Por el Dr. Elio M Rivera
Cuando leemos los Evangelios, uno de los grupos que aparece constantemente alrededor de Jesucristo son los fariseos. Muchas veces los vemos discutiendo con Él, cuestionando Sus milagros, criticando a Sus discípulos o intentando desacreditar Su autoridad delante del pueblo. Pero para comprender por qué existió tanta tensión entre Jesús y los fariseos, primero debemos entender quiénes eran, cómo surgieron y por qué llegaron a tener tanta influencia sobre Israel.
Los fariseos nacieron siglos antes de Cristo, especialmente durante el período posterior al exilio y en los tiempos de la influencia griega sobre Israel. En una época donde muchas costumbres paganas amenazaban con contaminar la identidad espiritual judía, surgieron grupos profundamente celosos de la Ley de Moisés y de las tradiciones religiosas. Su intención inicial probablemente era buena: preservar la pureza espiritual del pueblo y defender las Escrituras en medio de un mundo lleno de idolatría.
El problema comenzó cuando la obediencia externa terminó convirtiéndose en orgullo espiritual.

Con el tiempo, muchos fariseos empezaron a desarrollar una religión extremadamente rígida, centrada en reglas, tradiciones humanas y apariencia exterior. No solo enseñaban la Ley de Dios, sino también interpretaciones y normas añadidas que el pueblo debía obedecer. Poco a poco, la tradición humana empezó a ocupar un lugar casi tan importante como la misma Escritura.
Por eso Jesús les dijo:
“Bien invalidáis el mandamiento de Dios para guardar vuestra tradición.” — Marcos 7:9 (RVR1960)
Los fariseos eran conocidos por su disciplina religiosa. Ayunaban, oraban públicamente, daban diezmos y buscaban mostrar una imagen de gran santidad delante de la gente. El problema no era que hicieran estas cosas, sino el motivo detrás de muchas de ellas. Gran parte de su religión había terminado convirtiéndose en una plataforma de orgullo, prestigio y reconocimiento público.
Jesús reveló esto claramente cuando dijo:
“Hacen todas sus obras para ser vistos por los hombres.” — Mateo 23:5 (RVR1960)
Les gustaban los lugares principales en las cenas, los primeros asientos en las sinagogas y las salutaciones públicas donde la gente los reconociera como hombres importantes. Cristo dijo:
“Y aman los primeros asientos en las cenas, y las primeras sillas en las sinagogas, y las salutaciones en las plazas, y que los hombres los llamen: Rabí, Rabí.” — Mateo 23:6-7 (RVR1960)
Aquello revela algo muy peligroso: la religión puede convertirse en una forma de alimentar el ego humano.
Muchos fariseos amaban más la apariencia de santidad que la verdadera transformación interior. Por fuera parecían hombres espirituales, pero por dentro podían estar llenos de orgullo, dureza y corrupción espiritual. Por eso Jesús utilizó una de las imágenes más fuertes de todo Su ministerio cuando les dijo:
“¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera, a la verdad, se muestran hermosos, mas por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia.” — Mateo 23:27 (RVR1960)
La palabra “hipócrita” originalmente se relacionaba con actores que usaban máscaras. Y eso era exactamente lo que Jesús estaba denunciando: una espiritualidad que usaba apariencia religiosa para esconder la verdadera condición del corazón.
Los fariseos también podían ser extremadamente duros con el pueblo. Habían convertido la vida espiritual en una carga pesada llena de reglas, requisitos y tradiciones difíciles de llevar. Jesús dijo acerca de ellos:
“Porque atan cargas pesadas y difíciles de llevar, y las ponen sobre los hombros de los hombres; pero ellos ni con un dedo quieren moverlas.” — Mateo 23:4 (RVR1960)
En lugar de acercar a las personas a Dios, muchas veces terminaban llenándolas de temor, culpa y presión religiosa.
Además, desarrollaron una actitud de superioridad espiritual. Se consideraban más santos que otros y despreciaban a quienes no cumplían sus estándares religiosos. Esto aparece claramente en la parábola del fariseo y el publicano. Jesús dijo:
“El fariseo, puesto en pie, oraba consigo mismo de esta manera: Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres…” — Lucas 18:11 (RVR1960)
Aquella oración no estaba llena de humildad, sino de orgullo disfrazado de espiritualidad.
Los fariseos también despreciaban a los pecadores públicos, a los cobradores de impuestos y a las personas consideradas impuras. Por eso se molestaban profundamente cuando Jesús comía con ellos.
“¿Por qué come vuestro Maestro con los publicanos y pecadores?” — Mateo 9:11 (RVR1960)
Pero Cristo respondió algo que reveló el verdadero corazón de Dios:
“Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos… misericordia quiero, y no sacrificio.” — Mateo 9:12-13 (RVR1960)
Jesús entendía que la religión de los fariseos había perdido algo fundamental: misericordia.
También eran peligrosos porque su influencia sobre el pueblo era enorme. La gente los admiraba, los respetaba y muchas veces seguía sus enseñanzas sin cuestionarlas. Eran vistos como modelos espirituales. Precisamente por eso Jesús confrontó su hipocresía con tanta fuerza. Una religión corrupta en manos de hombres admirados puede destruir espiritualmente a multitudes enteras.
Cristo incluso dijo algo estremecedor acerca de algunos de ellos:
“¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque recorréis mar y tierra para hacer un prosélito, y una vez hecho, le hacéis dos veces más hijo del infierno que vosotros.” — Mateo 23:15 (RVR1960)
Eso muestra cuán grave consideraba Jesús la corrupción espiritual disfrazada de santidad.
Los fariseos también se volvieron peligrosos porque amaban más su posición y autoridad que la verdad. Aunque muchos reconocían que Jesús hacía milagros imposibles de negar, aun así endurecieron su corazón porque temían perder poder e influencia sobre el pueblo.
Después de que Jesús resucitó a Lázaro, muchos comenzaron a creer en Él. Entonces los líderes religiosos dijeron:
“Si le dejamos así, todos creerán en él…” — Juan 11:48 (RVR1960)
No estaban preocupados por descubrir la verdad. Estaban preocupados por perder control.
Sin embargo, es importante entender que no todos los fariseos eran iguales. Algunos sinceramente buscaban a Dios. Nicodemo, por ejemplo, era fariseo y vino a Jesús reconociendo que Dios estaba con Él.
“Rabí, sabemos que has venido de Dios como maestro…” — Juan 3:2 (RVR1960)
Más adelante, Nicodemo incluso ayudó a preparar el cuerpo de Jesús después de la crucifixión. Esto demuestra que, aun dentro de un sistema religioso corrompido, había personas con hambre genuina de verdad.
El conflicto entre Jesús y los fariseos revela una advertencia profundamente importante para todas las generaciones: la religión externa puede producir apariencia de santidad sin transformar realmente el corazón. Una persona puede conocer Escrituras, ocupar posiciones espirituales, ser admirada por otros y aun así estar lejos de Dios.
Por eso Jesús dijo:
“Este pueblo de labios me honra; mas su corazón está lejos de mí.” — Mateo 15:8 (RVR1960)
Cristo no vino a destruir la Ley de Dios. Vino a rescatarla de manos de hombres que la habían convertido en orgullo, control y apariencia. Mientras los fariseos se enfocaban obsesivamente en rituales externos, Jesús apuntaba al corazón humano.
Y eso fue precisamente lo que muchos no pudieron soportar.
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