Por el Dr. Elio M Rivera
Durante miles de años, el dinero fue un objeto físico.
Primero fueron metales preciosos.
Después monedas.
Más tarde billetes.
Quien quería comprar debía tener el dinero en la mano.
Quien quería vender debía recibir físicamente el pago.
Ese sistema cambió radicalmente durante el siglo XX.
Los bancos comenzaron a reemplazar el efectivo por registros electrónicos.
Las cuentas bancarias permitieron mover grandes cantidades de dinero sin transportar monedas ni billetes.
Posteriormente aparecieron:
Los cheques.
Las transferencias electrónicas.
Las tarjetas bancarias.
Los cajeros automáticos.
Más tarde llegaron las tarjetas de débito y crédito.
Finalmente aparecieron los pagos por internet y desde teléfonos móviles.
El dinero dejó de depender exclusivamente del papel.
Cada vez más se convirtió en información digital.
Hoy millones de operaciones financieras ocurren en segundos.
Un inversionista puede comprar acciones en Nueva York desde Tokio.
Una empresa puede pagar proveedores en otro continente en pocos minutos.
Una persona puede comprar un producto fabricado en China utilizando una tarjeta emitida por un banco mexicano.
La tecnología eliminó muchas barreras.
La economía comenzó a funcionar las veinticuatro horas del día.
Este cambio también produjo una nueva realidad.
Si falla el sistema electrónico…
No funcionan las tarjetas.
No funcionan muchas transferencias.
No funcionan numerosos comercios.
La economía moderna depende profundamente de sistemas digitales.
Hace apenas unas décadas esto era imposible.
Hoy forma parte de la vida cotidiana.
Una nueva capacidad de control
La digitalización también aumentó la capacidad de supervisar las transacciones.
Cada pago deja un registro.
Cada transferencia puede rastrearse.
Cada movimiento financiero genera información.
Esto no significa que exista actualmente un sistema profético mundial.
Pero demuestra que la tecnología necesaria para administrar enormes cantidades de información financiera ya existe.
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