Por el: Dr. Elio M Rivera
El día en que Dios comenzó a revelar el plan de redención
En el capítulo anterior vimos cómo el pecado entró al mundo a través de la desobediencia del ser humano y cómo aquella caída produjo separación entre Dios y la humanidad. También observamos que, en medio del juicio pronunciado en el huerto del Edén, apareció una misteriosa promesa acerca de una futura “simiente” que algún día enfrentaría al mal. Ahora profundizaremos más en ese momento, porque para muchos estudiosos de las Escrituras, ahí aparece por primera vez el anuncio del plan de redención y la promesa de la venida del Mesías.
Después de la caída del hombre, Dios habló a la serpiente diciendo: “Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar” (Génesis 3:15). A simple vista, podría parecer solamente una declaración simbólica. Pero durante siglos, judíos y cristianos han visto en estas palabras algo mucho más profundo: el anuncio de una batalla futura entre el mal y un Libertador enviado por Dios.
Lo impresionante es que esta promesa apareció precisamente en el momento más oscuro de la humanidad. Cuando el hombre acababa de caer. Cuando el pecado acababa de entrar al mundo. Cuando la muerte comenzaba a extender su dominio sobre la creación. En medio de aquella tragedia, Dios comenzó a revelar que el mal no tendría la última palabra. Desde los primeros capítulos de la Biblia empezó a manifestarse la idea de que algún día vendría alguien capaz de restaurar lo que se había perdido.
Aquella “simiente” prometida se convertiría poco a poco en el centro de las expectativas del Antiguo Testamento. A partir de ese momento, las Escrituras comenzarían a desarrollar un enorme conjunto de señales, figuras, promesas y profecías relacionadas con el futuro Mesías. Era como si Dios estuviera dejando pistas a lo largo de la historia para que la humanidad pudiera reconocerlo cuando finalmente apareciera.
Con el paso de los siglos, las profecías mesiánicas comenzaron a multiplicarse. Algunas hablaban acerca de la familia de donde vendría el Mesías. Otras describían el lugar de su nacimiento. Algunas hablaban de su carácter, de su misión, de sus sufrimientos, de su rechazo, de la manera en que moriría e incluso de aspectos relacionados con su reino futuro. Poco a poco, el retrato del Mesías empezó a tomar forma dentro de las Escrituras.
Muchos investigadores bíblicos consideran que existen aproximadamente más de 300 referencias y profecías relacionadas con el Mesías a lo largo del Antiguo Testamento. De ellas, alrededor de 60 son consideradas profecías mesiánicas mayores por el nivel de detalle y claridad que contienen. Era como si Dios estuviera colocando enormes reflectores sobre la historia humana diciendo: “Cuando venga el Mesías, quiero que puedan reconocerlo. No quiero que caminen completamente a oscuras”.
Y eso es algo profundamente interesante. Porque el concepto bíblico del Mesías no aparece de repente en el Nuevo Testamento como una idea improvisada. Según las Escrituras, la expectativa mesiánica fue desarrollándose durante siglos. Generaciones enteras crecieron esperando al Libertador prometido. Los profetas hablaron acerca de Él mucho antes de que naciera Jesús de Nazaret.
Isaías anunció: “Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro” (Isaías 9:6). Miqueas habló acerca de Belén como el lugar de donde saldría el gobernante prometido: “Pero tú, Belén Efrata… de ti me saldrá el que será Señor en Israel” (Miqueas 5:2). El Salmo 22 describió detalles sorprendentes relacionados con el sufrimiento del futuro Redentor siglos antes de la crucifixión romana. Daniel habló del tiempo aproximado de la manifestación del Mesías. Zacarías mencionó incluso que sería traicionado por treinta piezas de plata (Zacarías 11:12-13).
Poco a poco, las piezas comenzaron a formar una imagen más clara. Al finalizar el Antiguo Testamento, la expectativa mesiánica ya estaba profundamente establecida dentro del pensamiento judío. El pueblo esperaba a alguien específico. No cualquier libertador. No cualquier líder político. Las Escrituras habían dejado señales concretas acerca de cómo sería el Mesías y qué haría cuando apareciera.
Y quizá aquí surge una pregunta importante: ¿por qué Dios haría algo así? ¿Por qué dejar tantas señales a lo largo de la historia?
Tal vez porque la identidad del Mesías sería demasiado importante como para dejarla envuelta completamente en oscuridad. Si el futuro del hombre dependía de reconocer al Enviado de Dios, entonces tenía sentido que Dios preparara el camino durante siglos por medio de promesas, símbolos y profecías.
En los siguientes artículos profundizaremos mucho más en esas señales mesiánicas. Exploraremos algunas de las profecías más impactantes relacionadas con el Mesías, analizaremos su contexto histórico y veremos por qué millones de personas consideran que esas pistas apuntan directamente hacia Jesucristo.
Porque la gran pregunta sigue delante de nosotros:
¿Fueron aquellas profecías simplemente coincidencias históricas… o realmente estaban anunciando la llegada del Mesías prometido desde el principio?
