Por: Dr. Elio M Rivera
Jesucristo es esta: se hizo pecado sin haber pecado jamás. Esa idea atraviesa todo el mensaje de la cruz y revela una dimensión del amor de Cristo que va mucho más allá de lo que normalmente podemos entender.
Los Evangelios presentan a Jesús como alguien completamente distinto al resto de la humanidad. Nunca encontramos engaño en Su boca. Nunca vemos corrupción moral en Él. Sus enemigos intentaron acusarlo repetidamente, pero aun así no pudieron probar pecado alguno en Su vida. Pilato mismo terminó declarando: “Ningún delito hallo en este hombre” (Lucas 23:4).
El apóstol Pedro escribió acerca de Jesús diciendo: “El cual no hizo pecado, ni se halló engaño en su boca” (1 Pedro 2:22). Y el libro de Hebreos declara que fue “tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado” (Hebreos 4:15).
Eso hace todavía más impactante lo que ocurrió en la cruz.
Porque Jesús no sufrió como alguien culpable de maldad propia. Sufrió siendo inocente.
Y aun así, la Biblia declara algo estremecedor: “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado” (2 Corintios 5:21).
Esa frase es casi imposible de dimensionar completamente.
Jesús no solo cargó consecuencias externas del pecado humano. La Escritura presenta la cruz como el momento donde Él voluntariamente tomó el lugar de una humanidad caída delante de Dios.
Eso significa que el Santo fue tratado como culpable para que los culpables pudieran acercarse nuevamente a Dios.
Y quizá ahí se encuentra una de las partes más dolorosas de toda la historia de la cruz. Porque el pecado no era simplemente algo externo para Jesús. Él entendía perfectamente la pureza, la santidad y la comunión perfecta con el Padre. Nunca había conocido corrupción moral. Nunca había vivido separado de Dios. Y aun así decidió colocarse en el lugar del pecador.
Isaías lo había anunciado siglos antes con palabras profundamente conmovedoras: “Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros” (Isaías 53:6).
Todos nosotros.
Eso incluye culpa, vergüenza, rebelión, violencia, orgullo, mentira y toda la oscuridad que habita dentro del corazón humano.
Y aun así Jesús permaneció en la cruz.
Eso resulta profundamente impactante porque normalmente los seres humanos tratamos de alejarnos del dolor, la culpa y la vergüenza. Pero Cristo hizo exactamente lo contrario: caminó voluntariamente hacia aquello que jamás le perteneció.
Tal vez por eso Getsemaní fue tan intenso. Jesús sabía lo que significaría cargar el pecado del mundo. Sabía que la cruz no sería solamente sufrimiento físico. Implicaría convertirse en la ofrenda por el pecado humano.
El Evangelio muestra incluso un momento estremecedor donde Jesús clamó: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Mateo 27:46).
Aquellas palabras revelan una profundidad de sufrimiento difícil de expresar completamente. Porque en la cruz estaba ocurriendo algo mucho más grande que una ejecución romana. Cristo estaba entrando en el lugar del juicio y la separación que el pecado había producido entre Dios y el ser humano.
Y quizá eso es precisamente lo que hace tan extraordinario Su amor. Porque no permaneció en la cruz siendo indiferente al sufrimiento. Permaneció entendiendo plenamente el precio.
Eso significa que Jesús no solo murió físicamente por la humanidad. También cargó espiritualmente aquello que destruía la relación entre el hombre y Dios.
El apóstol Pablo escribió además: “Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición” (Gálatas 3:13). Aquella expresión es profundamente fuerte. El inocente tomó el lugar del culpable.
Y quizá ahí comienza a revelarse algo imposible de explicar únicamente desde lo humano. Porque normalmente las personas aceptan sufrir por quienes aman… hasta cierto límite. Pero Jesús avanzó mucho más allá. Permitió ser tratado como pecado aun siendo completamente santo.
Y quizá esa es una de las razones por las que la cruz sigue estremeciendo corazones dos mil años después. Porque en ella no vemos solamente sacrificio físico. Vemos al único hombre completamente inocente colocándose voluntariamente en el lugar de los culpables.
Tal vez por eso el carácter de Jesucristo sigue siendo tan difícil de ignorar. Porque cualquiera puede amar hasta cierto punto. Pero se necesita una clase completamente distinta de amor para cargar culpa ajena, recibir juicio ajeno y hacerse pecado… sin haber pecado jamás.
