
Imaginemos una ciudad que nunca conoció el miedo, el robo, el asesinato, la violencia ni la injusticia; una ciudad donde nadie necesita cerrar una puerta por temor y donde la maldad no gobierna sus calles. Esta imagen intenta acercarnos a una realidad muy diferente a la nuestra: un lugar de paz, seguridad y armonía, la realidad celestial que Jesucristo conocía antes de venir a un mundo herido por el pecado.
