Por el Dr. Elio M Rivera
Cuando los ejércitos de Babilonia abandonaron Jerusalén, la ciudad era apenas la sombra de lo que había sido.
Sus murallas estaban derribadas.
El magnífico Templo de Salomón había quedado reducido a cenizas.
Las calles permanecían desiertas y gran parte de la población había sido llevada cautiva a Babilonia.
Desde una perspectiva humana, parecía imposible que aquella nación volviera a levantarse.
Sin embargo, Dios no había prometido únicamente el juicio.
También había prometido la restauración.
Cuando el tiempo señalado por Jeremías llegó a su fin, el rey Ciro de Persia autorizó el regreso de los judíos a su tierra. A partir de ese momento comenzó una de las etapas más esperanzadoras de la historia de Israel.
El primer grupo de exiliados regresó bajo el liderazgo de Zorobabel.
Al llegar a Jerusalén encontraron una ciudad devastada.
El Templo había desaparecido.
Las casas estaban destruidas.
Los campos habían permanecido abandonados durante décadas.
Aun así, decidieron comenzar por lo más importante: restaurar la adoración a Dios.

El templo de Herodes en los tiempos de Cristo
Primero levantaron el altar y, poco después, iniciaron la reconstrucción del Templo. La obra enfrentó oposición, dificultades económicas y períodos de interrupción, pero finalmente fue concluida alrededor del año 516 a.C., marcando el nacimiento del llamado Segundo Templo.
Décadas más tarde llegó Esdras, sacerdote y escriba, con la misión de fortalecer espiritualmente al pueblo.
Su labor recordó a Israel que la restauración no consistía únicamente en reconstruir edificios, sino también en volver a obedecer la Palabra de Dios.
Posteriormente, Nehemías recibió autorización del rey persa para regresar a Jerusalén y reconstruir sus murallas.
A pesar de las amenazas de los pueblos vecinos, la oposición política y las constantes dificultades, la ciudad volvió a estar protegida. Aquellas murallas simbolizaban que Jerusalén estaba renaciendo.
Con el paso de los años, la ciudad recuperó nuevamente su vida.
Las calles volvieron a llenarse de habitantes.
El Templo se convirtió otra vez en el centro de la adoración del pueblo.
Las fiestas religiosas reunían nuevamente a miles de peregrinos.
Jerusalén no recuperó el esplendor político que había tenido en tiempos de David y Salomón, pues permaneció bajo el dominio de los imperios persa, griego y romano. Sin embargo, había recuperado algo mucho más importante: el lugar que Dios había preparado para el desarrollo de su plan redentor.
Siglos después, en aquella misma ciudad reconstruida, un niño sería presentado en el Templo conforme a la Ley de Moisés.
Allí Jesús enseñaría a las multitudes.
Allí realizaría muchos de sus milagros.
Allí celebraría la última cena con sus discípulos.
Allí sería crucificado y resucitaría al tercer día.
Vista desde la historia, la reconstrucción de Jerusalén fue mucho más que el regreso de un pueblo a su tierra.
Fue la preparación del escenario donde se cumplirían las promesas mesiánicas anunciadas por los profetas.
La ciudad que había sido destruida volvió a levantarse porque Dios todavía tenía un propósito para ella.
Su restauración demuestra que el juicio nunca fue la última palabra.
Después de la disciplina vino la esperanza.
Después del exilio vino el regreso.
Y después de la restauración de Jerusalén, el mundo quedó preparado para recibir al Mesías prometido.
Referencias
Fuentes bíblicas
- Esdras 1–6.
- Nehemías 1–6.
- Hageo 1–2.
- Zacarías 1–8.
- Lucas 2:22–38.
Fuentes históricas
- Cilindro de Ciro.
- Flavio Josefo, Antigüedades de los judíos, Libro XI.
Bibliografía moderna
- Edwin M. Yamauchi, Persia and the Bible.
- Amélie Kuhrt, The Persian Empire: A Corpus of Sources from the Achaemenid Period.
- John Bright, A History of Israel.
- Kenneth A. Kitchen, On the Reliability of the Old Testament.
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