8. Cómo la arqueología nos ayuda a conocer mejor a Jesucristo

Por el Dr. Elio M Rivera

  Existe algo fascinante acerca de la arqueología. A diferencia de los libros, las teorías o las opiniones, la arqueología nos permite observar evidencias físicas que sobrevivieron al paso del tiempo. Piedras, edificios, caminos, monedas, herramientas, inscripciones y ruinas antiguas se convierten en pequeñas ventanas que nos permiten asomarnos al mundo donde vivió Jesucristo. Para muchas personas son simplemente restos históricos. Para mí, se han convertido en otra manera de acercarme a la persona del Señor.

  Durante años leí los Evangelios como millones de creyentes lo han hecho antes que yo. Conocía los nombres de las ciudades. Había leído acerca de Nazaret, Cafarnaúm, Betsaida, Corazín y Jerusalén. Sabía dónde ocurrieron muchos de los milagros y enseñanzas de Jesús. Sin embargo, cuando comencé a estudiar los descubrimientos arqueológicos relacionados con esos lugares, algo cambió dentro de mí.

  De repente comprendí que Jesús no vivió en un mundo parecido al nuestro. Puede parecer una observación sencilla, pero muchas veces olvidamos cuán diferente era la vida en el primer siglo. Los descubrimientos arqueológicos nos muestran viviendas pequeñas, construidas con materiales sencillos, calles estrechas, sistemas rudimentarios de almacenamiento de agua y condiciones de vida muy distintas a las que conocemos actualmente.

  No había agua corriente en las casas. No existía drenaje moderno. No había electricidad, calefacción ni aire acondicionado. No existían automóviles ni carreteras pavimentadas. Las noches eran oscuras. Los viajes eran largos. La vida era físicamente mucho más difícil de lo que solemos imaginar.

  Y aquí fue donde la arqueología comenzó a impactarme profundamente. Porque no estamos hablando simplemente de cualquier personaje histórico. Estamos hablando de Jesús. Del hombre que afirmó venir del Padre. Del personaje más influyente de la historia. Del Creador que, según la fe cristiana, participó en la creación del universo.

  Mientras observaba aquellas ruinas y estudiaba aquellas condiciones de vida, empecé a comprender de una manera nueva la humildad de Cristo. El Dios que creó las estrellas aceptó vivir en un mundo sin comodidades modernas. Caminó por senderos polvorientos. Durmió en lugares sencillos. Experimentó el calor, el frío, el cansancio y las limitaciones normales de la vida humana.

  Lo que antes era solamente una doctrina comenzó a convertirse en una realidad mucho más tangible. La encarnación dejó de ser una idea abstracta para convertirse en algo profundamente humano. Jesús no solamente vino al mundo; vino a un mundo duro, sencillo y lleno de limitaciones.

  Uno de los lugares que más me impactó fue Cafarnaúm. Durante años había leído acerca de esta ciudad. Sabía que gran parte del ministerio de Jesús se desarrolló allí. Había leído acerca de la casa de Pedro, de las multitudes que acudían para escucharlo y de los milagros realizados en aquella región. Pero cuando uno contempla las ruinas y observa la sencillez de aquellas construcciones, los Evangelios adquieren una nueva dimensión.

  De pronto uno puede imaginar a Jesús caminando por aquellas calles. Puede visualizar a los discípulos entrando y saliendo de aquellas viviendas. Puede imaginar a los enfermos siendo llevados para encontrarse con Él. Las historias dejan de sentirse lejanas y comienzan a sentirse reales.

  Algo semejante me ocurrió en Betsaida y Corazín. Durante años esos nombres habían sido simplemente referencias geográficas dentro de los Evangelios. Sin embargo, al estudiar los descubrimientos arqueológicos relacionados con esas ciudades, comencé a comprender mejor el entorno donde Jesús enseñó y desarrolló su ministerio.

  Las ruinas tienen una manera muy particular de acercarnos al pasado. Nos recuerdan que las personas que aparecen en las Escrituras no fueron personajes legendarios ni figuras mitológicas. Fueron hombres y mujeres reales que vivieron en lugares reales, caminaron por calles reales y enfrentaron circunstancias reales.

  Pero quizás el mayor impacto que la arqueología produjo en mí no fue intelectual. Fue emocional. Mientras más aprendía acerca de los lugares donde vivió Jesús, más sentía que estaba descubriendo aspectos de su corazón.

  La sencillez de su entorno me hablaba de humildad. Las largas distancias que recorría me hablaban de dedicación. Las pequeñas aldeas donde ministró me hablaban de su cercanía con la gente común. Las incomodidades que aceptó voluntariamente me hablaban de amor y sacrificio.

  Comencé a preguntarme algo que nunca había considerado con suficiente profundidad: si Jesús realmente era quien afirmaba ser, ¿por qué eligió vivir de esa manera? ¿Por qué no nació en un palacio? ¿Por qué no buscó el poder político? ¿Por qué decidió identificarse tan profundamente con la gente común?

  Mientras más observaba las evidencias arqueológicas, más admiraba la respuesta que parecía surgir de los propios Evangelios. Porque el corazón de Cristo no estaba enfocado en el poder, la riqueza o el prestigio. Estaba enfocado en las personas.

  Por eso considero que los descubrimientos arqueológicos constituyen otra de las huellas que Dios ha permitido conservar para acercarnos a Jesús. No reemplazan la Biblia. No sustituyen la fe. No ocupan el lugar de la oración ni de la experiencia espiritual. Pero sí nos ayudan a visualizar con mayor claridad el mundo donde el Señor vivió, caminó, enseñó y transformó la historia.

  Y mientras más comprendemos el mundo que escogió para habitar, más comprendemos algo acerca de la persona que decidió venir a él.

  Sin embargo, todavía existe una forma mucho más personal de conocer a Cristo. Una manera que no depende de excavaciones arqueológicas, de viajes a Israel ni de descubrimientos históricos. Una manera que millones de personas afirman haber experimentado directamente a lo largo de los siglos.

  Y precisamente de esa dimensión más íntima y espiritual hablaremos en el siguiente capítulo.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.