Por el Dr. Elio M Rivera
Una de las preguntas más importantes al estudiar cualquier documento antiguo es esta: ¿quién lo escribió? Porque la credibilidad de un texto muchas veces está relacionada con la cercanía que sus autores tuvieron con los acontecimientos que describen.
El Nuevo Testamento no cayó del cielo encuadernado ni apareció siglos después de manera misteriosa. Sus libros fueron escritos por personas reales, en momentos específicos de la historia y dentro del contexto del siglo I. Algunos fueron testigos directos de la vida de Jesucristo; otros investigaron cuidadosamente los hechos y recopilaron testimonios de quienes estuvieron presentes.

Los cuatro Evangelios fueron atribuidos desde los primeros siglos a Mateo, Marcos, Lucas y Juan. Mateo fue uno de los doce discípulos de Jesús y trabajaba como cobrador de impuestos antes de seguirlo. Juan también fue uno de los doce y pertenecía al círculo más cercano de Cristo. Marcos no fue uno de los doce, pero la tradición antigua afirma que escribió el testimonio del apóstol Pedro. Lucas, por su parte, era médico e investigador, y declaró haber recopilado cuidadosamente información de testigos oculares.
Además de los Evangelios, gran parte del Nuevo Testamento fue escrita por el apóstol Pablo. Antes de convertirse al cristianismo, Pablo perseguía violentamente a los seguidores de Jesús. Sin embargo, después afirmó haber tenido un encuentro con Cristo resucitado, y pasó el resto de su vida defendiendo el mensaje que antes intentaba destruir.
También escribieron otros hombres cercanos al movimiento cristiano primitivo, como Pedro, Santiago, Judas y el autor de Hebreos, cuya identidad exacta todavía es debatida. Lo importante es que los documentos del Nuevo Testamento surgieron dentro de la generación más cercana a los acontecimientos de Jesús, no siglos después como ocurre con muchas leyendas antiguas.
Esto es fundamental. Cuando los libros del Nuevo Testamento comenzaron a circular, todavía vivían personas que habían visto a Jesús, escuchado Sus enseñanzas o presenciado el crecimiento de la iglesia primitiva. Eso significa que los relatos podían ser cuestionados, comparados o refutados públicamente.
Pablo incluso escribió a los corintios que más de quinientas personas habían visto a Cristo resucitado y que muchos de ellos aún vivían en ese momento (1 Corintios 15:6). En otras palabras, estaba apelando a testigos vivos. Eso habría sido extremadamente peligroso si todo hubiese sido una invención.
Algo que llama profundamente la atención es el tipo de personas que escribieron el Nuevo Testamento. No eran emperadores, filósofos famosos ni miembros de la élite romana. Había pescadores, cobradores de impuestos, un médico y hombres comunes del Medio Oriente. Sin embargo, sus escritos terminaron transformando la historia humana de manera irreversible.
Además, los autores del Nuevo Testamento no escribieron desde una posición cómoda o segura. Muchos fueron perseguidos, encarcelados, golpeados y finalmente asesinados por defender el mensaje que proclamaban. Y aquí surge una reflexión importante: las personas pueden morir por una mentira que creen verdadera, pero difícilmente aceptarían sufrir y morir por algo que saben que inventaron deliberadamente.
Los autores del Nuevo Testamento no obtuvieron riquezas, poder político ni comodidad por escribir acerca de Jesús. Obtuvieron rechazo, persecución y sufrimiento. Aun así, continuaron afirmando hasta el final que habían visto, escuchado y vivido aquello que escribieron.
Por supuesto, esto no obliga automáticamente a creer cada afirmación sobrenatural del Nuevo Testamento. Pero sí destruye la idea simplista de que los Evangelios fueron inventados siglos después por desconocidos sin conexión con los hechos.
La verdadera pregunta entonces no es solamente quién escribió el Nuevo Testamento. La pregunta más incómoda es esta: ¿por qué hombres tan distintos estuvieron dispuestos a perderlo todo por defender el mismo mensaje acerca de Jesucristo?
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