36. Sufrió una profundidad de abandono que nadie puede medir completamente   

 Por: Dr. Elio M Rivera

El sufrimiento humano tiene muchas formas. Existe el dolor físico, el rechazo, la traición y la soledad. Pero quizá una de las experiencias más devastadoras que una persona puede vivir es sentirse completamente abandonada. Y una de las cosas más estremecedoras acerca de Jesucristo es que, en la cruz, atravesó una profundidad de abandono que resulta imposible medir completamente desde la experiencia humana.

    Los Evangelios muestran que el abandono de Jesús comenzó mucho antes del último suspiro. Primero vino el abandono humano. Judas lo traicionó. Sus discípulos huyeron. Pedro lo negó públicamente. Las multitudes que antes lo seguían comenzaron a gritar “¡Crucifícale!” (Lucas 23:21). Los líderes religiosos lo rechazaron. Los soldados se burlaron de Él.

    Poco a poco, todo comenzó a cerrarse alrededor de Su vida.

    Y aun así, aquello no era todavía lo más profundo.

    Porque la cruz revela que Jesús experimentó algo todavía más difícil de comprender. En medio de la oscuridad del Calvario, pronunció una de las frases más dolorosas de toda la Biblia:

    “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Mateo 27:46).

    Esas palabras estremecen porque revelan que en la cruz estaba ocurriendo algo muchísimo más profundo que sufrimiento físico o rechazo humano.

    Jesús estaba entrando en una dimensión de abandono espiritual imposible de explicar completamente con lenguaje humano.

    Eso resulta especialmente impactante cuando entendemos quién era Él. Los Evangelios muestran una relación continua y perfecta entre Jesús y el Padre. Constantemente hablaba de Su comunión con Él. Oraba al Padre. Dependía del Padre. Vivía en perfecta unidad con Él.

    Y precisamente por eso, aquel clamor en la cruz tiene tanto peso.

    Porque no provenía de alguien acostumbrado a vivir lejos de Dios. Provenía de alguien que había vivido en perfecta comunión con el Padre desde siempre.

    Quizá ahí comienza a revelarse una profundidad del sufrimiento de Cristo que la mente humana apenas puede tocar. La cruz no fue solamente dolor corporal. Fue el lugar donde Jesús cargó el peso del pecado humano y entró en la experiencia del juicio y la separación que el pecado produce.

    Isaías había anunciado siglos antes algo profundamente estremecedor: “Mas Jehová quiso quebrantarlo, sujetándole a padecimiento” (Isaías 53:10).

    Aquello significa que la cruz no era simplemente el resultado de la maldad humana. Había algo mucho más profundo ocurriendo espiritualmente.

    Jesús estaba ocupando el lugar del pecador delante de Dios.

    Eso explica por qué Getsemaní fue tan intenso. Jesús sabía que no enfrentaría solamente clavos, golpes o burlas. Estaba entrando en el peso completo de aquello que separa al hombre de Dios.

    Y quizá aquí encontramos una de las dimensiones más difíciles de comprender del amor de Cristo: Él experimentó el abandono para que otros pudieran ser reconciliados.

    El apóstol Pablo escribió: “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado” (2 Corintios 5:21). Eso significa que Jesús cargó sobre Sí aquello que pertenecía a la humanidad caída.

    No era culpa Suya.
    No era vergüenza Suya.
    No era rebelión Suya.

    Y aun así decidió entrar completamente en ese lugar.

    Tal vez por eso la oscuridad cubrió la tierra durante horas mientras Jesús estaba en la cruz. Los Evangelios describen cómo, desde la hora sexta hasta la hora novena, hubo tinieblas sobre toda la tierra (Mateo 27:45). Era como si la creación misma estuviera siendo testigo de algo demasiado profundo para expresarse únicamente con palabras humanas.

    Y aun en medio de aquel abandono indescriptible, Jesús permaneció.

    Eso es profundamente impactante.

    Porque normalmente los seres humanos huimos del abandono. El rechazo nos rompe. La soledad nos debilita. La sensación de ser dejados solos puede destruir emocionalmente a una persona. Pero Cristo avanzó voluntariamente hacia la experiencia más oscura de abandono imaginable.

    Y quizá lo más impresionante es que aquel abandono no apagó Su amor.

    Mientras sufría en la cruz, todavía oró por quienes lo crucificaban. Todavía mostró compasión hacia el ladrón arrepentido. Todavía se preocupó por Su madre.

    Eso revela algo completamente sobrenatural acerca de Su carácter. Porque normalmente el dolor extremo consume toda nuestra capacidad de pensar en otros. Pero en Jesús, aun en medio del sufrimiento más profundo, seguía existiendo amor.

    Tal vez por eso la cruz sigue siendo tan difícil de explicar únicamente desde lo humano. Porque allí no vemos solamente a un hombre sufriendo. Vemos a alguien entrando voluntariamente en una profundidad de abandono que nadie puede medir completamente.

    Y quizá esa es una de las preguntas más profundas que deja la cruz: ¿qué clase de amor lleva a alguien a atravesar semejante oscuridad… para que otros no tengan que permanecer separados de Dios para siempre?

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.