Por el Dr. Elio M Rivera
La historia de Alejandro Magno parece, a primera vista, la historia de un hombre invencible.
En apenas una década conquistó un territorio mayor que el de cualquier otro gobernante de su época. Derrotó al poderoso Imperio Persa, fundó ciudades, cruzó desiertos y montañas, llegó hasta las fronteras de la India y cambió para siempre el mapa del mundo antiguo.
Todo parecía indicar que había nacido para fundar una dinastía destinada a gobernar durante siglos.
Sin embargo, mientras Alejandro avanzaba de victoria en victoria, Dios ya había revelado cuál sería el desenlace de su historia.
Siglos antes de su nacimiento, Daniel anunció que surgiría un poderoso rey griego, que conquistaría al Imperio Medo-Persa con una rapidez extraordinaria, que alcanzaría un poder sin precedentes y que, precisamente cuando estuviera en la cúspide de su grandeza, sería quebrantado. También anunció que su imperio no pasaría a sus descendientes, sino que sería dividido en cuatro reinos.
Eso fue exactamente lo que ocurrió.
Ningún estratega pudo prever una muerte tan temprana.
Ningún consejero pudo impedirla.
Ningún ejército pudo preservar la unidad del imperio que Alejandro había construido.
La muerte sorprendió al conquistador cuando el mundo entero parecía estar a sus pies.
Una vez más, la historia confirmó una verdad que recorre toda la Escritura:
Los seres humanos pueden dirigir ejércitos, conquistar naciones y levantar imperios, pero solo Dios gobierna el curso de la historia.
Este capítulo ocupa un lugar especial dentro del recorrido que hemos realizado en este libro.
Las profecías anteriores nos permitieron contemplar el destino de grandes ciudades como Nínive y Babilonia, el surgimiento y la caída de imperios como Medo-Persia y Roma, o el cumplimiento de acontecimientos que afectaron a pueblos enteros.
Aquí, por primera vez, la profecía sigue la trayectoria de un solo hombre.
Describe el ascenso de un joven conquistador, anticipa el momento culminante de su poder, anuncia su muerte inesperada y revela lo que ocurrirá con el imperio que dejó atrás.
El foco ya no está únicamente en las naciones.
Está sobre la vida de una persona concreta.
Ese cambio prepara de manera natural el siguiente paso en nuestro recorrido.
Si Dios pudo anunciar con tanta precisión la vida y el destino de uno de los personajes más influyentes de la historia universal, ¿qué ocurrirá cuando la profecía se concentre en la persona más importante de toda la historia?
En los capítulos siguientes veremos que la Biblia no solo habló de imperios y conquistadores.
También anunció, con siglos de anticipación, el nacimiento, el ministerio, el sufrimiento, la muerte, la resurrección y la misión del Mesías.
Las profecías mesiánicas llevarán este nivel de precisión mucho más lejos.
Y será allí donde la pregunta que ha acompañado todo este libro se volverá aún más profunda.
¿Puede un ser humano conocer el futuro con tal exactitud?
¿O estas profecías apuntan al único que contempla el principio y el fin de la historia al mismo tiempo?
Porque los imperios nacen y desaparecen.
Los conquistadores alcanzan la gloria y luego pasan al olvido.
Pero la Palabra de Dios permanece, avanzando a través de los siglos con una precisión que continúa invitando a cada generación a reflexionar sobre quién es realmente el Autor de la historia.
Referencias
Fuentes bíblicas
- Daniel 8:5–8, 20–22.
- Daniel 11:3–4.
- Isaías 46:9–10.
Bibliografía
- John J. Collins, Daniel: A Commentary on the Book of Daniel.
- Joyce G. Baldwin, Daniel.
- Stephen R. Miller, Daniel.
- Peter Green, Alexander of Macedon, 356–323 B.C.: A Historical Biography.
- Robin Lane Fox, Alexander the Great.
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