Jesucristo no vino a establecer un sistema religioso más entre los hombres. No vino a añadir normas, rituales o estructuras externas. Su misión fue mucho más profunda: abrir el camino que el pecado había cerrado entre Dios y la humanidad.
Desde el principio, la separación entre el hombre y Dios no se resolvía con esfuerzos humanos. Era necesaria una intervención divina. Y eso fue exactamente lo que Cristo vino a hacer.
Juan 14:6 (RVR1960)
“Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí.”
Jesús no señaló un camino… Él mismo se convirtió en el camino. No ofreció solo enseñanzas, ofreció acceso. Su vida, su muerte y su resurrección no tuvieron como objetivo crear una religión, sino restaurar una relación.
1 Timoteo 2:5 (RVR1960)
“Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre.”
El problema no era la falta de religión, sino la falta de reconciliación. Por eso Cristo se presentó como mediador, como puente entre un Dios santo y una humanidad caída.
En la cruz, ese acceso fue abierto de manera definitiva.
Hebreos 10:19-20 (RVR1960)
“Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo, por el camino nuevo y vivo que él nos abrió a través del velo…”
Lo que antes estaba cerrado, ahora está disponible. Lo que antes era distante, ahora es cercano. No por méritos humanos, sino por la obra perfecta de Cristo.
Jesús no vino a complicar la relación con Dios…
vino a hacerla posible.
No vino a fundar una religión…
vino a llevarnos de regreso al Padre.
