Por el Dr. Elio M Rivera
Las mesas en tiempos de Jesucristo eran muy diferentes a las mesas modernas. En la mayoría de los hogares judíos y del mundo romano, las comidas importantes no se realizaban sentados en sillas altas alrededor de una mesa elevada como sucede hoy. Las personas normalmente se reclinaban sobre cojines o pequeñas plataformas cerca de mesas bajas, apoyándose sobre un brazo mientras comían con la otra mano.
Aquella posición tenía un significado cultural relacionado con descanso, comunión y dignidad. Reclinarse para comer era una práctica común en celebraciones especiales, banquetes y cenas importantes. Los esclavos normalmente servían de pie, mientras que los invitados libres se reclinaban alrededor de la mesa.
Por eso, cuando la Biblia habla de personas “sentadas” a la mesa, muchas veces la idea original implica estar reclinados alrededor de ella.
Durante la Pascua que Jesús celebró con Sus discípulos, probablemente todos estaban acomodados de esa manera. La Escritura incluso da pistas de ello cuando menciona la cercanía física entre Jesús y algunos discípulos.
“Uno de sus discípulos, al cual Jesús amaba, estaba recostado al lado de Jesús.”
— Juan 13:23
Aquella escena sería difícil de imaginar en una mesa moderna, pero era completamente natural en el contexto cultural del siglo primero. Los discípulos se encontraban muy cerca unos de otros, compartiendo alimentos de recipientes comunes mientras conversaban.
Las comidas tenían un enorme valor social y espiritual en el mundo judío. Compartir la mesa significaba amistad, aceptación y relación. Comer con alguien era una señal de paz y comunión.
Por esa razón, los líderes religiosos criticaban constantemente a Jesús cuando compartía alimentos con personas consideradas pecadoras o indignas.
“Y los escribas y los fariseos, viéndole comer con los publicanos y con los pecadores, dijeron a los discípulos: ¿Qué es esto, que él come y bebe con los publicanos y pecadores?”
— Marcos 2:16
Para ellos, sentarse a la mesa con alguien implicaba aprobación y cercanía. Pero Jesucristo vino precisamente a acercarse a los rechazados, quebrantados y necesitados.
La hospitalidad también ocupaba un lugar central dentro de la cultura hebrea. Recibir invitados con generosidad era considerado una responsabilidad honorable delante de Dios. Cuando alguien llegaba a una casa, normalmente se le ofrecía agua, alimento, descanso y atención.
El anfitrión procuraba mostrar honra al visitante. En ocasiones especiales podía incluso ungir su cabeza con aceite perfumado como señal de bienvenida y respeto.
Esto explica por qué Jesús señaló algo importante cuando visitó la casa de Simón el fariseo.
“Entré en tu casa, y no me diste agua para mis pies; mas ésta ha regado mis pies con lágrimas, y los ha enjugado con sus cabellos. No me diste beso; mas ésta, desde que entré, no ha cesado de besar mis pies. No ungiste mi cabeza con aceite; mas ésta ha ungido con perfume mis pies.”
— Lucas 7:44-46
Aquellas acciones no eran simples detalles de etiqueta. Representaban honra, amor y hospitalidad.
En muchas ocasiones importantes de la vida judía, la mesa se convertía en el centro de celebración y memoria. Allí se celebraban bodas, fiestas religiosas, pactos familiares y cenas sagradas como la Pascua.
Precisamente durante una cena de Pascua, Jesucristo tomó el pan y el vino y les dio un significado eterno.
“Y mientras comían, tomó Jesús el pan, y bendijo, y lo partió, y dio a sus discípulos, y dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo.”
— Mateo 26:26
La mesa donde los discípulos esperaban celebrar una cena tradicional terminó convirtiéndose en el escenario donde Cristo anunció el nuevo pacto.
Aquel lugar también reveló el corazón humano. En la misma mesa hubo amor, discusión, orgullo, traición y tristeza. Mientras Jesús hablaba de entregar Su vida, los discípulos discutían quién sería el mayor.
“Hubo también entre ellos una disputa sobre quién de ellos sería el mayor.”
— Lucas 22:24
Sin embargo, aun sabiendo que uno lo traicionaría y que otros lo abandonarían, Jesucristo permaneció allí sirviéndoles. La mesa se convirtió en una imagen del Evangelio mismo: Dios acercándose a seres humanos imperfectos para ofrecerles comunión y redención.
En el mundo antiguo, compartir alimentos no era algo superficial. La mesa representaba relación, aceptación y cercanía. Por eso resulta tan poderoso que el Reino de Dios muchas veces sea comparado con un banquete.
Jesús incluso declaró:
“Yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo.”
— Apocalipsis 3:20
Aquellas mesas bajas del siglo primero terminaron señalando una verdad eterna: Dios desea sentarse con la humanidad, restaurar la comunión perdida y compartir nuevamente Su mesa con nosotros.
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