Por el Dr. Elio M Rivera
Cuando Daniel escribió sus profecías en el siglo VI a.C., el mundo estaba dominado por Babilonia. Nadie podía imaginar que, más de dos siglos después, un joven procedente de un pequeño reino al norte de Grecia cambiaría por completo el curso de la historia.
Ese joven sería Alejandro Magno.

El rey Filipo II, padre de Alejandro Magno
Nació en el año 356 a.C. en Pella, la capital del reino de Macedonia. Era hijo del rey Filipo II, un gobernante excepcional que transformó un reino considerado periférico en la mayor potencia militar de la península griega.
Desde muy temprano, Alejandro recibió una preparación poco común para un príncipe de su época. Su padre se encargó de formarlo en el arte de la guerra, mientras que su educación intelectual fue confiada a uno de los pensadores más influyentes de toda la historia: Aristóteles.
Durante varios años, el célebre filósofo le enseñó literatura, filosofía, política, ciencias naturales, medicina, ética y geografía. Alejandro desarrolló un profundo interés por la cultura griega, especialmente por las obras de Homero, cuya Ilíada llevaría consigo durante gran parte de sus campañas militares.
Sin embargo, su verdadera pasión no estaba en los libros, sino en el campo de batalla.
Desde muy joven acompañó a su padre en diversas campañas militares y comenzó a demostrar un talento extraordinario para el liderazgo. Con apenas dieciocho años participó en la batalla de Queronea (338 a.C.), donde dirigió parte de la caballería macedonia y desempeñó un papel decisivo en la victoria que consolidó el dominio de Macedonia sobre las ciudades griegas.
Dos años después ocurrió un hecho inesperado.
En el año 336 a.C., Filipo II fue asesinado durante una ceremonia oficial. Con apenas veinte años de edad, Alejandro heredó el trono de Macedonia.
Muchos pensaron que su juventud provocaría el colapso del reino. Varias ciudades griegas intentaron rebelarse y algunos pueblos sometidos creyeron que había llegado el momento de recuperar su independencia.
Alejandro reaccionó con una rapidez sorprendente.
En pocos meses sofocó las rebeliones, reafirmó su autoridad sobre Grecia y continuó el proyecto que su padre había comenzado: la invasión del Imperio Persa.
Pero Alejandro heredó mucho más que una corona.

La famosa falange y la lanza sarisa, algo típico y único del ejército de Alejandro Magno
Filipo II había construido uno de los ejércitos más eficaces de toda la antigüedad. La infantería macedonia, organizada alrededor de la famosa falange, utilizaba largas lanzas conocidas como sarisas, que podían superar los cinco metros de longitud. Combinada con una caballería altamente entrenada, ingenieros militares y una disciplina excepcional, esta fuerza se convirtió en una de las máquinas de guerra más formidables de la historia.
Alejandro supo aprovechar al máximo esa herencia.
No solo era un comandante valiente que combatía junto a sus soldados en primera línea; también poseía una extraordinaria capacidad para adaptarse a las circunstancias del combate, tomar decisiones rápidas y aprovechar los errores de sus adversarios. Su habilidad para coordinar infantería, caballería, arqueros e ingenieros militares le permitió derrotar ejércitos muy superiores en número.
A medida que acumulaba victorias, su prestigio crecía de manera extraordinaria.
Muchos comenzaron a considerarlo invencible.
Nada parecía impedir que fundara una dinastía destinada a gobernar durante siglos. Era joven, gozaba de excelente salud, contaba con un ejército leal y acababa de iniciar la expansión de un imperio que parecía no tener límites.
Desde una perspectiva humana, todo indicaba que Alejandro consolidaría un reino estable y transmitiría el trono a sus descendientes.
Sin embargo, más de doscientos años antes, el profeta Daniel había anunciado un desenlace completamente diferente.
Según la profecía, el primer gran rey del imperio griego desaparecería cuando todavía se encontraba en el momento de mayor poder, y su reino no pasaría a sus hijos, sino que sería dividido entre otros gobernantes.
Aquella predicción parecía imposible.
Pero la historia demostraría, una vez más, que el desarrollo de los acontecimientos seguiría el mismo curso anunciado por la profecía.
Referencias
Fuentes bíblicas
- Daniel 8:5–8.
- Daniel 8:21–22.
Fuentes históricas
- Arriano, Anábasis de Alejandro, Libros I–II.
- Plutarco, Vida de Alejandro.
- Diodoro Sículo, Biblioteca Histórica, Libro XVII.
- Quinto Curcio Rufo, Historia de Alejandro Magno.
- Justino, Epítome de las Historias Filípicas de Pompeyo Trogo.
Bibliografía moderna
- Peter Green, Alexander of Macedon, 356–323 B.C.: A Historical Biography.
- Robin Lane Fox, Alexander the Great.
- A. B. Bosworth, Conquest and Empire: The Reign of Alexander the Great.
- Ian Worthington, Philip II of Macedonia.
- John J. Collins, Daniel: A Commentary on the Book of Daniel.
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