Por el Dr. Elio M. Rivera
Una de las cosas más impactantes acerca de Jesús de Nazaret no fue solamente lo que hizo, sino lo que dijo acerca de sí mismo. Y honestamente, si cualquier otra persona apareciera hoy diciendo las cosas que Jesús dijo, probablemente muchos pensarían que perdió la razón.
De hecho, personas han sido internadas en hospitales psiquiátricos por afirmar mucho menos de lo que Jesús afirmó acerca de sí mismo. Imagine que alguien se le acerca en la calle y le pregunta: “¿Estás buscando a Dios?” Y después le dice: “Ya no busques más. Yo soy el camino.”
Probablemente nos quedaríamos sin palabras. Quizá pensaríamos que se está burlando. Tal vez creeríamos que está loco, engañando personas o manipulando emocionalmente a la gente. Sin embargo, eso fue exactamente lo que Jesús hizo.
Y no lo dijo una sola vez. Lo afirmó repetidamente, delante de discípulos, multitudes, líderes religiosos y enemigos que buscaban motivos para acusarlo. Jesús dijo cosas tan radicales sobre sí mismo que obligaban a las personas a tomar una decisión.
Porque alguien que dice semejantes cosas solamente puede ser una de tres cosas: un loco, un engañador, o realmente quien decía ser. No hay muchos puntos intermedios.
Jesús dijo que Él era el único camino hacia Dios:
“Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí.”
— Juan 14:6
Dijo que quien lo había visto a Él, había visto al Padre:
“El que me ha visto a mí, ha visto al Padre.”
— Juan 14:9
Afirmó existir antes que Abraham, uno de los patriarcas más importantes del judaísmo:
“Antes que Abraham fuese, yo soy.”
— Juan 8:58
Dijo que tenía autoridad para perdonar pecados, algo que los judíos entendían que solamente Dios podía hacer:
“Tus pecados te son perdonados.”
— Lucas 7:48
Afirmó que tendría autoridad para juzgar al mundo:
“El Padre a nadie juzga, sino que todo el juicio dio al Hijo.”
— Juan 5:22
Dijo que era la luz del mundo:
“Yo soy la luz del mundo…”
— Juan 8:12
Afirmó que Él era la resurrección y la vida:
“Yo soy la resurrección y la vida…”
— Juan 11:25
Dijo que los ángeles de Dios estaban a su servicio:
“Veréis el cielo abierto, y a los ángeles de Dios que suben y descienden sobre el Hijo del Hombre.”
— Juan 1:51
Afirmó que un día regresaría con gloria y poder:
“Verán al Hijo del Hombre viniendo sobre las nubes del cielo…”
— Mateo 24:30
Y aceptó públicamente ser el Hijo de Dios:
“Tú lo has dicho.”
— Mateo 26:64
Eso era explosivo para el contexto del siglo primero. Hoy muchas personas están acostumbradas culturalmente a escuchar que Jesús es el Hijo de Dios. Lo hemos escuchado tantas veces que a veces olvidamos lo radical que sonaba eso en aquella época.
En el mundo donde Jesús vivió, nadie hablaba así de sí mismo. Nadie se levantaba en medio del pueblo diciendo ser el camino hacia Dios, la luz del mundo, el juez final de la humanidad y alguien que existía antes de Abraham.
Eso era demasiado. Y lo más impresionante es que Jesús jamás retrocedió. Nunca pidió disculpas por lo que dijo. Nunca corrigió sus declaraciones. Nunca dijo: “Me malinterpretaron”.
Aun cuando sus palabras provocaron odio, persecución y finalmente su crucifixión, siguió afirmando exactamente lo mismo. Eso requiere una seguridad impresionante.
Porque es relativamente fácil afirmar algo cuando todo el mundo te aplaude. Pero es muy diferente sostenerlo cuando sabes que esas palabras te llevarán al sufrimiento y a la muerte.
Y aquí es donde la historia se vuelve todavía más desconcertante. Sus seguidores insistieron hasta el final en que Jesús no solamente dijo esas cosas, sino que las demostró.
Ellos afirmaron haberlo visto sanar enfermos, levantar paralíticos, expulsar demonios, controlar la naturaleza y resucitar de entre los muertos. Y por defender esa convicción, muchos terminaron muriendo de maneras horribles.
Algunos fueron quemados vivos. Otros decapitados. Otros crucificados. Otros devorados por fieras en arenas romanas. Y aun así, siguieron sosteniendo que Jesús era quien decía ser.
Eso también debería hacernos reflexionar. Porque las personas pueden morir por una mentira, pero normalmente lo hacen creyendo que es verdad.
Entonces surge una pregunta incómoda: ¿qué fue lo que vieron estos hombres para estar dispuestos a sufrir de esa manera sin retroceder?
¿Qué tenía Jesús de Nazaret para producir una convicción tan profunda?
Tal vez el verdadero desafío de estudiar a Jesús no es simplemente analizar su existencia histórica. Tal vez el verdadero desafío es enfrentar seriamente la posibilidad de que Él realmente fuera quien decía ser.
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