.
Incluso utilizó la misma idea que había llevado a los magos hasta Judea:
adorar al niño.
Pero Herodes no quería adorarlo.
Mateo lo revelará poco después: buscaba información para poder encontrarlo y destruirlo.
Aquí aparece algo nuevo en el retrato de Herodes. Hasta ahora hemos visto su temor. Ahora vemos su capacidad para esconder sus verdaderas intenciones detrás de palabras cuidadosamente escogidas.
No amenazó a los magos.
No les reveló su enojo.
No intentó detenerlos.
Los convirtió, sin que ellos lo supieran, en posibles instrumentos de su plan.
Ellos buscarían al niño.
Ellos encontrarían la casa.
Ellos regresarían con la información.
Y Herodes solamente tendría que esperar.
Pero había algo que Herodes no había considerado.
Dios también estaba observando aquella conversación.
Herodes podía engañar a los magos.
No podía engañar al Padre.
Y cuando los viajeros encontraron al niño y lo adoraron, Dios les advirtió en sueños «que no volviesen a Herodes» (Mateo 2:12).
El plan secreto del rey había quedado descubierto.
Esta pequeña escena nos deja una enseñanza sencilla pero profunda:
las palabras religiosas no siempre revelan un corazón rendido a Dios.
Herodes habló de adoración sin intención de adorar.
Los magos casi no necesitaron hablar de ella.
Simplemente fueron y se postraron.
Referencias
Mateo 2:7–12.
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