Por el Dr. Elio M Rivera
La caída de Jerusalén es una de las profecías más solemnes de toda la Biblia.
A diferencia de las profecías anteriores, esta no fue pronunciada contra una nación pagana, sino contra la ciudad que Dios había escogido para poner allí su nombre. Jerusalén era el centro espiritual de Israel. Allí estaba el Templo. Allí se ofrecían los sacrificios. Allí ministraban los sacerdotes. Allí acudían miles de peregrinos para adorar al Señor.
Humanamente, parecía imposible que una ciudad con semejante privilegio pudiera ser destruida.
Sin embargo, los profetas anunciaron una verdad que el pueblo no quiso escuchar: los privilegios espirituales nunca sustituyen la obediencia a Dios.
Durante años, Jeremías llamó al arrepentimiento. Isaías, Sofonías, Habacuc y Ezequiel hicieron lo mismo. Dios mostró una paciencia extraordinaria, enviando una y otra vez a sus mensajeros para advertir al pueblo del juicio que se acercaba.
Pero Israel endureció su corazón.
Entonces ocurrió lo que parecía impensable.
Jerusalén cayó.
El Templo fue destruido.
El pueblo fue llevado cautivo a Babilonia.
Sin embargo, la historia no terminó entre las ruinas de la ciudad.
Muchos años antes, Dios también había anunciado que el cautiverio tendría un límite. Después de setenta años, los exiliados regresarían, Jerusalén volvería a levantarse y el Templo sería reconstruido.
Eso fue exactamente lo que ocurrió.
La misma profecía que anunció el juicio anunció también la restauración.
Este capítulo nos permite contemplar dos aspectos inseparables del carácter de Dios.
Por un lado, Dios es justo. Sus advertencias no son palabras vacías. Cuando una nación persiste en la desobediencia, el pecado termina produciendo consecuencias.
Pero, por otro lado, Dios también es fiel a sus promesas. Aun después del juicio, preservó a su pueblo y abrió el camino para su restauración.
Quizá la enseñanza más profunda de esta profecía se encuentra precisamente allí.
La reconstrucción de Jerusalén no tenía como único propósito que los judíos regresaran a su tierra.
Dios estaba preparando el escenario para un acontecimiento mucho mayor.
Siglos después, en aquella ciudad reconstruida nacería la generación que recibiría al Mesías prometido.
En sus calles caminaría Jesucristo.
En su Templo enseñaría la Palabra de Dios.
En sus alrededores entregaría su vida por la humanidad.
Y allí mismo resucitaría, cambiando para siempre el curso de la historia.
Por eso, la restauración de Jerusalén no fue el final de una profecía.
Fue el comienzo del cumplimiento de otra aún más grande.
Al observar la caída de Jerusalén, el exilio, el regreso y la reconstrucción de la ciudad, encontramos una vez más el mismo patrón que hemos visto a lo largo de este libro: Dios anuncia con anticipación acontecimientos que ningún ser humano puede controlar y, en el momento señalado, la historia sigue el curso que Él había revelado.
Cada profecía estudiada hasta ahora ha fortalecido esa conclusión.
La caída de Nínive.
La desaparición de Babilonia como gran imperio.
El ascenso de Ciro.
La conquista de Alejandro Magno.
La caída de Tiro.
La destrucción y restauración de Jerusalén.
Todas ellas preparan al lector para la parte más extraordinaria de este recorrido.
Porque si Dios anunció con tanta precisión el destino de ciudades, imperios y reyes, la pregunta surge de manera inevitable:
¿Qué sucederá cuando las profecías comiencen a hablar del Mesías?
Ese será el siguiente paso de nuestro viaje.
Y allí descubriremos que las profecías bíblicas alcanzan un nivel de detalle que no tiene paralelo en toda la historia antigua.
Referencias
Fuentes bíblicas
- Jeremías 25:11–12.
- Jeremías 29:10–14.
- 2 Crónicas 36:15–23.
- Esdras 1:1–4.
- Daniel 9:2.
- Lucas 19:41–44.
Bibliografía
- John Bright, A History of Israel.
- Kenneth A. Kitchen, On the Reliability of the Old Testament.
- J. A. Thompson, The Book of Jeremiah.
- Daniel I. Block, The Book of Ezekiel.
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