Por el Dr. Elio M Rivera
En los tiempos de Jesucristo, quedar ciego, paralítico o inválido no significaba solamente vivir con una limitación física. Muchas veces significaba perder la posibilidad de trabajar, sobrevivir, sostener una familia y participar normalmente de la sociedad. En el mundo moderno existen sillas de ruedas, hospitales, accesibilidad, terapias, cirugía reconstructiva, ayudas visuales y sistemas de apoyo social. Pero en el siglo primero, prácticamente nada de eso existía.
Por eso una discapacidad física podía convertirse en una tragedia humana devastadora.
Muchas personas dependían completamente de la fuerza de su cuerpo para sobrevivir. Los hombres trabajaban pescando, construyendo, cultivando la tierra o cargando mercancías. Si alguien quedaba paralítico, cojo o ciego, normalmente ya no podía realizar esas labores. Sin ingresos y sin protección social, muchos terminaban dependiendo totalmente de familiares o de la mendicidad.
Además, existía una percepción cultural muy dura hacia los enfermos y discapacitados. Algunas personas pensaban que ciertas enfermedades o discapacidades eran castigos directos de Dios por pecado personal o familiar. Por eso, cuando los discípulos vieron a un hombre ciego de nacimiento, preguntaron a Jesús:
“Rabí, ¿quién pecó, éste o sus padres, para que haya nacido ciego?” — Juan 9:2 (RVR1960)
La pregunta refleja la mentalidad de aquella época. Muchos asociaban automáticamente sufrimiento físico con maldición divina. Esto hacía que los enfermos no solo cargaran dolor corporal, sino también vergüenza, rechazo y humillación social.
Algunos ciegos y discapacitados eran tratados con enorme crueldad. Había quienes eran ignorados, apartados o despreciados públicamente. Algunos mendigaban junto a caminos transitados esperando que alguien les arrojara monedas o restos de comida. Otros eran vistos como una carga incómoda para la sociedad. En ocasiones, la gente incluso los escupía o evitaba tocarlos por considerarlos impuros o castigados por Dios.
Muchos terminaban abandonados prácticamente a su suerte.

La Biblia muestra ejemplos muy duros de abandono humano. Cuando David encontró al siervo egipcio abandonado en el campo, el joven explicó: “Mi amo me dejó hoy hace tres días, porque estaba yo enfermo” (1 Samuel 30:13, RVR1960). Aquella escena refleja una realidad cruel del mundo antiguo: cuando una persona dejaba de ser útil, algunos simplemente la abandonaban.
Algo semejante pudo ocurrir muchas veces con enfermos y discapacitados en distintas regiones del mundo antiguo. En territorios influenciados por la cultura griega existían lugares relacionados con Esculapio —o Asclepio—, dios de la medicina para los griegos y romanos. Algunas personas llevaban enfermos a templos asociados con supuesta sanidad esperando sueños, rituales o curaciones milagrosas. Muchos probablemente morían allí esperando alivio que nunca llegaba.
En Israel, aunque existía mayor sensibilidad religiosa hacia el cuidado de los pobres, la realidad seguía siendo extremadamente dura para quienes no podían valerse por sí mismos.
Los ciegos vivían una situación especialmente dolorosa. Sin bastones modernos, perros guía o sistemas de apoyo, muchos dependían completamente de otros para desplazarse. Algunos se sentaban diariamente en lugares concurridos para mendigar. Bartimeo aparece “sentado junto al camino mendigando” (Marcos 10:46, RVR1960). Aquella era probablemente su rutina diaria de supervivencia.
Imagine lo que significaba vivir así. Escuchar pasar las multitudes sin poder ver rostros. Depender de la compasión de desconocidos. Soportar burlas, rechazo o indiferencia. Sentarse cada mañana esperando que alguien tuviera misericordia.
Por eso Bartimeo gritó desesperadamente cuando oyó que Jesús pasaba:
“¡Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí!” — Marcos 10:47 (RVR1960)
La multitud intentó callarlo. Pero él gritó aún más fuerte. Porque entendía que quizá aquella era su única oportunidad de recuperar la vida.
También los paralíticos enfrentaban enormes dificultades. No existían sillas de ruedas modernas, rampas ni accesibilidad. Una persona paralizada dependía totalmente de familiares o amigos para moverse. Algunos eran cargados sobre mantas o camas improvisadas.
El Evangelio relata cómo cuatro hombres llevaron a un paralítico hasta Jesús, pero la multitud era tan grande que no podían entrar a la casa. Entonces subieron al techo y lo bajaron delante de Cristo.
“Descubrieron el techo de donde estaba, y haciendo una abertura, bajaron el lecho en que yacía el paralítico.” — Marcos 2:4 (RVR1960)
Aquella escena refleja desesperación y esperanza al mismo tiempo. Aquel hombre no podía acercarse solo. Dependía completamente de otros.
Otro caso conmovedor aparece en el estanque de Betesda. Allí había una multitud de enfermos esperando algún tipo de milagro.
“En éstos yacía una multitud de enfermos, ciegos, cojos y paralíticos.” — Juan 5:3 (RVR1960)
Entre ellos estaba un hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo. Cuando Jesús le preguntó si quería ser sano, respondió algo profundamente triste:
“Señor, no tengo quien me meta en el estanque…” — Juan 5:7 (RVR1960)
Aquellas palabras revelan abandono y soledad. No tenía ayuda. No tenía quien lo cargara. No tenía quien peleara por él.
También el libro de Hechos menciona al cojo de nacimiento colocado diariamente junto a la puerta Hermosa del templo para pedir limosna.
“Y era traído un hombre cojo de nacimiento, a quien ponían cada día a la puerta del templo…” — Hechos 3:2 (RVR1960)
Esa frase muestra otra vez dependencia absoluta. Otros tenían que llevarlo y dejarlo allí cada mañana.
Por eso los milagros de Jesucristo producían una conmoción tan enorme en el pueblo. Cuando un ciego veía, un paralítico caminaba o un cojo saltaba de alegría, no era solamente una sanidad física. Era una restauración completa de la vida humana.
El hombre dejaba de mendigar.
Dejaba de depender totalmente de otros.
Podía volver a trabajar.
Podía recuperar dignidad.
Podía regresar a la sociedad.
La Escritura dice que después de sanar al cojo de la puerta Hermosa, él entró al templo “andando, y saltando, y alabando a Dios” (Hechos 3:8, RVR1960). Aquella escena debió impactar profundamente a todos los presentes.
Mientras muchos veían cargas humanas sin esperanza, Jesucristo veía personas que todavía podían ser restauradas.
Eso explica por qué las multitudes corrían detrás de Él. En un mundo donde tantos enfermos eran rechazados, abandonados o tratados cruelmente, Cristo se detenía para escucharlos, tocarlos y devolverles dignidad.
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