Por el Dr. Elio M Rivera
La conquista de Babilonia marcó el nacimiento de un nuevo imperio. El orgulloso reino de Nabucodonosor había desaparecido y, en su lugar, el Imperio Persa extendía ahora su dominio desde las fronteras de la India hasta las costas del mar Egeo. En el centro de aquel inmenso territorio se encontraba un hombre cuyo nombre Dios había anunciado aproximadamente ciento cincuenta años antes: Ciro el Grande.
Como ocurría con la mayoría de los conquistadores de la antigüedad, los pueblos sometidos esperaban lo peor.
La historia les daba motivos para pensar así.
Durante siglos, las grandes potencias habían consolidado su dominio mediante la fuerza. Los asirios deportaban poblaciones enteras y sembraban el terror para evitar futuras rebeliones. Los babilonios continuaron esa política, trasladando a miles de personas lejos de sus hogares para debilitar cualquier intento de resistencia. Entre esos deportados se encontraban los habitantes de Judá, quienes habían visto cómo Jerusalén era destruida y el templo reducido a cenizas en el año 586 a.C.
Ahora un nuevo rey ocupaba el trono.
La pregunta era inevitable.
¿Qué haría Ciro con todos aquellos pueblos cautivos?
Lo lógico habría sido mantenerlos bajo control. Después de todo, un imperio tan extenso necesitaba evitar levantamientos y asegurar el pago de tributos. Nadie esperaba un cambio radical en la manera de gobernar.
Sin embargo, Ciro sorprendió al mundo antiguo.
En lugar de endurecer la opresión, adoptó una política completamente diferente. Permitió que numerosos pueblos regresaran a sus tierras de origen y restauraran sus centros de culto. Aquella decisión no solo fortalecía la estabilidad del imperio, sino que también contrastaba notablemente con las prácticas de los grandes conquistadores que lo habían precedido.
Entre todos esos pueblos había uno muy especial.
Los judíos.
Hacía casi setenta años que muchos de ellos vivían exiliados en Babilonia. Algunos habían nacido allí. Otros apenas conservaban el recuerdo de Jerusalén. Para varias generaciones, la ciudad santa era solamente una historia contada por sus padres y abuelos.
Entonces ocurrió algo extraordinario.

El decreto del rey Ciro
Poco después de consolidar su dominio, Ciro publicó un decreto que cambiaría para siempre la historia del pueblo de Israel.

El escriba Esdras regresando a Jerusalén tras el decreto del rey Ciro
El libro de Esdras conserva aquellas palabras:
“Así ha dicho Ciro rey de Persia: Jehová el Dios de los cielos me ha dado todos los reinos de la tierra, y me ha mandado que le edifique casa en Jerusalén, que está en Judá. Quien haya entre vosotros de todo su pueblo, sea Dios con él, y suba a Jerusalén… y edifique la casa de Jehová Dios de Israel.”
(Esdras 1:2–3).
Resulta difícil imaginar el impacto que produjo aquel anuncio.
Después de décadas de cautiverio, el rey más poderoso del mundo autorizaba oficialmente el regreso de los exiliados. No solo les permitía volver a su tierra; también les concedía el derecho de reconstruir Jerusalén y levantar nuevamente el templo del Dios de Israel.
Pero las sorpresas no terminaron allí.
El decreto ordenaba además que se devolvieran los utensilios de oro y plata que Nabucodonosor había tomado del templo cuando conquistó Jerusalén. Aquellos vasos sagrados, que habían permanecido durante décadas en los tesoros de Babilonia y que incluso fueron profanados por Belsasar la noche de su caída, serían entregados nuevamente al pueblo judío para el servicio del nuevo templo (Esdras 1:7–11).
Desde una perspectiva política, aquella decisión parecía sorprendente.
Desde la perspectiva de la profecía, era exactamente lo que Dios había anunciado.
Más de un siglo antes, Isaías había escrito acerca de Ciro:
“Que dice de Jerusalén: Será edificada; y al templo: Serán echados tus cimientos.”
(Isaías 44:28).
Y también:
“Él edificará mi ciudad y soltará mis cautivos, no por precio ni por dones, dice Jehová de los ejércitos.”
(Isaías 45:13).

El inicio de la reconstrucción de Jerusalén bajo Ciro el Grande fue profetizado
Las palabras del profeta cobraban ahora un significado extraordinario. El rey cuyo nombre había sido escrito antes de nacer no solo conquistó Babilonia. También permitió el regreso de los cautivos, ordenó la reconstrucción de Jerusalén y autorizó el levantamiento del Segundo Templo.
Para el pueblo judío, aquel decreto representó mucho más que una decisión administrativa.
Significó el cumplimiento de las promesas de Dios.
Lo que parecía imposible durante los largos años del exilio comenzó a hacerse realidad. Los caminos hacia Judá volvieron a llenarse de familias que emprendían el viaje de regreso. Jerusalén, que había permanecido en ruinas durante décadas, volvería poco a poco a levantarse. Y sobre el monte donde antes solo había escombros, comenzarían nuevamente las obras del templo.
La historia registró aquel decreto como una decisión política de Ciro.
La Biblia lo presenta como el cumplimiento exacto de una profecía anunciada aproximadamente ciento cincuenta años antes.
Y una vez más, la evidencia apunta hacia la misma conclusión: detrás de los grandes acontecimientos de la historia no solo actúan reyes y ejércitos. También actúa el Dios que conoce el futuro y dirige el curso de las naciones conforme a Sus propósitos.
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