Por: Dr. Elio M Rivera
La primera vez que Jesucristo vino al mundo, llegó de una manera que casi nadie esperaba. No nació en un palacio. No apareció rodeado de ejércitos ni de reconocimiento político. Llegó en humildad, en sencillez y en vulnerabilidad humana.
Nació en un pesebre.
Creció en una región despreciada.
Fue rechazado por muchos de los suyos.
Fue humillado, golpeado y crucificado.
Y quizá precisamente por eso tantas personas no lograron reconocer quién era realmente.
Esperaban alguien que impresionara externamente con poder visible inmediato. Esperaban un conquistador político que destruyera enemigos delante de todos. Pero Jesús apareció mostrando un tipo de reino completamente distinto.
Isaías ya había profetizado algo impactante acerca de Él: “No hay parecer en él, ni hermosura; le veremos, mas sin atractivo para que le deseemos” (Isaías 53:2).
El Mesías vino primero en humildad.
Y el mundo respondió rechazándolo.
Los Evangelios muestran cómo fue burlado, escupido y tratado como criminal. El mismo Cristo que había calmado tormentas y levantado muertos terminó colgando en una cruz mientras multitudes se burlaban diciendo: “Si eres Hijo de Dios, desciende de la cruz” (Mateo 27:40).
Aquella escena parecía humillación absoluta.
Pero el Nuevo Testamento deja claro que la historia de Jesús no terminó allí. La resurrección confirmó que la cruz no había sido derrota final. Y después de resucitar, Cristo comenzó a hablar acerca de algo todavía futuro: Su regreso.
Y esta vez sería completamente diferente.
Jesús mismo declaró: “Entonces aparecerá la señal del Hijo del Hombre en el cielo… y verán al Hijo del Hombre viniendo sobre las nubes del cielo, con poder y gran gloria” (Mateo 24:30).
Con poder y gran gloria.
No en debilidad visible.
No en humillación pública.
No para ser juzgado por hombres.
La segunda venida de Cristo es presentada en las Escrituras como una manifestación abierta de Su autoridad y gloria.
Eso significa que el mundo no verá nuevamente a Jesús como el hombre silencioso siendo conducido hacia la cruz. Lo verá como Rey y Señor.
El libro de Apocalipsis describe esa escena de manera profundamente impactante: “Y en su vestidura y en su muslo tiene escrito este nombre: REY DE REYES Y SEÑOR DE SEÑORES” (Apocalipsis 19:16).
Aquella imagen es completamente distinta a la del Calvario.
La primera vez vino permitiendo que los hombres lo juzgaran. La próxima vez, las Escrituras muestran que vendrá como Juez.
Eso resulta profundamente solemne.
Porque durante Su primera venida, muchos lo despreciaron pensando que Su humildad era debilidad. Otros interpretaron Su paciencia como insignificancia. Pero el Nuevo Testamento enseña que la humildad de Cristo nunca significó falta de autoridad. Simplemente estaba cumpliendo la misión redentora de la cruz.
El apóstol Pablo escribió: “Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre” (Filipenses 2:9).
Eso significa que la humillación no fue el capítulo final de la historia de Jesús.
Y quizá ahí se encuentra una de las dimensiones más impactantes del Evangelio. Porque el mismo Cristo que permitió ser escupido, golpeado y crucificado regresará un día manifestando plenamente la gloria y autoridad que siempre le pertenecieron.
Jesús habló también acerca de separar a las naciones, juzgar con justicia y establecer finalmente Su reino. Eso revela que la historia humana no terminará en caos sin sentido. Según las Escrituras, Cristo volverá para establecer justicia definitiva.
Y quizá eso produce tanto consuelo como solemnidad.
Consuelo, porque significa que el mal no triunfará para siempre.
Solemnidad, porque significa que toda la humanidad finalmente tendrá que enfrentarse con quién es realmente Jesús.
El libro de Apocalipsis declara: “He aquí que viene con las nubes, y todo ojo le verá” (Apocalipsis 1:7).
Todo ojo.
Eso significa que ya no será el Cristo oculto bajo humildad y sufrimiento. Será la revelación abierta de Su autoridad.
Y quizá ahí se encuentra una de las razones por las que el mensaje de Jesucristo sigue siendo tan profundo hasta hoy. Porque los Evangelios no presentan simplemente la historia de un hombre bueno que murió injustamente. Presentan la historia del Rey que vino primero para salvar… y que un día regresará para reinar plenamente.
Tal vez por eso la figura de Jesucristo sigue confrontando al mundo entero. Porque la primera vez vino en humillación voluntaria para ofrecer redención. Pero las Escrituras enseñan que, cuando regrese, ya no vendrá ocultando Su gloria.
