
Así imagino la sala de mi morada celestial: amplia, hermosa y acogedora, un lugar para sentarme a conversar, recibir amigos y disfrutar de una comunión que nunca tendrá que terminar porque alguien tenga que marcharse. Es solamente mi imaginación; seguramente la realidad será mucho más hermosa. Pero me gusta soñar cómo será vivir eternamente en la casa de nuestro Padre.
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