
Así imagino el mirador de mi morada celestial: un lugar elevado desde donde pueda contemplar la ciudad del gran Rey, sus jardines, sus ríos y toda la belleza que Dios ha preparado. Es solamente mi imaginación, pero me gusta soñar que algún día podré sentarme allí, contemplar aquella inmensidad y pensar: «Finalmente estoy en casa, y esto apenas comienza».
