Por el Dr. Elio M Rivera
El día más solemne de Israel… y la sombra del sacrificio perfecto de Cristo
El Día de la Expiación era considerado el día más sagrado y solemne del calendario judío. Mientras otras fiestas estaban marcadas por la alegría, los cantos, las cosechas y las peregrinaciones festivas, este día tenía un ambiente completamente distinto. Era un día de reverencia, ayuno, arrepentimiento y búsqueda de misericordia delante de Dios.
En hebreo se conoce como Yom Kippur, una expresión relacionada con la idea de expiación, cobertura o reconciliación. Su propósito principal era tratar con el pecado del pueblo delante de Dios. Israel debía recordar que el pecado no podía ser ignorado, minimizado ni escondido, porque la santidad de Dios demandaba limpieza y reconciliación.
La Escritura establece que este día debía celebrarse el día diez del mes séptimo, llamado Tishri, aproximadamente entre septiembre y octubre en nuestro calendario. Dios ordenó: “A los diez días de este mes séptimo será el día de expiación…” (Levítico 23:27, RVR1960). Por eso, antes de la alegría de la Fiesta de los Tabernáculos, Israel debía pasar primero por un día de humillación y limpieza espiritual.
Durante ese día, el pueblo debía afligir su alma y abstenerse de trabajar. No era una celebración común, sino un tiempo nacional de arrepentimiento. Levítico 23:27–28 dice: “Afligiréis vuestras almas, y ofreceréis ofrenda encendida a Jehová. Ningún trabajo haréis…” La nación entera debía detenerse para reconocer su necesidad de perdón.
El centro de todo lo que ocurría ese día estaba en el tabernáculo, y más tarde en el templo. Allí, el sumo sacerdote realizaba una ceremonia única en el año. Él era el único autorizado para entrar al Lugar Santísimo, el espacio más sagrado de Israel, donde estaba el arca del pacto y donde se representaba la presencia de Dios entre Su pueblo.
Dios había advertido que Aarón no podía entrar al santuario en cualquier momento. Levítico 16:2 dice: “Di a Aarón tu hermano, que no en todo tiempo entre en el santuario detrás del velo…” Esto mostraba que el acceso a la presencia de Dios no era algo ligero. El pecado había creado una separación, y solo podía acercarse quien lo hiciera conforme a la provisión establecida por Dios.
Antes de interceder por el pueblo, el sumo sacerdote debía ofrecer sacrificio por sus propios pecados y por los de su casa. Levítico 16:6 declara: “Y hará traer Aarón el becerro de la expiación que es suyo, y hará la reconciliación por sí y por su casa.” Esto mostraba una verdad profunda: el sacerdote terrenal también era un hombre necesitado de misericordia.
Después venía uno de los momentos más impactantes de la ceremonia: los dos machos cabríos. Uno era sacrificado como ofrenda por el pecado, y su sangre era llevada por el sumo sacerdote al Lugar Santísimo. Esa sangre era rociada delante del propiciatorio, mostrando que el perdón y la reconciliación requerían derramamiento de sangre. Levítico 17:11 explica: “Porque la vida de la carne en la sangre está…”
El segundo macho cabrío quedaba vivo. El sumo sacerdote ponía sus manos sobre su cabeza y confesaba sobre él las iniquidades del pueblo. Levítico 16:21–22 dice que Aarón debía confesar “todas las iniquidades de los hijos de Israel” y que el macho cabrío llevaría “sobre sí todas las iniquidades de ellos a tierra inhabitada”. Luego era enviado al desierto, simbolizando que la culpa del pueblo era removida.
Aquella escena era poderosa. Un animal moría por el pecado, y otro cargaba simbólicamente la culpa lejos del campamento. Dios estaba enseñando a Israel que el pecado necesitaba expiación, pero también que Él podía remover la culpa de Su pueblo. No era solamente una ceremonia; era una predicación visual de la misericordia divina.
Sin embargo, aquellos sacrificios debían repetirse cada año. Eso demostraba que no eran la solución final. Eran una sombra, una figura, un anuncio de algo mayor que vendría después. Hebreos 10:1 declara que la ley tenía “la sombra de los bienes venideros”, pero no la imagen misma de las cosas. El Día de la Expiación apuntaba hacia una obra más perfecta.
Esa obra se cumplió en Jesucristo. Él no solamente vino como el verdadero Sumo Sacerdote, sino también como el sacrificio perfecto. A diferencia de los sacerdotes antiguos, Jesús no tuvo que ofrecer sacrificio por Sus propios pecados, porque Él fue santo y sin mancha. Hebreos 4:15 dice que fue tentado en todo según nuestra semejanza, “pero sin pecado”.
Cristo tampoco entró en un santuario hecho por manos humanas. Hebreos 9:11–12 enseña que Él entró “una vez para siempre en el Lugar Santísimo, habiendo obtenido eterna redención”. Esto significa que Su sacrificio no necesitaba repetirse cada año. La sangre de animales cubría temporalmente, pero la sangre de Cristo redimió de manera definitiva.
Además, Jesús cargó verdaderamente con el pecado de la humanidad. Isaías 53:6 dice: “Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros.” Y 1 Pedro 2:24 afirma: “Quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero…” Aquello que el macho cabrío expiatorio simbolizaba, Cristo lo cumplió de manera real en la cruz.
Cuando Jesús murió, el velo del templo se rasgó en dos. Mateo 27:50–51 dice que, al entregar el espíritu, “el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo”. Esto no fue un detalle menor. Aquel velo representaba la separación entre el hombre pecador y la presencia santa de Dios. Al rasgarse, Dios estaba mostrando que el camino hacia Su presencia quedaba abierto por medio del sacrificio de Cristo.
Por eso Hebreos 10:19–20 declara que ahora tenemos libertad para entrar en el Lugar Santísimo “por la sangre de Jesucristo”. Ya no dependemos de un sacerdote terrenal que entre una vez al año. Cristo abrió el camino definitivo hacia el Padre.
El Día de la Expiación enseñaba que el pecado es serio, que la humanidad necesita reconciliación y que nadie puede acercarse a Dios por sus propios méritos. Pero también anunciaba esperanza. Dios mismo proveería el sacrificio perfecto, el Mediador sin pecado y el camino abierto hacia Su presencia.
Por eso esta fiesta encuentra su cumplimiento más profundo en Jesucristo. Él es el verdadero Sumo Sacerdote, el sacrificio perfecto, el Cordero que quita el pecado del mundo y Aquel que cargó nuestra culpa para llevarnos de regreso al Padre. El Día de la Expiación no termina en el templo ni en los sacrificios antiguos; termina mirando hacia la cruz, donde la misericordia y la justicia de Dios se encontraron para salvar al ser humano.
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